jueves, julio 08, 2010

... y evitar los malos pensamientos


Despertó, era el momento de hacerlo. Despertaron los dos, simultáneamente, como todos los días. En la otra cama su tío no tardó en incorporarse, calzarse las zapatillas, y dirigirse al baño para rendir pleitesía al cuerpo y sus urgencias matinales. Él, sin embargo, aún se demoró un rato más, deleitándose en su tránsito por la zona fronteriza entre el sueño y la vigilia, lugar de pereza y laxa satisfacción. Estuvo tratando de aglutinar los últimos jirones del sueño que aún flotaba sobre su consciencia, uno de ésos, recurrentes, en los que era capaz de oír y en los que imaginaba, a su manera, cómo podía ser esa parte del mundo que le estaba vetada.
            Por fin sintió un contacto en el brazo, y al abrir los ojos se encontró con los de su tío mirándole fijamente, cargados de reproche y el recuerdo de advertencias no atendidas. Aceptó mansamente la muda reprimenda, y a un gesto del mayor respondió levantándose para ir al cuarto de baño a asearse. “Realizar todas las tareas y evitar los malos pensamientos”, rememoró la máxima de su tutor, y una vez más se prometió a sí mismo no olvidar jamás el dictado y obrar según él. Así, todo seguiría en orden, en el mejor orden posible.
            Ya en la cocina, aseado y vestido, sentado frente a su humeante taza de cacao, observaba cómo su tío, enfundado en aquel traje de riguroso luto que se había puesto para la ocasión, rebuscaba en el cajón de las cosas útiles. Él vestía un taje similar, y después sería su turno de rebuscar en el cajón de las cosas útiles, como todos los días. Visto desde fuera, pensó, aquello parecía una manía estúpida, pero él conocía la sensación de meter la mano en aquel lugar, acariciar aquella amalgama caótica de objetos viejos, rotos muchos de ellos y sin ninguna relación entre sí, y notar cómo algunos parecían tener una energía especial, como si le llamaran, reivindicándose a sí mismos como los objetos que debían ser cogidos.
            Faltaba poco tiempo para que comenzara el responso cuando, concluidos ya los preparativos, estaban a punto de salir de casa. Ellos realmente no sabían qué hora era, no había en toda la casa relojes que marcaran el curso de sus vidas; ellos, simplemente, sabían que era el momento de salir. Fuera, el día había amanecido acorde a las circunstancias, un tenue manto de nubes filtraba la luz dejando el paisaje cubierto de una pátina gris que entristecía los colores. Unos metros calle arriba, un enlutado grupo se apresuraba a cumplir con el llamado que la víspera habían realizado el párroco, el alcalde y los representantes de las familias; calle abajo se divisaban otros grupos que sin duda caminaban en la misma dirección. Por fin se incorporaron a la marcha que, desde todas partes del pueblo, concluía en la iglesia local. Aquí y allá, sobre los dinteles de las puertas, se podían ver cintas negras apresuradamente colgadas la noche anterior, y a lo largo de las calles se repetía una fotocopia, mal impresa y mal fijada a la pared con cinta adhesiva, en la que se alineaban diez sonrisas jóvenes, congeladas en un tiempo anterior a la reciente tragedia.   
            Caminaban ambos absortos es su mundo sin sonidos, alertas a esas señales, imperceptibles para todos menos para ellos, que indicaban la necesidad, el deber, de realizar alguna de esas tareas que encauzaban la vida por sendas acordes a sus pensamientos y sus deseos, fueran éstos conscientes o no. Fue él el primero, en aquella mañana desvaída y triste, que sintió la necesidad de actuar. Inopinadamente, bajo la atenta mirada de su tío, se detuvo frente a la entrada de una propiedad, tomó un adoquín desgajado del empedrado por la acción del tiempo, y lo situó justo en el límite que separaba la acera de la calzada. Más adelante fue su tío quien, sacando del bolsillo una vieja alianza de oro, la depositó en el suelo, justo en el lugar preciso en el que debía reposar, y sobre ésta una hoja parda que el viento de la noche había arrastrado hasta allí, y sobre todo un pequeño guijarro que esperaba su oportunidad en las cercanías. Ya casi embocando la plaza del pueblo, allí donde cualquier otro hubiera podido oír el murmullo de la multitud congregada, el tío dejó caer un manojo de llaves comidas por la herrumbre y a las que el paso de los años había dejado viudas de sus cerraduras correspondientes.
            Por fin llegaron al lugar de la cita, y allí se fundieron con aquella multitud muda para ellos, aquella multitud que los observaba, que les decía más con sus pensamientos y sus miradas que con las palabras que no podían oír, y que sobre todo, de manera totalmente irracional, les temía. Así había sido siempre para su tío, y desde que nació también fue así para él. Porque los otros no sabían, pero sospechaban, porque sentían que se les erizaba el vello en su presencia, y porque intuían que algo se les escapaba.
            Las exequias se alargaron lo suficiente para dar cabida al sentimiento y al recuerdo de todos los presentes, para pasar página sobre aquel cúmulo de circunstancias, tan casuales como funestas, que habían convergido en la muerte de aquellos diez muchachos y segado de un tajo la vida que aún tenían por delante. Todos evocaron algún momento agradable compartido con aquellos chicos. Todos menos él, que sólo pudo rememorar las vejaciones, los abusos y el maltrato que como chico sordomudo y huérfano, tutelado por su tío también sordomudo y huérfano, había tenido que soportar por parte de los diez angelitos a los que ahora se homenajeaba. 
            Más tarde fue el momento de formar parte del cortejo fúnebre, larga riada de paisanos dolientes, custodios de los féretros antes que la tierra tomara su relevo como último velador de aquellos cuerpos ya sin alma. Una vez sepultados los ataúdes y dado el último pésame, la gente se fue marchando como había venido, en grupos, repartiéndose por las arterias del pueblo para volver a darle la vida que durante unas horas había quedado en suspenso.
            Ya de camino a casa, aún tuvo tiempo su tío de realizar una de sus tareas, dejando caer una pieza metálica, recuerdo de algún mecanismo eviscerado, en medio de la calzada. Fue en el mismo sitio por el que, justo antes, un automóvil forastero, cargado de jóvenes en recogida de parranda que increpaban a los que se cruzaban con ellos, había cruzado de manera excesivamente rápida y descuidada. Después pasaron frente a una propiedad a cuya entrada se habían congregado algunos paisanos. Unos simplemente por curiosidad, otros, más responsables y solidarios, para tratar de evitar que pasara a mayores la disputa entre los dueños de la casa y el hombre al que por casualidad, debido al hallazgo de un manojo de llaves tiradas en el suelo y el repentino deseo de volver a casa a asegurarse de que estaba cerrada, se habían encontrado tratando de acceder a la vivienda. Más adelante se cruzaron con una pareja muy acaramelada, dos vecinos cuyo noviazgo parecía estar eternizándose desde hacía más de una década y que hoy, por fin, habían decidido sellar su enlace. Ella sonreía, radiante, convencida de que la fuerza del amor había terminado superando la pusilanimidad de su novio; el también sonreía, pero de distinta manera, pues tras su sonrisa se ocultaba el secreto de que la decisión la tomó por él una alianza que había encontrado al patear un piedra del camino.
            Faltando ya pocos metros para llegar a su hogar una pelota multicolor se cruzó en su camino, y tras ella pasó corriendo un chico de escasa edad que, gracias a la providencia y a un adoquín que frenó la pelota y con ello su carrera antes de que llegara a la calzada, evitó ser atropellado por el mismo automóvil de forasteros adolescentes y maleducados que desde hacía un rato daba vueltas por el pueblo.
            Por fin llegaron a su casa tras la luctuosa jornada. Después de acomodarse y el preceptivo lavado de manos, mientras su tío se entretenía preparando el almuerzo, él se quedó repasando mentalmente las acciones del día y sus consecuencias, al tiempo que observaba cómo el mundo exterior seguía con su inexorable curso más allá de la ventana. Entonces, como una iluminación que desvelara la última incógnita aún pendiente de la jornada, vio pasar fugazmente una ambulancia al parecer en plena urgencia, y tras ella una patrulla policial. No hizo falta que, como más tarde ocurrió, alguien les comunicara que aquel automóvil cargado de adolescentes había sufrido un reventón debido a una pieza metálica tirada en medio de la calzada, lo que provocó un accidente por suerte sin consecuencias graves. Ellos simplemente se miraron, en medio de un intercambio de sonrisas, y, aceptando la lección recibida, una vez más prometió a su tío realizar todas las tareas y evitar los malos pensamientos; al menos los demasiado malos.

Publicado en la antología "Calabazas en el trastero: Entierros"

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