miércoles, diciembre 11, 2013

Alaindelón

María estaba de pie junto a la estatua de la Plaza Nueva, esperando a “Alaindelón”, su ligue de internet. Llevaba el vestido rojo con pamela que había prometido, y buscaba entre los transeúntes a un apuesto galán vestido de gris y con una flor en la solapa.
–¿Damarroja? –la asustó una voz a su espalda.
María se giró para contemplar a un inmenso hombre atrapado en un estrechísimo traje gris. De su solapa pendía, cabizbajo y reseco, un clavel rojo.
–¿Alaindelón? –dijo María más asustada que sorprendida.
–Llámame Agustín, o Tino –respondió el hombre acercándose para darle un beso.
–Ah, sí…yo me llamo María –dijo ella ofreciéndole la mano.
Tras un breve monólogo de Tino acerca de adonde podrían ir, se encaminaron hacia un horno situado justo frente a la Catedral. María estaba avergonzada, no sabía qué hacer. Ella había quedado con “Alaindelón”, el seductor, el simpático, el inteligente, y no con Tino, el enorme, el sudoroso, el de la cabeza de patata monda.
La cita terminó al poco de haber pedido las dos primeras cervezas, porque María recibió una extraña llamada que la obligaba a marcharse corriendo a un lugar adonde Tino no podía acompañarla.

Esa misma noche, María cambió de seudónimo, de foro de encuentros y de firma, que de “Lo importante es lo de dentro” pasó a ser “Todo importa”.
sábado, diciembre 07, 2013

El club de los suicidas fracasados

Allí estaban todos ellos: el hombre que intentó reventarse con una bombona de gas butano vacía, el que se arrojó al mar justo en la zona en la que los voluntarios de la Cruz Roja realizaban sus prácticas, el que se tomó sesenta píldoras laxantes pensando que eran somníferos, el que se disparó en la sien con aquella pistola de fogueo con la que lo timaron, el que se intentó electrocutar cinco segundos después de que cortaran el suministro eléctrico… Todos discutiendo sobre su inutilidad, sobre lo injusto que era que la gente muriera sin desearlo y ellos no pudieran hacerlo.
miércoles, diciembre 04, 2013

Betún por si hace falta


Creo que ya todos conocen la noticia, incluso habrá alguno que, al pasar junto a determinado Corte Inglés, haya visto a una multitud enfervorecida que, libro en mano, formaba cola para conseguir la firma de su gurú de las letras. ¿Habrá venido Stephen King a firmar? ¿Será George R. R. Martin el que estará ahí desvelando secretos acerca de la conclusión de su famosa saga? ¿Será Pérez-Reverte que acaba de sacar novela? se preguntarán algunos, los pocos que no hayan leído la notica por falta de conexión, de televisor, de vecinos y compañeros de trabajo, que vivan en una isla desierta más allá de los límites de la civilización, vaya (otra explicación no tengo porque la noticia se ha difundido con profusión de escándalo cortesano). Pues no, señores, no se trata de ninguno de esos pelagatos advenedizos, sino de la perínclita Belén Esteban, amante de torero, madre, tertuliana de las vísceras y ahora, como le sobraba tiempo y talento para ello, escritora. O, mejor dicho, firmante de libros, que es a lo que vamos.

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Para enfermos de aburrimiento alérgicos a la pasta de celulosa, para exiliados de bibliotecas con tiempo pero sin estantes, para marineros de la red con tendencia a hacer parada y fonda en tabernas de relatos, para viajeros de sillón y amantes de la aventura estática, para todos ellos y para ti mismo se abre esta consulta, la del doctor Perring, enhebrador de palabras, zurcidor de conceptos y trazador de historias.


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