lunes, febrero 04, 2013

Escoria estelar I

I


Según me dijeron en alguna ocasión, no se puede pensar con claridad cuando uno vuela más rápido que el sonido, sobre todo si se viaja en una nave de descenso desconocida, averiada por varias descargas láser, y una constelación de avisos en inquietante rojo parecen anunciar lo que ya se ve desde el visor frontal: el suelo se acerca a mucha velocidad, demasiada si se quiere conservar una consistencia superior a la de la mermelada de frambuesa.

Es mentira lo que me dijeron; se piensa. Yo al menos no dejaba de pensar en unos cuantos nombres de la saga dinástica de mi amigo Béla Words, y no lo hacía en buenos términos, todo sea dicho.
         El ex comodoro Words, expulsado de la Armada Terráquea por insubordinación durante la campaña de Ganímedes. Un tipo tan voluminoso como su honor y sus buenas intenciones, profusamente barbado, con su melena y su sonrisa de Technobuda. Angelito, si hubiera podido lo hubiera estrangulado con uno de los cables que chisporroteaban y se agitaban por la cabina como culebras epilépticas, o al menos lo hubiera despertado para que fuera consciente de su muerte. Pero no podía, siempre he sido de esos que no arrojan la toalla hasta en último momento. Tenía que controlar aquella chatarra humeante antes de que se saliera con la suya de dejar su sello en forma de hermoso cráter sobre la superficie de aquel maldito planeta, y para eso necesitaba plena dedicación.

         Sí, pobre de mí, Phileas Perring, comerciante estelar, armador y filántropo; contrabandista y pirata según los maledicientes, pero a ésos no hay que echarles cuenta. Allí me encontraba, cayendo en picado hacia la muerte en ese infierno al que llaman Punishworld, el planeta-prisión de la Satrapía de Welkara. Curioso lugar y magnífico negocio. El sátrapa había montado allí una reserva de caza humana que se había convertido en uno de los mayores centros de ocio a muchos parsecs de distancia. Tanto resentimiento de las miles de razas vapuleadas por el avance del Imperio Estelar Terráqueo concentrado en un solo punto. “Cace al hombre, consuma al hombre, disfrute de la venganza en uno de los muchos espacios de condiciones climáticas y ambientales adaptadas a su fisiología.” Una sentencia a cumplir en aquel lugar es lo mismo que una condena a muerte, pero al menos con el glamour de formar parte de un gran espectáculo.

         De todas formas lo que más me molestaba no era el lugar de mi muerte, ni la forma (siempre he sido un amante del espectáculo, ya digo), ni la propia muerte en sí. No, lo que a mí me molestaba era el porqué, y mucho. No podía borrar la escena de mi mente: el comodoro Words y yo frente al sátrapa, siendo tratados con los más altos honores y agasajados con todos los lujos de aquella corte; el sueño del pirata, digo, del comerciante. Su Magnificencia nos había cogido tanto aprecio desde que estábamos allí que incluso nos había llevado a conocer a su familia. Gracias a eso una de las hijas del sátrapa se encaprichó del bueno de Words, y cuando Su Magnificencia le comunicó la gran noticia y le ofreció formar parte de la casa real, el lumbreras del comodoro no tuvo otra ocurrencia que contestarle:

»―Prefiero agonizar durante una semana en el estómago de un gusano estelar antes que tocar a su hija, Su Magnificencia.

         El tratamiento de cortesía estaba bien; todo lo demás era una estupidez como la copa de un pino gigante de Polaris IV. De acuerdo con que la muchacha no era lo que se dice agraciada, incluso comparándola con una babosa romulana infectada de sarcs, pero hay momentos y momentos, ofertas y ofertas, comerciantes o tiranos con la capacidad de mandarte al mismísimo Infierno con sólo chasquear los dedos. Bien mirado incluso era un buen negocio, las princesas semihumanas se cotizan muy bien en el mercado estelar. Pero qué le vamos a hacer, eso es a lo que el compañero llama “ser sincero y honesto”, por muy para estrangularle que sea.

         La sentencia: cadena perpetua a cumplir en Punishword. Una condena a muerte, como ya dije. Claro que a veces hay revisiones de sentencia, indultos o aplazamientos. Nosotros habíamos conseguido uno de estos últimos gracias al despiste de unos guardias del espaciopuerto. Habíamos tomado prestada una nave de descenso de alguno de los clientes del planeta recreativo, algo que no le sentó muy bien a la dotación de las defensas antiaéreas, que no parecían ser tan despistados como sus compañeros. No nos destruyeron de puro milagro, pero sí que consiguieron dejar herido de muerte al aparato, lo que al parecer iba a terminar con nuestro feliz intento de huida así como con nuestras últimas posibilidades de salvar el pellejo después del error diplomático del comodoro. El suelo giraba y se acercaba como un torbellino venusiano, y los estabilizadores apenas funcionaban. Tampoco hubiera sido fácil de controlar el aparato en condiciones normales, su panel de mandos parecía acondicionado para algún tipo de ser con múltiples apéndices, pero era un todo o nada. Más por suerte que por habilidad conseguí estabilizar la trayectoria, pero el arco de remonte seguía siendo demasiado amplio. Fue entonces cuando noté que Words volvía a la consciencia.

         ―Vaya, por fin despierta Su Excelencia el comodoro. ¿Vas a quedarte ahí con cara de alelado o me vas a ayudar a controlar esta basura?

         ―¿Qué demonios pasa?

         ―¿Que qué demonios pasa, gusano idiota? Pues pasa que si no metes los dedos en esos orificios de ahí nos vamos a estrellar en unos pocos segundos.

         ―¿Cómo que meter los dedos allí?

         ―¡Escúchame bien, saco con orejas! Este deslizador debe ser de un miriápodo de la constelación de Frusser o de una gelatina Shörel, así que haz lo que te digo si no quieres que nos estrellemos en veinte, diecinueve…

         ―¿Seguro que no es una de esas “bromas” tuyas que siempre terminan con algo repugnante?

         ―… trece, doce, once, diez…

         ―Mierda.

         Nos salvamos por los pelos. Remontamos en la última milésima, y por suerte el terreno era especialmente llano, así que, aunque el fuselaje inferior sufrió lo suyo, no nos dejamos atrás ningún trozo importante de nave.

         ―Capitán.

         ―¿Qué tripa se te ha roto ahora?

         ―Aquí dentro… Esto se estremece, es…

         ―Ya lo sé, hay especies que han llegado a algún tipo de desagradable fusión con sus naves. Naves que por otra parte son muy “agradecidas”. Aunque ya digo, “engorrosas” de pilotar.

         ―Repugnante. No me gustaría conocer a uno de esos tipos.

         ―Yo sí he conocido a alguno, y créeme cuando te digo que no puedes estar más en lo cierto.

         ―¿Has contactado con la nave?

         ―No, el sistema de comunicaciones transatmosférico fue lo primero en estropearse. Creo que parte del problema lo provocaste tú golpeando ahí con ese globo Faggis que tienes sobre los hombros; fue cuando perdiste la consciencia.

         ―Sí, debió ser eso. Estaba duro el sistema de comunicaciones ―se rascó la cabeza―. ¿Y el planetario? Pueden haber bajado a buscarnos.

         ―Vamos a probar. Aquí cucaracha en celo llamando a mamita caliente; repito, aquí cucaracha en celo llamando a mamita caliente. ¿Nos oís?

         ―…

         ―Nada. Por cierto, ¿quién demonios se inventó estos códigos de mierda?

         ―Walnuts.

         ―Debí imaginármelo.

         Joe Walnuts, un tipo bajo y rechoncho, un depravado. Buscado en más de quince sistemas por conducta inmoral, delitos contra el honor y la salud pública y comportamiento aberrante. Algún día conseguiré que me diga qué hizo para que los swarkers, la raza más depravada e inmoral del universo conocido, le hayan prohibido volver a su territorio por conducta aberrante. Aunque, cuestiones actitud aparte, es un maldito mago de la mecánica y un piloto de primera.

         ―… ¿Cucaracha en celo, estás ahí? ¿Cucaracha en celo?

         ―¡Sí, aquí! Benditos sean los vientos estelares. ¿Vais a bajar a recogernos de una maldita vez?

         ―Negativo, capitán.

         ―¿Cómo que negativo?

         ―Necesitamos una baliza para guiar la incursión acelerada. Por suerte hay una en el puesto de seguridad al que llegarán en unos minutos. Espérennos allí.

         ―¿En un puesto de seguridad? Pero allí habrá guardias.

         ―Unos diez, mi capitán.

         ―¿Y pretendéis que aquí el “delicado” y yo nos enfrentemos a ellos y os esperemos?

         ―Afirmativo, mi capitán.

         ―¿Eso es todo? ¿No vais a hacer nada más por nosotros?

         ―Desearles suerte, mi capitán, que ya es. Vamos a iniciar la incursión acelerada, corto y cierro.

         ―¡No! ¡Walnuts, cerdo rijoso!

         ―…

         ―¿Walnuts?

         ―…

         ―¡Mierda! ¿Con qué armas contamos, Words?

         ―Una pistola láser a media carga y esto.

         ―¿Un láser de bolsillo? Bien, el láser de bolsillo para ti y la pistola para mí.

         ―¿Por qué?

         ―Porque soy el capitán. Y prepárate, que tenemos que asaltar el puesto de seguridad que se ve ahí delante.

         ―¿Pero qué pretendes que le haga con esto a la dotación de un puesto de seguridad, cosquillas?

         ―Lo que puedas, muchacho, lo que puedas.

         La situación era complicada, sólo dos hombres mal armados contra toda la dotación de un puesto de seguridad. En apariencia un mal negocio, pero quién dijo miedo, el miedo no es para las almas inquietas, como suelo decir. Aún nos quedaba una posibilidad, de las descabelladas; de las que más me gustan.

         ―Busca salvavidas atmosféricos, si la nave es de un miriápodo tiene que haberlos.

         ―¿Y si es de una gelatina Shörell?

         ―Entonces mala suerte.

         ―Bien, pues parece que es nuestro día, ahí están los paracaídas. Pero ¿qué locura se te ha ocurrido ahora?

         ―Tú ponte el salvavidas, vete al cubículo y deja de hacer preguntas estúpidas.

         Era una buena posibilidad, mayor que una entre un millón al menos: puesto de seguridad perdido en un planeta prisión, unos cuantos hombres ociosos, una cantina en la que ahogar las penas… ¿Qué podía pasar si una nave se estrellaba en la cantina? ¿Cuántos guardias podía haber en ella? ¿Cuántos morirían? Era el momento perfecto para averiguarlo. La cantina tenía que ser el edificio anexo a la fortaleza principal. Después de fijar la trayectoria me puse el salvavidas, me coloqué junto a Words en el cubículo de eyección, esperé unos segundos para darle más emoción al asunto, y pulsé el botón de emergencias.

         La salida fue limpia. Tras el leve ascenso iniciamos un rápido descenso como espectadores preferentes de aquel maravilloso espectáculo de la nave suicida. Di en el blanco, la cantina saltó por los aires junto a una buena sección del complejo. Ningún guardia ocioso podía haber sobrevivido a eso. Apuramos la caída al límite para acercarnos lo máximo posible y activamos los planeadores justo cuando dos supervivientes alarmados salían del edificio principal en dirección a la plataforma de aterrizaje, nuestro destino.

         Words nunca deja de repetirme lo importante que puede resultar el adiestramiento militar en un trabajo como el nuestro, y era en momentos como aquél cuando se veía cuánta razón podía llegar a tener. Él cayó en plena aceleración, soltando el planeador justo a tiempo para tocar el suelo, rodar un par de metros, y aprovechar la inercia para abalanzarse sobre uno de aquellos tipos y derribarlo. Yo caí como un saco de transpatatas, me lastimé las costillas y quedé tumbado de costado, aturdido y sin saber adónde disparar. Por suerte el otro guardia había quedado tan impactado por la maniobra de Words y cómo aporreaba a su compañero que prefirió centrarse en él, lo que me dio tiempo para recuperarme, errar un par de veces, y luego herirle en una pierna. Después el comodoro lo remató con el arma que le había arrebatado a su antagonista. Vía libre.

         Con todo el dolor de mis huesos me levanté y corrí hacia la plataforma, rogando por que no hubiera nadie en la torre de control con ganas de aguarnos la fiesta. Si antes los pienso, antes sucede. Alguien comenzó a disparar a Words desde la torre, consiguiendo éste salvarse gracias a unas cubas de repuestos tras las que se pudo arrojar. Más impactos sonaron a mi espalda. Cuando me giré contemplé con estupor cómo otro guarda salía del edificio. Me arrojé al suelo, no tenía nada que hacer frente a aquel fuego cruzado. Entonces, benditos sean los vientos estelares, aparecieron los muchachos.

         Modestia aparte, tenemos estilo: el saltador surgió de la nada, rápido como un pulso láser, volaron la torre con un impacto perfecto, acribillaron a tipo que había surgido a mi espalda, y se posaron frente a nosotros con la suavidad de la espuma.

         Cuando se abrió la rampa allí estaba Ralphie Dawn con su sonrisa perenne.

         ―¿Han tenido que esperarnos mucho, capitán?

         ―Cierra el pico y dile Walnuts que nos saque de aquí ya, esto va a llenarse de guardias de un momento a otro.

         ―¿Eso es todo, nada de “gracias muchachos, magnífico trabajo, ha sido divertido”?

         ―¡Cierre el pico de una vez, marino!

         El jodido de Dawn, el tipo más positivista y sonriente del universo, incluso cuando las circunstancias aconsejan de todo menos mostrarse feliz. Aún recuerdo cuando estuvimos a punto de ser devorados por un coloso de Tyrum y el pesado no paraba de repetir que, pese a la larga agonía que nos esperaba, era una muerte de lo más interesante. Aunque su actitud sí tenía algo de sentido, al fin y al cabo lo recogimos de un planeta agrícola del borde exterior, lo alistamos por una contingencia y cambiamos su futuro de amancebamiento, engorde, reproducción, envejecimiento y muerte al cuidado de su granja, por la vida del comerciante estelar, llena de aventuras, viajes y experiencias que jamás hubiera imaginado. Aún no se ha recuperado del shock.

         ―Vámonos de aquí de una maldita vez ―ordenó Words, y el saltador se puso en marcha.



Un rato después ya estábamos en la nave, mi Lola. Todos lo saben, la amo como si fuera una mujer. A veces rezonga, se rebela, es una máquina antigua a la que no es fácil encontrarle las piezas. Pero cuando quiere es capaz de llevarte más allá de las estrellas, al infinito o a la nada, según esté de humor. La última de las corbetas Antares que se fabricaron, un modelo exclusivo que regalaron a un importante senador, viejo y ludópata. Un estúpido. Si no, no se explica que estuviera dispuesto a apostarla en una partida de groy. El cerdo de Walnuts también ha metido mano, claro, y yo he invertido bastante dinero, pero la mente del genio que la diseñó sigue detrás.

         Las luces que nos recibieron en el pequeño hangar no anunciaban nada bueno, más destellos en rojo, demasiados para un sólo día.

         ―Atención, rescatados y rescatadores, niños y niñas, seres de cuatro, cinco o más de diez apéndices, cualquiera que sea tripulante de esta nave y tenga un puesto al que atender que corra a él para ayudar en las maniobras de evasión que acometeremos en breves instantes. Gracias por su colaboración y feliz taquicardia ―se escuchó la voz sintética de Félix, el ordenador central.

         ―Me carga. No puedo con él. Y todo es culpa tuya, imbécil.

         ―Yo sólo te dije que se podía conseguir, fuste tú el que dijo que sí ―se disculpaba Words, como siempre.

         El muy bastardo no mentía, fui tan estúpido de no decirle que no cuando comenzó con aquella historia de dotar al ordenador central de personalidad real, autoconsciente. Por lo visto eso debería haber servido para contar con un cerebro superior capaz de trazar planes por sí solo, que sirviera como apoyo psicológico para la tripulación y que, en definitiva, funcionara como un miembro más del equipo. El resultado había sido que la nave estaba controlada por un ordenador pedante, charlatán y chiflado, la guinda del pastel para aquella tripulación de escoria estelar.

         ―¡Vamos, todos arriba!

         ―Informe de situación, Félix ―pidió Walnuts, ya en el elevador.

         ―Al parecer, gracias a la generosidad del alcaide nos hemos convertido en una nueva atracción de Punishworld: “Cacería estelar. Cualquier cliente que lo desee y posea un crucero adecuado puede probar la estimulante experiencia de desintegrar una vieja nave de la Armada Terráquea con todos sus tripulantes humanos. Sin costes añadidos a su visita a Punishworld. Oferta válida hasta agotar existencias.” Las existencias somos nosotros y nuestra nave.

         ―Ya nos lo imaginábamos, gracias, pero tú no te cuentes ―tuve que replicarle.

         ―Tres cruceros se dirigen hacia NOSOTROS para aprovechar la oferta, y un cuarto, éste de las defensas planetarias, avanza desde el otro lado del planeta.        

         ―Ve cargando las coordenadas del salto a Xutt. Traza una trayectoria libre y dime qué radio tiene el pasillo de salida.

         ―R tres punto siete, Joe.

         ―Bueno, quién dijo miedo. ¿No, capitán? ―dijo Walnuts remedándome.

         ―Cállate, mierda. ¡Y todo es culpa del ceporro éste! ―cogí a Words por la pechera―. ¿No podías transigir por una vez, delicado del demonio?

         ―Capitán, mis principios son mis principios.

         ―Yo estoy con él ―usó Dawn el permiso para hablar que nadie le había dado.

         ―Y yo. Aunque me la hubiera tirado antes, por probar ―se sumó Walnuts con su odiosa risita.

         ―Si se me permite, capitán, me gustaría sumarme al apoyo. ―El que faltaba.

         ―No se te permite, no eres una persona.

         ―Bueno, obviando esa vieja cuestión y dejándola aparte, capitán, me gustaría expresar mi parecer, y lo haré sólo con cuatro palabras que creo resumen el sentir de la tripulación al completo: ¡Con dos cojones, comodoro!

         ―Gracias ―saltó Words.

         ―¿Pero quién me mandaría a mí enrolar a esta piara de lunáticos y descerebrados? ¡Ahora mismo os debería arrojar a todos fuera de mi nave, al maldito vacío! ¡Y tú tienes las horas contadas, chapuza cibernética!

         ―¿Yo? ¿Qué he hecho yo?

         ―El sólo hecho de que existas me crispa, tu mera presencia me repugna ―le espeté tratando de expresar todo el odio posible.

         ―… Qué duras palabras, capitán, y qué gratuitas. Voy a terminar los cálculos y procesos que me ha pedido el señor Walnuts y después decidiré si conecto el sistema de autodestrucción de la nave o no. Le mantendré informado.

         ―¡Eso, vuela la nave, vuélanos a todos, pero no te olvides de volarte a ti primero! ―por fin lo callé.

         Llegué al puente de mando a punto de sufrir un colapso por tanta tensión y tanto loco provocándomela. Los paneles nos recibieron con un mosaico de perspectivas y varios gráficos de estimación de trayectorias y alcances. Todos en rojo, cómo no. Al parecer los cruceros que nos acechaban estaban más cerca de lo que yo pensaba, casi nos tenían a tiro de sus potentes turbolásers, aunque por suerte aún estábamos lejos del de sus torpedos de antimateria. Lola es un blanco difícil, rápido, esquivo a los sistemas de detección y guiado, pero la ventana de salto se estrechaba, las naves enemigas estaban a punto de cortarnos el paso, y seguro que más de un artillero sentía cosquilleos en el apéndice con el que pensara activar el arma que nos mandara al Infierno.

         ―¡Capitán, qué bueno verle! ―me saludó El Grumete.

         ―Capitán ―también Roy Silver.

         Los otros dos artistas de mi circo de los horrores particular. Primero El Grumete, del que nadie sabe cuándo se enroló, ni por qué, ni cómo, ni cuál es su función dentro de la nave. Todo él es un enigma del que sospecho que sólo el demente de Félix conoce el secreto, pero nunca me lo revelará. Lo único que El Grumete ha contado de sí mismo es que al parecer posee la capacidad de mirar al pasado o al futuro de un universo paralelo al nuestro, algo que aunque fuera verdad no tiene utilidad alguna.

         Y el bueno de Roy, “La Expresión”, porque sólo tiene una. Da lo mismo que le atravieses la rótula con un taladrador de microondas como que lo estimules con una ventosa clónica de Artemús, su rostro no cambia, siempre te mira con la misma expresión neozen y esa media sonrisa de arrobamiento. A veces comenta cómo se siente, pero es demasiado bueno jugando a las cartas, sobre todo al groy, como para creerte nada. Además está demasiado habituado a sacarle partido a su particularidad, por algo es el representante comercial de la empresa, un negociador frío e implacable. Lástima que no estuviera con nosotros cuando lo de la hija del sátrapa.

         ―¡Mueve el culo y sácanos de aquí de una maldita vez, Walnuts!

         ―A eso voy, mi capitán.

         ―¡Words, esos escudos!

         ―Listos.

         ―¡Ralphie, Grumete, a las torretas!

         ―Sí, capitán.

         ―¡Roy, el generador!

         ―A plena potencia, flujo estable, capitán. Por cierto, otro sistema al que no podemos volver.

         ―¡Ya lo sé! ¡Walnuts, vámonos ya!

         ―Efectuando maniobra evasiva, trayectoria enlazada a salto. Salto en diez…

         ―Venga, que nos van a dar.

         ―… siete…

         ―Que nos van a dar.

         ―… cuatro…

         ―¡Joder, que nos van a dar!

         ―… uno, salto.



Escapamos por una milésima, como siempre. Quién dijo miedo. Cuando llegáramos a Xutt, nuestro siguiente destino, pasaría cualquier cosa, pero de momento el marcador había quedado como a mí me gusta: Escoria estelar uno, Resto del universo cero.


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