miércoles, abril 20, 2011

El Hombre y la Letra IV


Ya se escucha la tonada del maestro Antón García Abril, ese inicio como de amanecer, y de fondo, subiendo poco a poco, terminando de emerger, la melodía de sabor étnico, aroma a selva y ritmo de aventura que nos mete de lleno en la acción. Así comenzaba El Hombre y la Tierra; así comienza El Hombre y la Letra.

Bienvenidos todos (déjame hacerme la ilusión de que al otro lado hay multitud) a esta nueva entrega de El Hombre y la Letra. Bienvenidos a esta fiesta de la vida, a este canto a la naturaleza, al mirador desde el que, en cada ocasión que se nos brinda, tratamos de centrar la atención en esos detalles más o menos grandes, más o menos habituales, que siembran el desencanto entre las filas de nuestra comunidad de aficionados-cabritilla. Hoy traemos a colación tres nuevos peligros que, si bien a algunos ya les sonarán de algo, o incluso les son de sobra conocidos, quizá otros aún no tengan noticia de ellos, y sólo por brindar consejo a estos últimos merece la pena que insistamos en sus características, la manera de identificarlos, la forma de huir de sus ansias predadoras...

La primera imagen que quiero poner hoy frente al ojo de vuestra mente es la de un arqueólogo que rebusca entre polvorientos legajos el rastro de una vieja leyenda de la que alguna vez tuvo noticia. Se trata de un murmullo que cíclicamente regresa a los mentideros de los aficionados-cabritilla y que todos conocen como la leyenda de los compañeros invisibles. Nadie sabe quién la contó primero, ni cuándo se tendrá noticia de la próxima reformulación del mito que alguien diga haber sufrido en carnes propias. Aquí sólo podemos especular con una historia-tipo que, si bien no es igual a ninguna otra de las que se cuentan (sean reales o ficticias), sí que mantiene el espíritu, la esencia del problema. Por eso, imaginad al arqueólogo que dije, no un Indiana Jones de látigo fácil, irresistible atractivo y una frase ingeniosa siempre a mano, no, más bien un vejete miope, huraño y achacoso, que aparta la mugre a soplidos y tose por la polvareda levantada mientras identifica con ilusión aquello que andaba buscando. Se trata de un viejo códice que cuenta, a modo de poema épico, las aventuras de un grupo de aficionados-cabritilla que un buen día se embarcaron en un proyecto común. Todos se conocían principalmente a través de Internet, y después de bastante tiempo compartiendo foros, comentarios y juegos varios, decidieron que era el momento de lanzarse a por metas más ambiciosas. Pensaron que el material humano del que disponían estaba preparado y era suficiente, se marcaron una serie de objetivos ajustados a sus posibilidades pero exigentes, hicieron reparto alícuota de las tareas a cumplir y se lanzaron a la aventura. Todos comenzaron con mucho entusiasmo, cada uno a su ritmo pero en general con ganas. Pasado un tiempo uno de ellos miró para los lados pensando pedir ayuda a cambio de lo que estaba aportando y creyó notar algo, como que faltaba alguno, pero no dijo nada. Más tarde otro de ellos tomó la iniciativa en un asunto que se estaba atrasando, y a la hora de buscar quien se pusiera con él a la tarea también miró par los lados… y éste sí podría haber jurado que faltaba gente… pero tampoco dijo nada… Ya habían pasado el ecuador del proyecto y las cosas seguían para adelante, aunque con retrasos y bastante esfuerzo, más de lo esperado. O eso le parecía a algunos que hacían cuentas de las tareas a cumplir y el tiempo a invertir, lo dividían por el número de compañeros nominales, y nunca les cuadraba la división… Llegando las postrimerías de toda esta aventura, cuando ya el trabajo de verdad estaba concluido y sólo faltaban por cerrar algunos huecos, decidir los últimos detalles, tomar partido en lo que más que nada es la celebración por el trabajo bien hecho que a algunos les había costado sangre, sudor y lágrimas, uno de estos últimos miró para los lados, contó a la multitud, calculó todo el esfuerzo que él había invertido… y no le cuadraron los números, no terminaba de estar convencido. Después escuchó motivos y razones, excusas e historias, y tampoco quedó muy convencido. Al final lo que hizo fue aplicarse las excusas, considerar el tiempo invertido en términos personales, calcular los proyectos propios a los que podría haber puesto la palabra “Fin”… y entonces sí que acabó convencido… convencido de que había hecho el tonto de mala manera.
Seguro que esto le suena a más de uno, a cualquiera que se haya embarcado en alguna aventura común. Es un mal extendido o más bien una característica inherente a las relaciones humanas a la que ni siquiera se le puede llamar “mal”, por mucho que socave ese asociacionismo que tan buenos frutos podría dar en circunstancias normales. Solución o prevención no existe, más allá de saber elegir compañeros de viaje, y ni siquiera eso garantiza nada. De hecho, si hay que ser sinceros, ¿quién no ha sido invisible alguna vez, sea por lo que sea, con excusa negociable o no? ¿Tú? Pues ya sabes que puedes arrojar la primera acusación personal; yo por mi parte no puedo…

Érase una vez un aficionado-cabritilla que deambulaba por el bosque literario de camino a casa de la abuelita-edición. Llevaba en su cestita una novela que, si bien no era ninguna maravilla, pues se trataba de una obra primeriza, era SU novela primeriza, y le tenía cariño, así como el beneplácito de algún amigo o conocido que le había recomendado probar suerte en editoriales mejor que dejarla pudrir en un rincón de su disco duro. Y eso era lo que él tenía en la cabeza, nada de comenzar una fulgurante y esplendorosa carrera de escritor, hacerse rico y famoso, sino simplemente probar suerte y, si le era favorable, sacarse la espinita aunque fuera con una tirada mínima, ver el fruto de su hacer literario en su estantería y poderlo compartir con otros; nada más. Ya llevaba unos cuantos noes acumulados, pero tampoco le importaban porque, total, lo suyo era buscar el sonido de la flauta. Entonces se topó con el lobo-editor, que andaba al acecho de tiernos aficionados-cabritilla. El lobo-editor, que nada más percatarse de su aire desorientado lo había catalogado como presa propicia, trabó contacto con él, se enteró de su historia y comenzó con su trabajo, el ejercicio de la coedición fraudulenta. Primero se identificó como editor, pero no un editor cualquiera, sino un editor modesto, comprometido y con visión de futuro que, ¡oh dioses del Olimpo!, acababa de toparse con un diamante sin pulir, talento puro hecho prosa, una veta que una vez explotada “ríete tú de la Rowling y el Brown, campeón”. Le explicó que había un camino más corto para llegar a casa de la abuelita-edición y se ofreció como guía, padrino y compañero de viaje. Y nuestro aficionado-cabritilla… pues era una criatura de Dios, con su ego y sus cosas, con su inocencia, y se lo creyó todo. El sistema que le propusieron era extraño, e implicaba un desembolso por su parte que salía tanto más rentable cuantos más libros pidiera, y aunque él nunca había pensado en ser ambicioso “Quien no arriesga no gana, se trata de dar el pelotazo, campeón. Si lo que quieres es vender unos poco libros, pues eso; ahora, si lo que quieres es triunfar…”. Total, que hizo el trato y pidió sus libros, él puso la novela y su compañero de viaje la “maquetó”, la “ilustró”, la “corrigió”, y todo lo que hizo falta. Cierto día a nuestro aficionado-cabritilla lo llamaron para anunciarle el parto y lo emplazaron para entregarle los libros y hacer la presentación oficial. Cuando le echó el ojo al material, y por supuesto sin querer desconfiar de la sapiencia editora del lobo-editor, notó que su aspecto era peor que el de cualquiera de los libros que tenía en su casa, caros o baratos, viejos o nuevos, pero “Tú no te preocupes por eso, campeón, que ha sido un pequeño error de imprenta. Eso cuando se acabe la primera tirada dentro de poco y saquemos la segunda se retoca y éstos se convierten en incunables, material de coleccionistas; lo que yo te diga”. Después llegó el día de la presentación y cargó con sus libros hasta un oscuro antro perdido en un barrio de la periferia sobre cuya entrada colgaba un rótulo en el que ponía “Peña cultural rociera Salto de la berja”. Allí, aparte de haber un buen número de veteranos del solysombra, jinetes de tragaperras y demás fauna tasqueril que saturaba aquel local con olor a orines y tabaco e imágenes del Rocío, no creyó sentir lo que él había imaginado como “ambiente literario”, pero “Esto es el pueblo. Escúchame, tratamos de vender la novela del futuro, la que no va para unos cuantos gafapastas que no ven más allá de sus gurús trasnochados, esto es novela de calle, esto es la calle; lo que yo te diga, campeón”. La presentación no fue ni bien ni mal, si acaso un poco costosa: el lobo-editor habló de su libro y se marchó para otra presentación, después habló él, y el turno de preguntas se redujo a la que hizo un individuo acerca de si habría una “segunda convidá”. Un par de libros se mancharon de cerveza, y otro de lo que fuera que tenía en las manos el de la “segunda convidá” que pasó para recordarle su pregunta, catar un poco la obra, y marcharse a pensarse la compra, pero el único libro que vendió fue el que le compró el dueño del bar con una pequeña parte de la “primera convidá” que el lobo-editor se había olvidado de pagar. A partir de ahí no volvió a tener contacto personal con él, aunque sí telefónico. El lobo-editor le explicó que estaba un poco saturado de trabajo, pero que en cuanto pudiera se ponía otra vez con lo suyo “Tú no te preocupes, campeón, que lo único que hace falta es insistir. Apúntame bien estos nombres que te voy a dar y dices que vas de mi parte, que yo si puedo sacar un rato te acompaño en alguna visita”.  El lobo-editor no sacó ese rato para acompañarlo, y cuando fue él por su cuenta algunos de aquellos sitios no existían, y en otros no conocían al lobo-editor ni estaban interesados en su obra.
A día de hoy nuestro aficionado-cabritilla ha superado ya aquel recuerdo, aunque en uno de sus armarios hay unas cuantas cajas de las que no quiere hablar, ni oír hablar, ni ver ni que se las enseñen ni que nadie las vea, unas cuantas cajas tan voluminosas y pesadas como la sensación de ridículo que le embarga cada vez que recuerda su historia.

Ahora… ahora parece que se acelera la imagen, ¿qué pasa? Se ve al aficionado-cabritilla a cámara rápida, se despierta, va al trabajo, de allí sale pitando para recoger a los niños a la salida del colegio, les va preparando la comida en espera de su esposa. Después tiene que ir a un mandado, y a lavar el coche, y a echar gasolina, y hay que recoger la televisión, que se la estaban arreglando, y después asistir a la reunión vecinal, y una vez en casa ejercer de esposo y padre, y de familiar y anfitrión para su cuñada que se presenta en casa con su suegra, y luego se van, y está cansado, y es muy tarde… mejor se pone mañana a escribir esa historia que le ronda la cabeza. Las horas vuelan, sueño insuficiente, el aficionado-cabritilla se despierta, va al trabajo, sigue un buen rato más allí porque la cosa está muy mal y hay que echar las horas extras que haga falta, y luego llega a casa y come tarde, tanto que no le da tiempo de echarse una pequeña siesta cuando ya tiene que llevar al niño a clase de kárate, y a la niña a entrenar con el equipo de balonvolea. Después toca comprar unos apliques que tiene que colocar en el cuarto de baño, y pagar la luz y el agua y llamar al asesor fiscal a ver si puede ser que le devuelvan algo, y entonces se le echa encima la hora de recoger a los niños, una vez en casa espera hasta que llega su esposa que también ha tenido que echar horas y llega con un humor de perros, y tiene que ejercer de sparring mientras ella se desahoga, y ayudar al niño con los deberes mientras la madre llama por teléfono al párroco por lo de la comunión, y al del salón de celebraciones, y al muchacho que les está preparando las estampitas conmemorativas. Después toca ayudar un poco con las tareas de casa que ya se estaban atrasando, ejercer un poco más de padre y esposo y, visto que vuelve a ser muy tarde y está cansado, posponer un día más su sesión de escritura…. ¿Os va sonando de algo? Me extrañaría que no fuese así porque se trata del mal más extendido dentro de nuestra comunidad de aficionados-cabritilla, la plaga que asola nuestras filas y anula tantas aficiones, la maldición de Cronos. Ya sea por trabajo o búsqueda del mismo, estudios y exámenes, compromisos sociales de todo tipo y esa infinidad de prosaicas actividades que tenemos que llevar a cabo si queremos seguirle el paso a esta sociedad en la que vivimos, montones de camaradas ven cómo pasan los días sin que sean capaces de juntar unas cuantas palabras, cómo las ideas se pudren en sus mentes, cómo cualquier proyecto se vuelve imposible. Solución, me temo, no hay. Hay casos es los que a través de concursos o algún inesperado éxito editorial algunos han conseguido hacer de la afición profesión y sacar el tiempo de su cuota laboral, pero son minoría. La mayoría, sin embargo, tendrá que esperar pacientemente a que la cosa afloje, o a que lleguen vacaciones y al menos parte de éstas las pueda ocupar en su afición, o, simplemente, olvidarse de todo por tiempo indefinido… quizá definitivamente…

Amigos, una vez más hemos llegado al final de El Hombre y la Letra. Aquí lo dejamos por hoy con la ilusión de haber sido de ayuda para algún aficionado-cabritilla que haya podido evitar el desencanto gracias al aviso, o que al menos no se sienta solo con su problema. Si no ha sido así al menos se ha intentado, se ha dado la alarma y, sea ésta escuchada o no, interese o no, la tarea solidaria de intentar echar un cable está cumplida; ojalá cunda el ejemplo.


Segundo accésit del IV Premio Internacional de las Editoriales Electrónicas (categoría ensayo) 2011

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