sábado, septiembre 28, 2013

Servicio a domicilio




Era un hombre grande, ceñudo y desaliñado, de barba desidiosa, con un sucio y viejo saco de arpillera desinflado sobre su hombro. Tras sus vidriosos ojos parecía estar agazapado un abismo de insondable y oscura maldad, y sus manos, fuertes y nudosas, se retorcían una sobe otra evidenciando aquella pulsión interior. Después de ajustar su sucia camisa y retocarse el pelo con un par de rápidas pasadas de mano, llamó decidido al timbre de aquella casa. Apenas un instante y un crujido de goznes más tarde, la hoja de madera pareció batirse en retirada al tiempo que una mujer de mediana edad, discutible y ajada apostura, y rematada en su cima por un alto y enérgico moño de ama de casa en faena, surgió de entre las penumbras hogareñas.
miércoles, septiembre 25, 2013

Y al séptimo día... se perdió



Según se puede leer en el Génesis 2:2-3, después de haber pasado seis días ajetreados para crear el mundo y todo lo que hay sobre él (al parecer andaba con prisas y no quiso echarle más tiempo a un asunto tan importante; así le salió la cosa), nuestro querido Dios decidió que el séptimo se iba a pegar un “siestazo” de esos que marcan época (me da a mí, ateo impenitente y recalcitrante, que aún le dura el sueñecito). En el mencionado libro no se dan más explicaciones al respecto, no se sabe si es que venía en el Convenio de Deidades y otros Entes Supremos, que se pidió un día de asuntos propios o lo que sea. Fuera como fuese, gracias a ello los currantes (privilegiados en los tiempos que corren) de nuestra civilización actual gozamos de un día en el que olvidarnos de las tareas que durante otros seis hemos tenido que realizar como pago por nuestra existencia. A mí esto me suena a venganza del Padre Todopoderoso: “Si yo me fastidio seis días de siete, vosotros, hijos míos, fruto y objetivo último de mi trabajo, también.” Pero no puedo asegurar nada, porque es un asunto que pasó hace tanto tiempo…
sábado, septiembre 21, 2013

Ácrono


Entonces se vuelve hacia mí. Sus ojos brillan, aunque no sabría decir con qué emoción. Mis dedos se posan sobre el cierre de la cajita.
Ya queda menos.
―Dime, qué quieres que haya dentro de la caja ―digo mi entrada.
―Esto va en serio, ¿verdad? ―llega la réplica.
―Me has pedido una demostración.
―No puedo creerme que aún sigas con esta estupidez.
―Por favor.
―De acuerdo. Quiero que ahí dentro haya… un duro de plata, de aquellos de Franco. ¿Sabes a qué me refiero? ―me reta con la mirada.
―Sí.
Durante unos instantes no sabe qué decir. Mira la moneda, la toca y la saca de la caja. Cuánto cuesta creer aquello que no se quiere creer.
―Es un truco ―dice por fin. Yo no le contesto―. ¿Pero cómo?
Ahora sí reconozco la emoción tras su mirada. Sabe que no es un truco.
―¿Me escucharás ahora?

***
miércoles, septiembre 18, 2013

Publicidad de los chinos


Ah, China, qué gran país, qué gran cultura milenaria, y qué de gente, por Dios. Se ve que de últimas andan un poco apretados y tienen que salir fuera para desgracia, entre otros, de bazares, tiendas de desavío, droguerías y las antiguamente conocidas como tiendas de veinte duros (cuando eso tenía sentido). Como dijo Mao, el día que los chinos taconeen todos a la vez, va a temblar el mundo; lo que se olvidó de decir es que el día que salieran a negociar, la que iba a temblar es la economía, y ya está empezando con los escalofríos.

Ya no sólo inundan el mercado con ellos, sino que ahora montan sus propios negocios para quitarse de en medio intermediarios a la hora de hacernos llegar esos productos tan malotes y de escasa esperanza de vida (creo que allí el término “control de calidad” se suele usar en una broma referente a los occidentales) pero que salen baratos y nos hacen el apaño, nos sacan del apuro alguna que otra vez con sus horarios eternos, alimentan la compra compulsiva en ciertas personas, y me dan a mí oportunidad de enlazar un tema gracias a su proverbial falta de calidad y valor.
domingo, septiembre 15, 2013

La vida en la mirada


Cuando Juanjo abrió los ojos por primera vez, su madre no se podía ni creer lo reguapo que era su niño: caramelito suave y tibio, bonito, chiquitito; no sabía si comérselo a besos o a bocados. Loca de contenta la tenían los ojazos de su niño. Las horas muertas se las pasaba perdida en ellos, y cuando se cerraban, cuando el chiquitín arrugaba los morritos y el telón de los párpados bajaba, una tristeza honda y pesada hacía presa en ella.

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