miércoles, septiembre 17, 2014

Otilia


—Otilia, por favor, ábreme —se exasperaba Demetrio.
—¡No te abro! —respondía lacónico el intercomunicador.
—¿Cómo que no me abres?
—¿Éstas qué horas son de llegar? ¿Te parece bonito?
—Eso no es asunto tuyo, Otilia. ¡Ábreme!
—¿Que no es asunto mío? ¿Cómo que no es asunto mío? ¿Pero quién te has creído que soy yo?
—La personalidad artificial de mi domo; ¡eso eres tú! —golpeó la puerta.
—Eso mismo, una personalidad artificial. No soy ninguna calculadora,  tengo sentimientos, ¿sabes?
—¡Deja de decir estupideces y ábreme de una vez! ¡Te lo ordeno, Otilia!
            Un clic, seguido por algo que bien podría pasar por un leve suspiro, precedió la apertura del domo. Demetrio por fin pudo entrar en su hogar tras aquella noche de desenfreno y castigo para el cuerpo. Una vez libre de la tortura de sus zapatos, lo primero que hizo fue dirigirse hacia la despensa para regalarse una cerveza de algas bien fría y un par de crujientes tabletas de proteína sintética salada como aperitivo. Después se encaminó a su santuario televisivo  y se programó un par de testimonios de “Miserias ajenas” y unos sketches de “Estúpido vs Idiota”, la pareja cómica del momento.
sábado, septiembre 13, 2014

El test de Rorschach-Perring - Paciente 05: Daniel Pérez Navarro


Vuelven las sesiones de terapia a la consulta, vuelve El test de Rorschach-Perring, y para abrir esta nueva temporada de entrevistas atípicas tenemos ni más ni menos que a Daniel Pérez Navarro, también conocido como Daniel Mobymelville, o Gandalf, según donde te hayas cruzado con él. Aquí va su presentación, y luego, el test:

Nací en el vientre de una ballena. Allí me obligaron a estudiar medicina. En los ratos libres leía y escuchaba el canto de la puta ballena. Cuando escapé, había rebasado la treintena. Me puse entonces a escribir. He publicado en antologías, revistas y periódicos. El primer libro salió en 2009 y trataba de una ballena, claro. Después han llegado otros.
miércoles, septiembre 10, 2014

Asuntos de familia



−A mí siempre me pareció un tipo sospechoso, desde que lo vi por primera vez. −Se llama Anton Fermick y tiene treinta y ocho años. Es casero, gracias a la generosa herencia que su solterona tía le dejó en forma de edificio de apartamentos. Animal sucio y repugnante, intelectualmente idiota−. Yo es que tengo un sexto sentido para estas cosas, ¿sabe? −se limpia las boqueras con los dedos, sin ningún pudor, regodeándose incluso−. Es lo que trae el tratar con multitud de personas diferentes a lo largo de los años. −La sucia camiseta apenas le da para taparse hasta el ombligo, tiene marcas de sudor en axilas e ingles, y tanto su cara como su calva brillan grasientas bajo la luz de los fluorescentes−. Dígame, ¿es un asesino de esos múltiples? ¿Quizá un terrorista? No, supongo que no me lo puede contar, ¿verdad? No se preocupe, no hace falta. −Aún es peor cuando se mueve y airea ese tufo como a pringue macerada con orina que lo rodea−.Aquí se presentó como Carlssin, Andrew Carlssin, aunque yo diría, y esto lo sabrá usted mejor que yo, que tanto la identidad como el documento son falsos −trata de buscar complicidad con la mirada, pero lo único que consigue es parecer aún más repulsivo al mostrar su podrida dentadura y añadir la nota de su aliento a la malsana sinfonía de sus olores corporales−. Dijo que era vendedor, aunque no especificó de qué, y la verdad es que tampoco tenía cara de vendedor; usted sabe, la carretera se marca en el rostro, y yo he visto a demasiados vendedores en mi vida como para no notar que éste no había viajado por negocios jamás −intenta hacerse el interesante−. Más bien parecía un turista, un turista desorientado. Pero ya sabe usted, mientras no den problemas y paguen al día aquí no podemos rechazar a nadie, es la norma al uso −vuelve a sonreír, qué horror−. Al principio hacía algunas cosas estúpidas, como pararse ante la puerta de la habitación y pedirle por favor que le dejara pasar, o buscar no sé qué punteros de orientación en el aire, pero pasada una semana, que yo sepa, se olvidó de estas manías. Aunque tampoco pude yo vigilarle como a mí me hubiera gustado. Ya sabe, uno tiene muchas cosas que hacer y poco tiempo –miente–. Después, supongo que cuando ya se reunió con su contacto o lo que fuera, empecé a verlo cada vez menos. Debía estar muy ocupado con sus fechorías el muy zorro. Y manejaba dinero, eso se lo puedo asegurar. Siempre pagaba por adelantado y con billetes grandes, y no le faltaba de nada –sonríe sospechosamente–. Por fin un día desapareció sin dejar rastro, con unas cuantas semanas pagadas por adelantado y sin llevarse apenas nada de lo que tenía en el apartamento. Si quiere aquí tengo la llave para que eche un vistazo, como los otros agentes.
sábado, septiembre 06, 2014

Competencia desleal


Supongo que siempre he sido un poco envidioso, o quizá mucho, no lo sé a ciencia cierta, no me atrevo a indagar mucho en mí mismo por temor a lo que pueda encontrar. A veces se habla de envidia de la buena y de la mala, como si existieran categorías reales, separadas. ¿Será verdad? A mí me gusta pensar que sí, y que la mía es de la buena, claro está. Pero por algo no me atrevo a indagar demasiado en mis motivaciones reales, las primarias, no vaya a ser que tenga que admitir que mi envidia es tan mala como cualquier otra y que eso de la envidia buena es sólo un calmante para la conciencia, ésa que nunca duerme.
                Y es que yo, entre las muchas cosas que puedo envidiar de otros, lo que principalmente querría para mí es tiempo, tiempo del que a esos otros parece sobrarles a paletadas, del que vale más que el oro o el coltan. Ya los griegos se dieron cuenta de esto muy pronto, por eso Cronos, la personificación titánica del tiempo, hijo de Gea y Urano, las primeras entidades surgidas del caos inicial, derrocó a sus padres y se autonombró primer amo del cortijo celestial, el más importante de todos, lo más importante de todo. Eso sí, eones después, Cronos fue a su vez derrocado por su hijo Zeus (algo típico en el Olimpo, cuyo juzgado de lo familiar siempre estuvo colapsado), y por esto mismo, por haber sido capaz de vencer al mismísimo tiempo (ojo al dato), se quedó como el más grande de todos los dioses y nuevo amo del cortijo; no era para menos.
martes, septiembre 02, 2014

Los dibujos de Laurita




A Laurita le encantaba dibujar con los lápices de cera. No podía resistirse al placer que le producían con su suave deslizar sobre el papel, con la brillante estela de color que marcaba su paso. Lo que más le gustaba del colegio era cuando la señorita Remedios repartía las ceras y ella podía abandonarse a su pasión, dejando libre la mente, la inspiración, el alma.

Cierto día, la señorita Remedios empezó a preocuparse por lo que salía de Laurita cuando ésta se rendía al irresistible poder de las ceras y el espacio en blanco. En las cuartillas se repetía irremediablemente una silueta oscura, amenazante, grande y con las manos largas. A sus pies había manchas rojas rodeando a una figura tendida en posición fetal. Y en la esquina, como escondida entre grises trazos de sombra, otra figura más pequeña que las anteriores y cubierta con una constelación de lágrimas celestes.

Al parecer la señorita Remedios habló con don Pedro, el director, y éste hizo venir al colegio a otros dos señores muy simpáticos que se pasaron todo el día jugando con Laurita a las preguntas y a dibujar con los lápices de cera. Después de eso tuvo que abandonar el colegio, su casa y su vida, por algo relacionado con la oscura silueta de sus dibujos.

Para Laurita comenzó entonces una época feliz. Vivía con su mamá en una casa nueva, pequeña pero acogedora, y como no tenía que ir al colegio se pasaba horas y horas pintando. La silueta negra huyó del papel, espantada por flores rojas, casas verdes, vacas violeta, pájaros rosa, coches naranja, mamás marrones, niñas amarillas…

Con el tiempo volvió al colegio, un nuevo colegio con compañeros diferentes y una profesora distinta. De nuevo se le hacían largas las horas entre su llegada a clase y esos momentos finales en los que doña Silvia repartía los utensilios de dibujo para que los niños terminaran la jornada relajados. Entonces Laurita se fundía con la fresca suavidad de los lápices de cera, se desparramaba sobre el papel en forma de dibujos cada vez más elaborados y bellos, sorprendentes para una niña de su edad.

Doña Silvia empezó entonces a interesarse por los dibujos de Laurita. En su pasado hubo trazos de pintora, y aunque nunca llegó a dominar el arte, sin duda aprendió a distinguirlo y apreciarlo. Solía pasarse por su pupitre y hacía comentarios acerca de esto o aquello, e incluso alargaba las clases de expresión artística para que Laurita se soltara.

Un día doña Silvia le preguntó por una extraña sombra oscura que había empezado a aparecer en los dibujos. Se la veía siempre escondida detrás de algo, un árbol, una esquina, una valla. Tenía una extraña sonrisa blanca pintada en la cara, y las manos grandes, con los dedos largos y afilados. En esta ocasión Laurita no se atrevió a decir nada y, no mucho tiempo después, tuvo que cambiar de nuevo de colegio, de casa, de vida… y hasta de mamá.



Publicado originalmente en la revista “Punto cultural”

miércoles, diciembre 11, 2013

Alaindelón

María estaba de pie junto a la estatua de la Plaza Nueva, esperando a “Alaindelón”, su ligue de internet. Llevaba el vestido rojo con pamela que había prometido, y buscaba entre los transeúntes a un apuesto galán vestido de gris y con una flor en la solapa.
–¿Damarroja? –la asustó una voz a su espalda.
María se giró para contemplar a un inmenso hombre atrapado en un estrechísimo traje gris. De su solapa pendía, cabizbajo y reseco, un clavel rojo.
–¿Alaindelón? –dijo María más asustada que sorprendida.
–Llámame Agustín, o Tino –respondió el hombre acercándose para darle un beso.
–Ah, sí…yo me llamo María –dijo ella ofreciéndole la mano.
Tras un breve monólogo de Tino acerca de adonde podrían ir, se encaminaron hacia un horno situado justo frente a la Catedral. María estaba avergonzada, no sabía qué hacer. Ella había quedado con “Alaindelón”, el seductor, el simpático, el inteligente, y no con Tino, el enorme, el sudoroso, el de la cabeza de patata monda.
La cita terminó al poco de haber pedido las dos primeras cervezas, porque María recibió una extraña llamada que la obligaba a marcharse corriendo a un lugar adonde Tino no podía acompañarla.

Esa misma noche, María cambió de seudónimo, de foro de encuentros y de firma, que de “Lo importante es lo de dentro” pasó a ser “Todo importa”.
sábado, diciembre 07, 2013

El club de los suicidas fracasados

Allí estaban todos ellos: el hombre que intentó reventarse con una bombona de gas butano vacía, el que se arrojó al mar justo en la zona en la que los voluntarios de la Cruz Roja realizaban sus prácticas, el que se tomó sesenta píldoras laxantes pensando que eran somníferos, el que se disparó en la sien con aquella pistola de fogueo con la que lo timaron, el que se intentó electrocutar cinco segundos después de que cortaran el suministro eléctrico… Todos discutiendo sobre su inutilidad, sobre lo injusto que era que la gente muriera sin desearlo y ellos no pudieran hacerlo.

Exportar para leer en tu ebook

En BLOXP puedes exportar este blog, o parte del él, para leerlo desde tu ebook. Sólo necesitas esta dirección de RSS:

Contador de visitas

Imagen by Mateu

Visita Mi Web

La Consulta del Doctor Perring

Para enfermos de aburrimiento alérgicos a la pasta de celulosa, para exiliados de bibliotecas con tiempo pero sin estantes, para marineros de la red con tendencia a hacer parada y fonda en tabernas de relatos, para viajeros de sillón y amantes de la aventura estática, para todos ellos y para ti mismo se abre esta consulta, la del doctor Perring, enhebrador de palabras, zurcidor de conceptos y trazador de historias.


Tratamiento único y definitivo: tú pones los segundos;el que suscribe pone las letras.

laBlogoteca

Entra en LaBlogoteca a valorar este blog

Licencia de textos

Licencia de Creative Commons
Los relatos que aparecen en este blog pertenecen a Manuel Mije y tienen Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

El titular

Mi foto
Tú pones los segundos, yo pongo las letras...

Pacientes crónicos

Otras Consultas

Liebster Award

Mi facultad

Sevilla Escribe

Sevilla Escribe
Colectivo literario