Para enfermos de aburrimiento alérgicos a la pasta de celulosa, para exiliados de bibliotecas con tiempo pero sin estantes, para marineros de la red con tendencia a hacer parada y fonda en tabernas de relatos, para viajeros de sillón y amantes de la aventura estática, para todos ellos y para ti mismo se abre esta consulta literaria, la del doctor Perring, enhebrador de palabras, zurcidor de conceptos y trazador de historias.


Tratamiento único y definitivo: tú pones los segundos, el que suscribe pone las letras...

miércoles, enero 02, 2019

Jubiletas, amos de la noche (el homenaje) - Suplemento Especial - Primera parte



De los visionadores de "Warriors, amos de la noche"        De los creadores de "Mariano, asesino en serie novato"
       "Jubiletas, amos de la noche (el homenaje)" Acompaña a los Jubiletas del Infierno en esta noche de humor, acción, terror, copla, drags, trans y bandas. Cinco soldados tras las líneas enemigas... ¿Conseguirán volver a casa?



Cuando llegué a nuestro lugar de encuentro, la vieja valla junto al High Age School, el resto de los Jubiletas del Infierno ya estaban allí. Mancy, nuestro líder y jefe de guerra, nos había reclamado de forma urgente para un asunto de importancia crucial. Según nos explicó, Cirilo, el jefe de la banda más importante de la ciudad, las Heavy Metal Drag Queens, había convocado al resto de grupos para una reunión multitudinaria. Tenía un mensaje para todos nosotros, y para ello se había establecido una tregua general que duraría hasta el día siguiente al encuentro.

—¿Estás seguro de que la tregua será respetada? —inquirió Johnny—. Si no, la vuelta a casa puede ser un infierno, hay huelga en el transporte público y tú tienes el motocarro estropeado…
—Tranquilo, todos los jefes de banda hemos confirmado la tregua a petición de Cirilo. No te preocupes.

—¿Quién es Cirilo? —pregunté a Charly.
—Yo no lo conozco, pero dicen que es un tipo alucinante: fue legionario de joven, tuvo un gimnasio, fue portero de discoteca, repartidor de publicidad y mimo en el Parque del Retiro en Madrid. Desde que se hizo drag y fundó las Heavy Metal Drag Queens, el ejército más importante de la ciudad, no tiene que aguantarle nada a nadie. Sus chicos también ejercen de empleados de seguridad en los locales donde dan sus espectáculos, y con los trajes de lentejuelas puestos, así que imagínate.

—Julio, ten este spray, quiero que pintes todo lo que veas, quiero que todos sepan que los Jubiletas del Infierno han estado allí.
—Pero, Mancy, he perdido las gafas y no veo un pijo, ya lo sabes.
—Pues entonces utiliza la intuición, muchacho. Y cuidado con la ortografía, que Jubiletas es con b.

—Jimmy, tienes que hacerme un favor —me pidió Julio.
—Lo que quieras, hermano.
—Es posible que hoy haya chicas en la reunión, y quiero que me ayudes con eso.
—¿Qué quieres que haga?
—Tú sólo dime si están buenas, que de estos cabrones no me fio, siempre que voy sin gafas me endiñan a los cracos.

—¿Qué sabes de Cirilo? —pregunté por fin a Mancy.
—Es magia, es pura magia negra… De hecho fue tarotista televisivo…

Tardamos un buen rato en llegar al lugar de la reunión, un gran parque en el extrarradio que desde hacía tiempo era territorio de bandas y otra gente de mal vivir. Tuvimos suerte con los varios transbordos que tuvimos que hacer, pues al último autobús nos subimos apenas media hora antes del inicio de la huelga. Durante el trayecto nos cruzamos con otros grupos que también acudían a la llamada de Cirilo: vimos a los Teleoperadores Parados, acosando con su cháchara compulsiva y proactiva a la gente a su alrededor; intercambiamos saludos con los Gangosos Tímidos, que evitaban hablar siempre que podían para no llamar la atención con su falta; también presenciamos un conato de enfrentamiento entre los Poetas Dementes, con sus versos ripiosos y absurdos, y los Varilleros Raperos y sus rimas sobre desatascos y bajantes. Ya cerca del parque charlamos un rato con los Obsesivos Compulsivos y Violentos, que estaban pensando en marcharse, uno porque no estaba seguro de haber apagado al gas, otro porque no estaba seguro de haber tirado de la cadena y no quería que su novia viera al submarino marrón varado en su váter, otro porque no sabía si había cerrado la ventana y se podía escapar el gato, y los otros por cosas similares.

Todo fue tranquilo, la tregua se respetaba, las bandas habían acudido a la llamada de Cirilo y las Heavy Metal Drag Queens, y todos estaban allí, en paz y armonía… Hasta que nos cruzamos con los Hijos de la Jubilación, nuestra banda rival. Nos topamos frente a frente, de improviso, y en seguida la tensión se hizo notar. El antagonismo venía de lejos, del nacimiento de los dos grupos, que en un primer momento fueron uno solo. Mancy y el Furia, líder de los Hijos de la Jubilación, se conocieron cuando iban a cobrar la pensión al banco y decidieron crear una banda, los Jubilados Furiosos, un grupo de veteranos rebeldes con el que sembrar el terror en el barrio. A partir de elegir el nombre y atraer a los primeros miembros, las discrepancias surgieron. El Furia, que era un amante de los pasodobles, quería que la banda hiciera presión a los entes públicos para que se grabara una versión moderna de “Paquito el chocolatero” y fuera nuestra representante en Eurovisión. Mancy, que había sido rockero de joven y quería darle ese enfoque al asunto, se negó. Algunos de los miembros apoyaron al Furia, otros a Mancy, y el cisma que se creó ya fue irreparable. Como suele decirse, un animal con dos cabezas no puede sobrevivir mucho tiempo, y los Jubilados Furiosos, a poco de fundarse, se disolvieron para dar nacimiento a otras dos bandas que en adelante serían enemigas irreconciliables: los Jubiletas del Infierno y los Hijos de la Jubilación.

El Furia encendió el amplificador que llevaba colgado en bandolera y se acercó el micrófono al agujero que le había quedado en el cuello después de la operación.
—Dichosos los ojos —dijo con la voz de Stephen Hawking—, ni más ni menos que los Jubiletas Caguetas. —Sus muchachos le rieron la gracia.
—Furia, hoy no es día para esto —le contestó Mancy con sequedad—, lo que tengamos pendiente tendremos que arreglarlo en otra ocasión. Hoy estamos aquí para escuchar lo que tenga que decirnos Cirilo.
—Ah, claro, el mensaje de Cirilo. No te preocupes por eso, creo que el día de hoy va a dar para mucho más. —Había un extraño brillo en la mirada del Furia—. Hoy…
En ese momento, uno de los Varilleros Raperos que estaban por allí le arrebató el micrófono al Furia y se puso a hacer beat-box mientras otro de sus colegas improvisaba unas rimas sobre un colector atascado por compresas tiradas al váter. Mancy nos hizo una señal a todos, y aprovechando la confusión nos largamos de allí antes de que el asunto fuera a más.

Nos acercamos todo lo que pudimos al improvisado escenario que habían montado en un claro. Se notaba el poderío de las Heavy Metal Drag Queens, había música, luces, confeti dorado volando por los aires y varias drags bailando con sus esplendorosos trajes y sus plataformas infinitas. Entonces la coreografía se sincronizó, las drags formaron una línea paralela a nuestro horizonte, luego las del centro se fueron atrasando hasta formar un vértice, y luego un pasillo de bailarinas alocadas que daba entrada al escenario a Cirilo, que traía un traje dorado propio de una reina del carnaval de Tenerife. Estuvo un rato contoneándose, luego una de sus drags le pasó el micrófono.
—Caris, ¿sabéis contar? —comenzó. Tenía la voz aflautada, según las malas lenguas por culpa de los esteroides.
—¡Si no son muchos números sí, Cirilo! —dijo uno.
—¡Yo tengo reloj-calculadora! —respondió otro.
—¡Mira cómo se menea la maricona! —gritó un brabucón de más allá.
—Yo os digo que el futuro es nuestro, si es cierto que sabéis contar…
—¡Habla, Cirilo! —la gente le animaba.
—¡Que no me entere yo que ese culito pasa hambre! —se escuchó por allí.
—Veo por allí a los Opinadores Sinceros agobiando a los Artistas Inseguros, a los Travestis Guerreros haciendo migas con los Señoritos Pendencieros, a los Proctólogos Aficionados proponiendo terapias a los Guardianes de Heidi, y a las Furias del Dominó sentadas junto a las Folklóricas Temperamentales. Esto, queridos míos, es un milagro, y los milagros se tienen que convertir en algo común, ¡como en el Palmar de Troya!
—¡Premio! —apuntó un locuaz.
—Aquí hay más de cien grupos, con un puñado de representantes cada uno, lo que hace… un porrón de gente, más los que están en casa, más los otros cien grupos que no han venido, más los colegas, familiares, vecinos, más el típico conocido que se apunta a un bombardeo… En fin, que somos peña para parar un tren, que si nos tiramos todos un cuesco a la vez provocamos un cambio climático. ¿Sabéis lo que eso significa?
—¡No, dínoslo tú, enterado! —preguntaron.
—¡Compi, que se me hace tarde, acaba ya!
—Eso significa poder, poder para gobernar esta ciudad, poder para pedir descuentos en las tiendas de ultramarinos, poder montar las fiestas que no dé la gana cuando nos dé la gana y donde nos dé la gana. Si nos unimos y mantenemos esta tregua indefinidamente nadie ni nada se podrá resistir a nosotros. Somos… como una ola… —Cirilo alzó los brazos y una versión tecno de la canción de Rocío Jurado comenzó a sonar.

La gente estaba extasiada, chillando, saltando, coreando la canción los más folklóricos. Entonces lo vi, el Furia no estaba muy lejos, tenía un mechero en una mano y un petardo gordo en la otra, y miraba a su alrededor como el típico sospechoso. Cuando encendió el petardo se dio cuenta de que lo estaba observando, pero eso no le retuvo a la hora de lanzarlo. Cayó justo entre las piernas de Cirilo, y cuando explotó, el líder de las Heavy Metal Drag Queens chilló, perdió el equilibrio y trastabilló hasta caer del escenario. Por la postura en la que había quedado, la caída seguro que no había sido buena, no se puede girar así la cabeza salvo que seas la niña del Exorcista. El pánico cundió entre los reunidos, la gente gritaba, corría, se atropellaba. Mancy decidió que era momento de largarse de allí, y todos le seguimos a la carrera. Lo último que vi cuando miré atrás fue al Furia y sus chicos corriendo hacia las Drags reunidas alrededor del cadáver de Cirilo.

Llevábamos un rato de huida cuando escuché un grito a mi lado. Era Julio, que se había dado de bruces contra un árbol y se había abierto una brecha en la frente.
—¡Joder, Mancy, nos tenías que meter por una puta arboleda yendo yo sin gafas!
—Lo siento, tiré por donde vi más fácil. Taponad esa herida y sigamos, no tengo claro que con lo que ha pasado se vaya a respetar la tregua, y nos queda un largo camino.
—Te lo dije —apuntó Johnny.
—Ya, pero eso no sirve de nada ahora.
—Sí, sí, pero te lo dije…
Escuchamos unos gritos, unos lamentos, y después una voz que a todos nos resultaba familiar.
—¡Mi dinero!
—¡Coño, Soraya, que era una broma!
—¿Una broma? ¿Tú te has creído que esto es un programa de inocentadas? ¡Págame ahora mismo o te incrusto la cabeza en el árbol!
—¡Cómo te pones por nada! ¡Ten, ostias!
—Venga, y ahora largo de aquí, a casita.
—Sí, eso, que viene el coco…
—¿El coco? ¡Yo me cago en tu puta madre!

Vimos pasar corriendo a un miembro de los Onanistas Orgullosos, detrás venía Soraya la pistolera que con los tacones, el pandero que se gastaba y las dos lolas que le había puesto el doctor Uribarri, estaba claro que no lo iba a poder alcanzar. Se paró cerca de nosotros, resollando.
—¡Soraya, qué bueno verte! —la saludó Mancy.
—¡Monumento! —le secundó Johnny.
—¡Ole las artistas de bandera! —sentenció Charly.
—¿Qué? ¡Anda, mira por dónde, mis abueletes favoritos! ¿Y tú que haces todavía con éstos, ricura? Pero si eres un yogurín.
—Qué tal, Soraya —la saludé.
—Jimmy es jubilado en espíritu, y un hermano bravo y leal —me defendió Mancy.
—Julio, hijo mío, ¿qué te ha pasado en la cabeza?
—Qué pasa, guapa. Pues nada, que aquí al figura —señaló con la cabeza a nuestro líder— no se le ha ocurrido otra que ponernos a correr por una arboleda yendo yo sin gafas y mira cómo he acabado, hecho un cristo.
—Ya he dicho que lo siento.
—Anda, espera, amor mío, a ver si con unas compresas, un poco de whisky y unas tiritas que por casualidad llevo por aquí podemos hacer algo.
—¿Compresas, Soraya? —no pude evitar la pregunta, por lo que yo sabía aún no se había operado esa parte.
—Ay, cielo, qué inocente eres. Son las de Concha Velasco, las de las pérdidas de orina, que todo hay que contarlo. —Se acercó a mí antes de llegar a Julio, me agarró del mentón y me dio un lúbrico beso en los labios.
—¿Tú sabes qué ha estado haciendo ésta con el que ha pasado corriendo hace un momento? —me susurró Charly. A mí se me quedó mal cuerpo.
—¿Venís de la fiesta de Cirilo? —decía Soraya mientras atendía al pobre Julio—. Qué locaza, pero qué buena gente que es. La de veces que me ha echado una mano a mí. Si no fuera porque no le gusta eso, le daba por cuenta de la casa un repaso que no se le iba a olvidar en su vida. Con los rizos de mi frente al acercarme. Yo rozaba el azabache de su cara. Los luceros de sus ojos se perdieron. Tras la nube que ocultó la luna clara… —cantaba mirando a los ojos a Julio.
—¡Ole! —Charly aplaudía.
—Pues me temo que eso ya no va a poder ser.
—¿A qué te refieres, Mancy, cariño?
—Soraya, Cirilo ha muerto.
—¿Cómo? —Soraya se levantó de un salto y derribó a Julio, que se dio otro golpe, esta vez en la coronilla.
—Tranquila.
—¡Ay, por Dios y por todos los santos! ¿Qué ha pasado? —tenía las lágrimas saltadas, atrapadas en densos diques de lápiz de ojos.
—No sé muy bien lo que pasó, se escuchó un petardazo…
—Yo sí lo sé, hermano, lo vi.
—¿Lo viste?
—Fue el furia. Lo vi con un petardo y un mechero en las manos, lo vi encenderlo y lanzarlo. Luego fue cuando Cirilo se asustó, se cayó del escenario y se partió el cuello.
—¡Ay! —Soraya rompió a llorar con mucho sentimiento y teatralidad. Mancy la abrazó para consolarla y, de paso, rozarse un poco. No tardó mucho en serenarse y dejar de llorar. Luego se secó las lágrimas y nos miró, con el rímel corrido parecía un oso panda, pero más grande—. A ver que ponga la radio, que aquí se coge Onda Patio. Seguro que están hablando de eso. —Luego sacó una pequeña radio de su gran bolso y la encendió.

Como ya me había contado Charly en una ocasión, Onda Patio era la emisora de radio pirata perteneciente a la Red de Vecinas Informadas, el verdadero cuarto poder de la ciudad, un grupo de amas de casa organizadas con contactos en todos los vecindarios. Si querían, podían destruir la vida de cualquiera sacando a la luz pública sus vergüenzas, porque lo sabían todo de todos. Por otra parte, a Charly lo que le gustaba era la música que ponían, pues era un amante de la copla, algo que solía abundar en su programación. De hecho era eso lo que estaba sonando cuando por fin sintonizamos la emisora, “Ojos verdes”. Pero la canción se cortó, y se escuchó una voz de mujer mayor: “Interrumpimos nuestra emisión para dar una noticia de última hora: Cirilo, el líder de las Heavy Metal Drag Queens, ha sufrido un atentado hoy durante la reunión de bandas que se había organizado y ha resultado muerto como consecuencia del mismo. Tras las primeras investigaciones, el Ejército Drag, ahora comandado por Yeni la Peligrossa, quiere dedicarle esta canción a los Jubiletas del Infierno, esos muchachitos que se han pasado de listos. Para vosotros, y para todos esos amantes de la acción que no saben cómo entretenerse en esta noche de duelo, El Emigrante…”. Luego sonaron las primeras notas de la copla de Juanito Valderrama, y su aterrador comienzo: Tengo que hacerme un rosario, con tus dientes de marfil…

—¿Eso qué significa, Mancy? —preguntó Julio.
—Creo que piensan que hemos sido nosotros los del petardo.
—¡No jodas! ¡Te lo dije! —insistió Johnny.
—¡No, qué coño me dijiste! Esto es otra historia en la que no sé cómo nos hemos metido.
—Yo vi al Furia y sus muchachos corriendo hacia el escenario, hacia donde estaba Cirilo.
—¿Estás seguro, Jimmy?
—Seguro, hermano.
—¡Hijo de puta! Ese mierda del Furia les habrá ido con el cuento a las drags para echárnoslas encima, a ellas y a todas las otras bandas.
—Tendríamos que ir a hablar con las drags, contarles la verdad.
—No, no llegaríamos. Todos van a ir a por nosotros, nos destrozarán antes de decir palabra. Tenemos que ir al barrio y una vez allí esperar acontecimientos. Es el único lugar en el que estaremos seguros hasta poder hablar con la Yeni. ¿Estamos?
—Sí, jefe —dijo Charly.
—Estoy contigo, hermano —me sumé.
—Vamos allá, pero esta vez no nos lleves por sitios con obstáculos, que no quiero más porrazos.
—Espero no tenerte que decir otra vez “te lo dije”.
—Johnny, no me toques los huevos, me lo vas a decir de todas formas.
—Voy con vosotros.
—¿Soraya?
—Ay, amore, me da que os voy a hacer falta. Y yo tengo un punto de bruja para estas cosas, que me lo dijo el mismo Cirilo, en paz descanse, una vez que me echó las cartas.

Continuará…
 

1 comentarios:

Morti dijo...

Pedazo de película y pedazo de relato. Hay ganas de saber como sigue

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