viernes, julio 09, 2010

Ser o no ser... escritor


Escritor, del latín scriptor, -oris: persona que escribe; autor de obras escritas o impresas; persona que escribe al dictado; persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien.

Según esto es sencillo, todo el mundo (al menos aquella parte del mundo que ha tenido la oportunidad de escapar al analfabetismo) está formado por escritores, más o menos asiduos, más o menos funcionales, más o menos brillantes. ¿Es así? ¿A eso nos referimos cuando decimos que éste o aquél es escritor? Que yo sepa no, pero ahí está el detalle.

Se trata de una idea recurrente, el cabo del que siempre estoy dispuesto a tirar cuando surge en una conversación y que puede transformarla en debate. Cada vez que alguien habla de ser escritor, sobre todo si me incluye a mí en tan insigne categoría, me es imposible no apostillar mi sempiterno “aficionados a la escritura”. Es entonces cuando, si hay ánimo para ello, comienza el debate. Quizá sea una cuestión baladí, que no requiera ir más allá ni pensar en ello, pero la verdad es que a mí, aunque tampoco me quite el sueño, es algo que me gustaría tener claro: ¿qué es ser escritor?

Sé que a algunas personas ni siquiera les parece pertinente la pregunta: “escritor es todo aquel que escribe, y luego podrá ser profesional o no”, te dicen, incluso con cierta agresividad. Hasta cierto punto no está falto de razón el pensamiento, pero a partir de ese punto falla, no lo contempla todo. Todo escritor escribe, perogrullada donde las haya, y como tal cierta, pero si la ponemos a la inversa ya no está tan claro el asunto: ¿todo el que escribe es escritor? ¿De verdad? ¿Por qué entonces no decimos de todo el que juega al fútbol con sus amigos que es futbolista, o que es músico todo aquel que se compra una guitarra y la rasguea como entretenimiento al calor del hogar? Será porque hay algún matiz, más o menos difuso, que diferencia entre el aficionado, el diletante, y ese otro al que sí podemos llamar, y de hecho llamamos, escritor. Tampoco me parece acertado el distingo entre profesional y no profesional. Hay muchos escritores, o gente a la que yo considero como tales, que no viven de escribir, al menos no del todo. Se les puede ver en tertulias televisivas, ejerciendo el periodismo de manera más o menos afortunada, dando clases en universidades, y un largo etcétera de actividades con las que ganarse la vida. Pero son escritores, no más, pero tampoco menos, que aquellos que sí tienen la fortuna de vivir de sus obras literarias. Ergo, tampoco me parece que la reflexión aclare demasiado la duda.

Otra opinión con la que también me he topado en más de una ocasión es aquella que pone el acento en el esfuerzo invertido, en la pasión (u obsesión) con la que se encara la actividad. Quizá me parece más acertada en términos generales, pero al igual que la otra postura no me parece del todo concluyente, del todo completa. Uno puede ponerle todas las ganas que quiera a una actividad, sudar sangre con el esfuerzo, pero la actitud no lo es todo, también influye la aptitud, y la oportunidad, la suerte de estar en el momento preciso en el lugar adecuado, y otras tantas variables. ¿Vale con viajar para conocer escenarios in situ, con dedicarle una buena parte de nuestro tiempo de ocio, con tener esa novela en ciernes que a lo mejor jamás terminamos o que, una vez completada, dejamos pudrir en cualquier cajón porque nos damos cuenta de que sólo con las ganas no ha sido suficiente? ¿Y qué hay de esas personas especialmente brillantes, especialmente talentosas, capaces de sacar adelante sus textos casi a vuela pluma, aquellos que obtienen sabrosos frutos dedicando a la actividad incluso menos tiempo de que emplean en otros tantos entretenimientos? Además, ¿existe un medidor de esfuerzo? No me refiero al tiempo invertido, sino al esfuerzo real, la transpiración que muchos dicen es el 90% de la creación literaria. Si existiera se abriría otro debate acerca de la cifra que separa el verdadero escritor del aficionado a la escritura. Pero no existe, ni siquiera podemos pasar a ese segundo debate. Luego el esfuerzo en sí, entendido por cada uno a su manera, subjetivamente, tampoco me parece un buen indicador de cuándo se pasa de la simple afición a ese “algo más”.

También he escuchado a personas que separan la paja del grano por algo tan peregrino como ser inédito o no. Quizá en otra época esto tuvo algún sentido, pero a día de hoy, siendo tan fácil publicar, aunque sea una tirada corta, aunque sea sufragada por uno mismo, ¿vale con tener algo impreso en papel para ser escritor? No lo creo. Sí que vale para poder sentirse orgulloso, satisfecho con el resultado palpable de nuestra inspiración, o para ver nuestro nombre junto al de otros a los que admiramos, o incluso para tirarse el pego delante de gentes fácilmente impresionables. Pero para ser escritor no creo que valga con que nuestro nombre esté escrito en un trozo de papel encuadernado, igual que tampoco valdría con hacernos unas hermosas tarjetas de visita en las que ponga, en letras grandes y bien moldeadas: “Fulanito de tal. Escritor”.

Hace poco sí que me trasladaron una opinión con la que me es más fácil estar de acuerdo, pero no del todo (terrible espíritu de la contradicción el mío). Fueron palabras de Francisco Jesús Franco, un compañero de Sevilla Escribe, que en medio de una tertulia en la que surgió el tema explicó que, para él, escritor es aquel que se toma la actividad no ya como una afición, sino como un trabajo, remunerado o no. Se refería a la mezcla de voluntad, esfuerzo y actividad, que va más allá del mero disfrute, cuando se convierte en una obligación, aunque sea autoimpuesta y hasta cierto punto placentera. Digamos que en cierto sentido es lo mismo que poner el acento en el esfuerzo invertido pero añadiendo un pequeño cambio de perspectiva a la hora de afrontar ese esfuerzo, un ir más allá, un querer ser, un “tomárselo más en serio”. El problema es que, al igual que la otra opinión, falla por el hecho de que la seriedad con que nos tomamos algo, la supuesta profesionalidad que ponemos en ello, tampoco se puede medir. ¿Cómo saber cuándo algo nos lo estamos tomando “suficientemente en serio”? Yo no lo sé. Seguro que podría dar mi impresión subjetiva, pero por ese mismo carácter subjetivo no tengo la osadía de manifestarme en ese sentido, ni me sentiría cómodo ni convencido plegándome a subjetividades ajenas. Por esto mismo, y aunque vea una parte de acierto en la opinión, no la veo suficientemente completa.

Otro compañero de Sevilla Escribe, Salva Navarro, me dijo que quien tiene que decir quién es o no escritor son los propios lectores. No se refería a la pura y simple aceptación comercial, al menos no totalmente, sino el reconocimiento de unas cualidades narrativas digamos por encima de las del autor más casual, el genuino diletante. Ésta es otra opinión que también me cuadra, pero sólo en parte. No veo claro que un lector o grupo de lectores nos vaya a decir si somos o no escritores atendiendo a esos criterios de depuración de la técnica u otras cualidades literarias, sino que lo hará según su propio criterio, que puede ser cualquiera de los mencionados u otro diferente. Además, esto incluso podría llevarnos a una especie de principio de indeterminación de Heisenberg aplicado a la literatura: una vez preguntamos a alguien si un autor es escritor, en especial si lo hace el propio interesado, estaremos añadiendo más subjetividad a la respuesta, alteraremos el resultado con la medición, y eso tampoco creo que nos acerque a la “verdad”.

También he escuchado a gente que ve la clave de ser escritor en la pura y simple voluntad de serlo, o en moverse dentro del mundillo, tratando de ser partícipe o incluso protagonista de actividades directa o indirectamente relacionadas. Otros se conforman con que alguien los defina como escritores para pensar que lo son, o con tener ingresos relacionados con sus escritos, o con tener contactos o un padrino que les garantice, en un momento dado, poder saltar de la afición a la profesionalidad. Incluso los hay que creen que la distinción está en el tiempo que se ha estado dedicado a la afición, los meses, años, lustros o décadas, durante los cuales nos hemos entretenido escribiendo, sea con el resultado que sea.

Son sólo opiniones, como tantas otras. Yo tampoco tengo una opinión definida, clara, objetiva, y supongo que por eso mismo me gusta abrir este debate cuando se puede, a ver si en una de estas aclaro mis ideas de una vez. De momento lo único que se me ocurre es que escritor es aquel que queda suficientemente definido con esa palabra. Probablemente haga muchas más cosas, se ganará la vida como pueda, pero, una vez colocado bajo el epígrafe “escritor”, nos podremos hacer una idea suficientemente completa de quién es, de qué es. Ya sé, esto es tanto o más discutible que todo lo anterior, tanto o más subjetivo, pero no llego a más. Supongo que tendré que seguir esperando a que algún alma caritativa me ilumine y me convenza de una vez por todas de qué es, o no es, ser escritor.




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