martes, febrero 12, 2013

Sorpresa


¿Lo oyen, ese gruñido desagradable como el hozar del jabalí? Es mi esposa. Y no se les ocurra hacer ruido, porque aparte de los ronquidos, las proporciones, y ese vello hirsuto que le da a su bigote la suavidad del alambre de espinos, mi mujer comparte con el puerco salvaje las malas pulgas que lo han hecho temible. Sin duda, despertarla en estos momentos sería una idea tan feliz como la de aquel timonel que dijo “¿Qué te vas a que le doy al trozo de hielo que se ve ahí delante?” durante la noche del 14 de abril de 1912.

Sí, esa es mi esposa. No se imaginan ustedes lo que es vivir bajo la influencia de semejante basilisco. Veinte años de paquetito de tabaco, un ratito de peña y a casa, que llueve. Faustino para acá, Faustino para allá, Faustino que te la ganas…

Pero… ¿saben lo que les digo? Yo soy feliz.

Vengan, síganme; sin hacer ruido, claro está. Sí, es aquí mismo, en el cuarto de al lado. ¿Reconocen el ronquido? En eso el niño ha salido clavado a la madre, y también en el físico, aunque él es ligeramente más peludo que ella. Éste es mi Javierito, el ojito derecho de mi mujer, el forúnculo purulento de mi trasero. Lo único bueno que tiene el angelito es que es hijo único, porque si llego a tener dos como él…

Mi hijo es… un artista; o al menos lo intenta. Como los estudios no conseguían captar su atención y el trabajo… “no le sienta bien al niño, es demasiado sensible”, según palabras de mi doña, en cuanto terminó la E.G.B. se le buscó a Javierito alguna actividad con la que dar salida a todo el talento que sin duda debía tener escondido en alguna parte. Al violín le arrancó los gemidos más espeluznantes que jamás se hayan oído sobre la faz de la tierra, la literatura resultó tener demasiadas reglas para un espíritu libre como el suyo, la carrera de actor le duró el bochorno (tanto para él como para mí, su acompañante) de sus tres fallidos castings, y la pintura al óleo lo ha sumido en una crisis creativa y emocional que le ha hecho perder dos de sus más de cien kilos…

Así de últimas, lo que me comentó en petit comitee es que quería ser actor porno, que ahí también hay mucho arte y que por lo visto él aguanta mucho antes de eyacular. Desde luego me consta que practica mucho la modalidad individual (quizá por eso la pérdida de peso), pero como actor porno no termino de verle, la verdad.

En fin, no importa, soy feliz. ¿Y saben por qué? Pues porque yo ya no estoy aquí; no señor. Mis restos yacen plácidamente chamuscados a trece kilómetros de este lugar, entre un amasijo de metal empotrado contra un árbol. Menuda sorpresa, ¿no? Guárdenme el secreto, tengo ganas de ver la cara que pone mi esposa mañana, cuando le den la noticia.


Relato ganador del I Concurso de relatos de la revista “Punto Cultural”

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