miércoles, julio 07, 2010

El Kraken: ¿leyenda, realidad oculta, o alucinación psicotrópica? (Crónicas de lo Despatarrante I)


Ha sido una constante a lo largo de la historia el trato despectivo, pleno de beligerante escepticismo, que se les ha dispensado a los testigos de esa otra verdad que se esconde tras el frágil velo de nuestra realidad cotidiana. A muchos ni siquiera se les escuchó, otros fueron objeto de burla, y también los hubo que fueron directamente ingresados en el centro psiquiátrico más cercano. Tristes precedentes que desde aquí, desde este pequeño pero importante reducto de Crónicas de lo Despatarrante, pensamos resarcir en la medida de nuestras modestas posibilidades dando la palabra a los que, en una sociedad de mentalidad más abierta, serían sin duda ínclitos personajes.

Nuestro entrevistado en esta ocasión es un ciudadano del mundo, aunque nacido en Oslo, llamado Olaff Krieke. También conocido, entre otros muchos apodos, como “el boquerón noruego” o “el chipirón rubio”, este hombre vive lo que es su retiro de la marina mercante afincado en la ciudad de Cádiz. Asiduo de la playa de La Caleta, donde quedó concertada nuestra entrevista, no es difícil distinguirlo entre la multitud de foráneos veraneantes o de autóctonos prejubilados que se pasean, pescan, o simplemente toman un baño de sol, sobre las arenas de esta playa. Con sus casi dos metros de altura, su rubicunda melena y barbas y su fuerte constitución, heredera de la de aquellos feroces viquingos que en tiempos sembraron el terror de marinos y costaneros, el señor Krieke abandona la tertulia de pescadores en la que lo encontramos para concedernos esta, esperemos sustanciosa, entrevista.

Quique Jiménez: Señor Krieke, es un placer para nosotros poder contar con su testimonio para esta nuestra primera entrega de Crónicas de lo Despatarrante.

Olaff Krieke: El placer es mío, por supuesto, y mejor si nos tuteamos y me llamas Olaff, o chipirón, o boquerón, como me suele llamar la gente.

QJ: Gracias por la confianza. Antes de entrar en materia, Olaff, nos gustaría que nos ampliaras, que enriquecieras en la medida en que te parezca necesario o interesante, la información que de tu persona tenemos y según la cual naciste en Oslo, hace ya casi sesenta años, y que tras una larga carrera profesional dentro de la marina mercante, debido a ciertos acontecimientos en los que profundizaremos más a lo largo de esta entrevista, recalaste y te asentaste en tierras gaditanas, por las que sientes un cariño especial.

OK: Sí, soy un enamorado de esta ciudad y de estas costas, y más o menos se podría decir que ésa es mi historia. Luego, claro, siempre se podrían añadir cosas, como los tatuajes que tengo por haber navegado por los siete mares del mundo; que además de tener una novia en cada puerto, como se dice, he estado casado en tres ocasiones; que a pesar de no tener ningún hijo reconocido creo que soy el padre natural de una buena prole de chiquillos, o no tan chiquillos; que actualmente me dedico esporádicamente a la pesca cuando no al cante flamenco, mi mayor pasión…

QJ: ¿Cante flamenco?

OK: Sí señor, cante flamenco, o aflamencado, o si se quiere espectáculo flamenco en general. Somos un grupo de cinco amigos que bajo el nombre de El Chipirón Rubio y los Boquerones de la Bahía amenizamos fiestas, recepciones, bautizos, comuniones o lo que nos echen, que para eso estamos.

QJ: No conocíamos ese detalle, la verdad. Aunque más nos sorprende que hayas mencionado la pesca como una de las actividades a las que aún te dedicas, algo que se contradice con las informaciones que de tu persona teníamos y que nos indicaban tu absoluta fobia a todo lo que a adentrarse en el mar se refiere.

OK: Bueno, estamos hablando de pesca de bajura, coger una barquita con algunos compañeros y salir a pescar cualquier cosa para venderla aquí mismo en la playa y sacarnos unos euros. Además, que se trata de contadas ocasiones, las pocas veces que se tercia y que soy capaz de vencer a mis terrores y echarme a la mar.

QJ: Has hablado de terror, el terror a lo desconocido, ese remanente atávico aún no eliminado por esta sociedad de la razón, sustrato en el que medran la leyenda y el mito…

OK: No te entiendo.

QJ: No importa, yo sigo. Hablamos de terror atávico, ese que, quién sabe, quizá se active cuando nos topamos con esa otra faz de nuestra realidad, cuando traspasamos el velo de lo cotidiano, cuando la lógica de esta sociedad racional y racionalista se nos queda corta y sólo el miedo en estado puro es capaz de ofrecer una respuesta válida a las circunstancias.

OK: Sí, supongo que es lo que tú has dicho, aunque no te he entendido ni papa, la verdad. El caso es que a veces me olvido de aquella experiencia que viví en su día y soy capaz de adentrarme en la mar. Otras veces, para que veas cómo son las cosas, ni siquiera soy capaz de mirar al horizonte.

QJ: Bien, parece que ha llegado el momento de entrar verdaderamente en materia, para que nos narres ese contacto que tuviste con lo desconocido, con lo despatarrante.

OK: Sí, claro. Supongo que lo mejor será poneros primero en situación. A ver, esto sucedió hará algo así como quince años, cuando yo trabajaba como marino mercante en una embarcación que hacía la ruta del mar Caribe al Báltico. Era una ruta que hacíamos tres veces al año desde hacía unos tres o cuatro, así que nos era perfectamente conocida, una travesía rutinaria. Además, la tripulación se había mantenido fija desde tiempo atrás, así que todos nos conocíamos de sobra, salvo un cocinero jamaicano al que enrolamos por enfermedad de nuestro habitual. El primer tramo del trayecto había pasado, como era de esperar, sin ningún tipo de contratiempo o novedad; incluso íbamos con cierto adelanto respecto a las previsiones. Llegamos por tanto a Canarias un viernes por la mañana, para hacer escala en el puerto de Las Palmas y, como íbamos sobrados de tiempo, en lugar de hacer una simple parada para repostar y avituallarnos para el segundo tramo del viaje, decidimos pasar allí todo aquel día y aquella noche y salir ya el sábado por la mañana.

QJ: Interesante dato, si me permites hacer el inciso. Me dices que los hechos ocurrieron en tierra española, o más concretamente en sus aguas territoriales. Es decir, que se trata de un misterio cercano, de una experiencia que quizá, quién sabe, podría sucederle a alguno de nuestros amigos del misterio, de lo despatarrante, que leen estas líneas y que por proximidad geográfica, pues sabemos que también contamos con una nutrida legión de aficionados en el archipiélago más meridional de nuestra geografía, tienen algún tipo de contacto con esa zona.

OK: Sí, supongo. Aunque bueno, creo que lo mejor sería conocer la historia completa antes de nada.

QJ: Correcto, mejor ir desgranando todos los detalles hasta conocer las claves de este misterio, hasta llegar a ese final… despatarrante. Continúa.

OK: Bien. El caso es que se decidió pasar el día y la noche en la ciudad, para desconectar un poco, ya sabes, y porque bien merecido teníamos el premio llevando el adelanto que llevábamos. El primero que se perdió de vista fue Wilson, el cocinero jamaicano, que tenía no sé qué negocios pendientes con un pariente suyo de la isla. Yo por mi parte me fui de visita con mi amigo y compatriota Magnus Johanssen, viejo camarada con el que había coincidido en más de una tripulación. Y bueno, la verdad es que lo pasamos muy bien. Durante el día disfrutamos de lo que es la vida en la isla y de la amabilidad de los isleños; una gente maravillosa la de Las Palmas. Estuvimos evitando todo lo que es la zona más turística para empaparnos de verdad de lo que son las gentes y la idiosincrasia de Las Canarias. Y ya cuando llegó la noche… pues fue una noche memorable, la verdad.

QJ: La noche, el tiempo de las brujas y los aparecidos, cobijo del misterio y lo desconocido. Una noche canaria que, por cierto, también está plagada de leyendas y casos paranormales, algunos registrados, otros no, pero que están ahí, que han sucedido, y que siempre habrá alguien que los recuerde a través de su memoria personal o de esa otra heredada que se perpetúa a través de la tradición oral.

OK: Sí, algo de eso habría, pero yo más bien me refería a disfrutar de la noche como se entiende hoy en día: lo de una novia en cada puerto, las discotecas, beber un poco o mucho, alternar… lo típico.

QJ: Ciertamente, sí, te entiendo. Pero no me negarás que el misterio estaba ahí, en esa noche, como en todas las noches, y que, quién sabe, quizá ya se estaba fraguando en esas horas la experiencia que al día siguiente os transportó a ese lado oscuro de la realidad que sólo algunos llegan a conocer y nadie a comprender del todo.

OK: No sé, quizá sea como tú dices, pero nosotros no nos enteramos. El caso, siguiendo con mi historia, es que aquella noche pernoctamos en la isla, y ya a la mañana siguiente, cuando por fin toda la tripulación había vuelto al barco, terminamos de arreglarlo todo a bordo y partimos para completar lo que sería la segunda mitad de nuestro trayecto. Salimos del puerto de Las Palmas poco antes del medio día, y durante una hora o dos estuvimos navegando sin mayor novedad. El tiempo era bueno, la mar estaba en calma, y todo a bordo era normal. Casualmente en aquellos momentos yo estaba charlando con Wilson, por conocerlo un poco, ya que hasta entonces no habíamos tenido mucho contacto. Era un tipo especial, recuerdo, muy tranquilo, y propenso a la broma y el buen humor. Fue entonces cuando la vimos aparecer.

QJ: Atención, y permíteme que haga el inciso, porque llega el momento de lo paranormal, cuando los cánones de lo plausible se resquebrajan y el misterio aflora por entre las grietas de la realidad y se hace presente, obligándonos una vez más a olvidarnos de todo aquello que dábamos por cierto y seguro y dejándonos a merced de lo… despatarrante.

OK: Bueno, no sé, en este caso lo que apareció fue una patrulla de la guardia costera española.

QJ: Ah, vaya.

OK: Sí. En cuanto los tuvimos a la vista nos hicieron señales para que detuviéramos los motores y pudieran subir a bordo. Y nada, pues nos paramos y los esperamos. Fue curioso, porque en ese momento Wilson, tan tranquilo siempre él, pareció alterarse así de repente y salió disparado para la cocina. Cuando por fin llegaron los guardacostas nos informaron de que había una denuncia por posible tráfico de estupefacientes y que el nombre de nuestra embarcación había sido mencionado por uno de los acusados. Al parecer habían intentado detenernos en el puerto, pero habíamos salido poco antes de que ellos llegaran, y el técnico aún estaba intentando arreglar la radio de a bordo con las piezas que se compraron en la isla, así que no nos habíamos enterado de las llamadas que nos hicieron. En fin, que lo registraron todo, estuvieron haciendo preguntas, y así un rato porque no estaban muy satisfechos hasta que el capitán les dijo que si querían se quedaran a comer con nosotros, que el cocinero había hecho comida más que de sobra, pero que o presentaban alguna orden de requisa o detención o nos marchábamos ya, porque el barco no se podía quedar allí parado más tiempo. Total, que se fueron. Otra vez volvimos a nuestra rutina habitual, pensando que todo había sido una equivocación y nada más que eso, comimos… y entonces fue cuando llegó eso que tú dices…

QJ: Lo despatarrante, lo asombroso, el encuentro con esa otra realidad que, como la cara oculta de la Luna, parece querer guardar los misterios que encierra sólo para unos cuantos elegidos, gente que como tú, por una conjunción de circunstancias aleatorias, o quizá lo que algunos llamarían designio divino, o quién sabe por qué, parecen predestinados a ser testigos de la maravilla.

OK: Eso mismo. Yo sólo te puedo contar lo que recuerdo, porque todo fue muy extraño. Pareció como si todos nos pusiéramos enfermos de repente. Al principio fue como una sensación de extrema relajación, una sed insoportable que te dejaba la lengua pegada al paladar, y hambre, mucha hambre, a pesar de que acabábamos de comer. Entonces Magnus se puso como amarillo, con fatiga, y se fue a la borda a vomitar; el capitán, Wilson y otros no paraban de reírse, por tonterías, y yo también. Más tarde me entró como una obsesión de que Magnus se había caído por la borda y salí corriendo a buscarlo, tambaleándome y tropezándome con todo como si tuviera una cogorza de campeonato. Cuando llegué junto a mi amigo y miré al horizonte fue cuando lo vi. En un principio pensé que era una isla o algo, pero me pareció que se movía, que se acercaba poco a poco, y cuando por fin le vi los tentáculos saliendo del agua, aquella boca enorme toda llena de dientes y aquel ojo inmenso, más grande que nuestro barco, no pude evitar gritar…

QJ: Olaff Krieke, una marino veterano, curtido en mil travesías, un lobo de mar en pleno uso de sus facultades, y ahí está el testimonio. Ojo, no hablamos de una historia cualquiera del primero que pasa por la calle, sino de un relato fundado y fiable. El Kraken, la bestia mitológica escandinava, el devorador de barcos y tripulaciones que aterraba a los antiguos, saliendo a la luz cerca de nuestras costas, aquí al lado, como quien dice, en la misma puerta de nuestras casas… rondándonos. Continúa.

OK: Bueno, a partir de ahí la locura: yo que no paraba de gritar, Magnus que parecía que se iba a morir, vomitando una baba verde, otros por ahí tirados riéndose histéricamente, Boris, el mecánico, que pasó corriendo y gritando que le perseguía su suegra…

QJ: Fantasmas también, un claro ejemplo de cómo lo paranormal nunca viene solo, de cómo se encadenan los hechos, como si el misterio llamara al misterio en una vorágine de eventos inabarcables por la mente humana…

OK: No, el fantasma no sería, porque si no recuerdo mal aquella mujer no debía andar muerta por aquella época. Lo que pasa es que por lo visto la buena señora era una mujer de armas tomar, ex agente del KGB al parecer, y que tenía a Boris más derecho que una vela porque no se fiaba de él ni de su oficio, pasando tantos días fuera de casa. Yo creo que lo que pasó es que estaba obsesionado con aquella mujer y le dio por ahí, porque allí nadie a parte de él vio a la buena señora.

QJ: La locura, infundida por el terror, quizá la respuesta irracional cuando nuestras mentes simples se topan precisamente con eso, con lo irracional.

OK: Puede ser; o eso o algo parecido, porque ni siquiera yo estoy seguro de haber visto lo que te dije que vi.

QJ: Sí, sí que lo viste.

OK: Bueno, yo no lo tengo tan claro, pero tampoco vamos a discutir por eso; si tú dices que lo vi, lo vi.

QJ: Y qué más.

OK: Pues eso, que así como te he dicho fueron pasando las horas, yo no sé cuantas, perdimos el rumbo y todo, y cuando ya nos fuimos recobrando un poco y conseguimos controlar la situación pusimos rumbo al peñón de Gibraltar, que es lo que nos cogía más cerca, y de allí hasta el puerto de aquí de Cádiz. El barco salió de aquí un día después para retomar la travesía pero yo, que aún no me había recuperado de la impresión y el mal momento pasado me quedé y me quedé hasta que fueron pasando los día, los meses… y quince años que llevo aquí, de donde ya no me mueve nadie.

QJ: Esos fueron los hechos, hechos que, si nuestras informaciones son correctas, no se han vuelto a repetir pero que han dejado en tu vida esa huella imborrable, esa marca del misterio y lo fantástico que jamás abandona a los que tuvieron la suerte, o la desgracia, quién sabe, de cruzar el velo de la realidad cotidiana y tangible.

OK: No, no he vuelto a tener una experiencia como aquella en mi vida; ni querría tampoco, porque la verdad es que en su momento, y aún ahora, me aterroriza.

QJ: Impresonante, diría yo, esta experiencia veraz y sincera que has compartido con nosotros. Muchas gracias, Olaff, por habernos servido de guía en esta primera travesía de nuestra barcaza del misterio y lo insólito, en esa búsqueda de verdades, de las verdades de esa otra realidad oculta a nuestros ojos, que son nuestras Crónicas de lo Despatarrante. Muchas gracias, una vez más.


OK: Gracias a vosotros.

QJ: Y nada más, hasta aquí esta primera entrega de Crónicas de lo Despatarrante. Y no olvidéis que seguiremos aquí, que volveremos, para ofreceros más testimonios y teneros al tanto de esos misterios que sin duda se esconden ahí fuera; estaos atentos.

Quique Jeménez’s
Crónicas de lo Despatarrante

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