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Novena entrega de las aventuras de "Mariano, asesino en serie novato". Aquí se narra cómo Mariano conoce a los Jubiletas del Infierno... |
Día
9
Todo ha sido fortuito, ni ellos
buscaban nuevo amigo ni yo padrinos, pero ha sucedido. En mi caso me encontraba
en una nueva salida de exploración y tanteo. Esta vez quería probar nuevas
posibilidades más allá de los supermercados, panaderías y peluquerías, y por
pura casualidad di con aquel lugar. Bueno, por pura casualidad no, consciente o
inconscientemente iba siguiendo una densa mezcla de Lavanda Puig, Heno de
Pravia, Otelo, Varón Dandy y otras esencias de a litro cuando di con aquella
escuela para la tercera edad, cuajada de posibles víctimas.
En seguida me puse alerta, como depredador
que soy. Adecué mis movimientos a lo que me rodeaba, caminando con lentitud, de
forma imprecisa, tambaleante, rígida, fundiéndome con el entorno. Estaba
embriagado, empalagado por el dulce aroma de la laca Nelly y el talco Nenuco,
casi saboreando a mis víctimas, lo cual ya en ese momento y ahora aún más me
produce arcadas. Había grupos de chicos mayores, más alborotadores, llamando la
atención, y grupos de chicas mayores, más modositas, pero coquetas, algunas de
sonrisita y miradita fácil. Y también había otro grupo, pero yo no reparé en
ellos hasta que un señor vestido con chaqueta de cuero negro y pantalones
vaqueros, el escaso pelo engominado salvo un ralo tupé que le caía fláccido
entre las cejas, me agarró por el brazo y me arrastró hacia la valla en la que
sus tres compinches nos aguardaban.
Era una banda, de eso no cabía duda
por su aspecto: todos con vaqueros, el que ya mencioné con la chupa, otro con
una sudadera negra, y otro con chándal negro, sólo el cuarto desentonaba con su
chaleco de punto a cuadros marrones y beiges y sus gafas de densidad infinita. Zagal, tú no vendrás aquí en busca de
nuestro ganado, ¿verdad? Me dijo el que me agarraba del brazo, todos me
miraban, amenazantes. Había captado el símil, pero no tenía claro cómo aquellos
señores habían descubierto mis oscuras intenciones, o algo parecido. Me excusé
con la casualidad, lo negué todo, y por despistar pregunté por el dibujo que
había creído adivinar en la espalda de uno de ellos. Entonces, como por arte de
magia, se rompió el hielo. El hecho de que me hubiera dado cuenta fue la
clave. Todos se giraron, sonrientes, salvo el del chaleco de rombos, que miraba
al suelo con aquellos ojos de tamaño imposible debido a las gafas. Todos
llevaban el mismo parche, arriba se leía Jubiletas del Infierno, y debajo de
las letras se dibujaba una Parca con un bastón por guadaña.
No sabía qué decir, me había quedado
sin palabras tras aquella revelación, pero ellos, como tantos ancianos, son
ávidos a la hora de contar sus historias, intensos en el relato, así que en
poco tiempo estuve al tanto de todo lo que les concernía. Se trata, efectivamente,
de una banda de rockeros moteros jubilados. Bueno, sólo Amancio, “Mancy”, el de
la chupa de cuero y jefe de la banda, está motorizado gracias a un motocarro
que conserva de antes de su jubilación. Los otros se tienen que conformar con
abonos de transporte para la tercera edad, pero Mancy siempre sigue de cerca al
autobús en el que van sus compañeros, para dar sensación de unidad. Charly, el
de la sudadera negra, y Johnny, el del chándal negro son los otros dos miembros
oficiales, que ya tendrán su chupa de cuero cuando la situación económica lo
permita. El cuarto miembro, aún en periodo de prueba, es Julio. El chaleco de
punto es su marca de bisoñez y, cuando los veteranos lo consideren oportuno y
haya dinero, le entregarán su parche oficial y le permitirán llevar alguna
prenda negra en cuya espalda colocarlo.
En ese momento sonó un timbre que al
parecer daba por finalizado el recreo. Aquello me contrarió, porque supuse que
ellos, al igual que hacía el resto de ancianos, volverían a las clases. Cuando
les conté esto se rieron de mí. Ellos son unos rebeldes, unos pendencieros,
estaban allí sólo por las chicas, pues también son unos seductores, y la campana
para ellos sólo significaba marchar en busca de nuevas aventuras. Fue
emocionante cuando me invitaron a acompañarlos en su salida salvaje. Primero,
para celebrar mi unión a su grupo, fuimos a una tasca y calentamos motores con
unos chatos. Después, siguiendo su filosofía de vive rápido que te quedan dos telediarios, compramos una litrona
que íbamos bebiendo por la calle. Eran procaces cuando nos cruzábamos con
mujeres, intimidantes cuando alguien nos miraba mal. Al pasar cerca de un
parque tuvimos un encuentro tenso con otro grupo de ancianos de similar
aspecto. Se trataba de una banda rival, los Hijos de la Jubilación, pero
aquello no pasó a mayores porque el andador de uno de nuestros antagonistas se
quedó atascado en el césped y el resto se pararon a ayudarle.
Ya llevaba un rato de intenso disfrute
con ellos cuando reparé en que se me hacía tarde y tenía que volver a casa. Con
todo el dolor de mi corazón tuve que perderme las grandes aventuras que sin
duda aguardaban a mis nuevos camaradas. Me despedí de ellos entre abrazos de
hermanamiento y promesas de aparecer donde nos encontramos por primera vez ya
vestido como uno más de la banda. Sí, he encontrado mi lugar, en adelante voy a
ser el reclamo para las nenas de mis
camaradas, ansiosos por usar el Viagra que tan caro les has costado en el
mercado negro.
Marché a mi casa ufano, ávido del
caudal de sabiduría que se ha puesto a mi alcance: sabiduría sobre las mujeres
mayores, sobre dónde encontrarlas, cómo conquistarlas, sus puntos débiles…
Ahora, ya en el hogar, acaricio el chaleco de punto a cuadros y los pantalones
vaqueros que vestiré durante mi ceremonia de iniciación como Jubileta del
Infierno, mientras escribo estas últimas palabras.
Este ha sido mi emocionante día de
hoy, querido DCC. Por su parte, no se preocupen, estremecidos lectores, no pienso ir a visitarlos, el mundo es más
interesante con ustedes dentro.
1 comentarios:
Maravilloso. Cada vez pinta mejor
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