martes, marzo 12, 2013

Héroes de Anzio IV


IV



La posición a la que acceden es mejor que las zanjas que dejan atrás: tres flancos cubiertos, un frente que defender. Gambino le ayuda con la Browning, Wilson sigue pidiendo socorro por radio. A lo lejos una posible señal de salvación, una columna de jeeps artillados que embiste el flanco alemán. Agallas más que otra cosa. Por otras zonas algunos grupos de los suyos también parecen ver la luz. Un nido alemán cae ante la furia de la desesperación, el horror de la muerte a quemarropa.

            ―Vamos a intentar crear una cabeza de puente aquí. Atentos a la línea de avance, los muchachos están saliendo, hay que apoyarles. Wilson, ¿qué dicen por radio?

            ―Señor, no… Al parecer están bloqueados en un lugar llamado Isola Bella. Dicen que aguantemos.

            ―Maldita sea.

            ―Ya está listo, señor ―acaba Gambino.

            Olson se aferra a los gatillos. En la distancia un grupo de alemanes corre a reocupar una posición. La Browning se arranca con su ladrido afónico, con su aliento de fuego. El retroceso le corre por los brazos, le encrespa el corazón. Dos enemigos se estremecen, caen. Un tercero consigue ponerse a cubierto, tal vez herido.


            ―Ahora muy atentos. Y no malgasten munición, nos va a hacer falta.

            Una figura capta su mirada, un soldado que se arrastra no muy lejos. Trata de hacerlo con un solo brazo, con el otro se sujeta el vientre para que no se le desparramen las vísceras. Escupe sangre, resuella. Los ojos se le vuelven, hunde la cabeza en el barro y se queda inmóvil. También ve a aquella anciana señalándolo con el dedo, maldiciéndolo con la mirada. Llueve mortero, diluvian balas, y el tañido de fondo tocando a difuntos, incesante como una marcha militar.

            ―Señor, mire eso.

            Wilson lo saca del ensimismamiento. Señala la columna de jeeps. El avance ha sido detenido. Sus salvadores se baten a pecho descubierto con las defensas, mirándose a los ojos con sus enemigos. Están en la cuerda floja.

            ―No son una fuerza de asalto, esos muchachos son exploradores.

            ―Tiene razón. Pero han venido. Detrás de ellos tienen que venir más, los del 4º y el 15º no pueden estar tan lejos. ¿Dónde dijo que estaban?

            ―Isola Bella.

            ―Gambino, encárguese de la ametralladora. Cubra a esos hombres de allí. ¡Vamos!

            ―Sí, señor.

            ―A ver, tenían que llegar… Por aquí, la carretera Conca-Cisterna… Maldita sea, ¿cómo pueden estar ahí?

            ―Ya se lo dije, sargento. Al parecer se han topado con una posición defendida. Nada de unidades dispersas, señor, resistencia; y nosotros aquí, en medio de la nada, rodeados.

            ―Pero ellos han llegado ―señala hacia el frente de ataque de la columna artillada.

            ―Los están haciendo picadillo, señor.

            ―Y nosotros no podemos hacer nada. Esperemos que aguanten lo suficiente.

            ―Quizá deberíamos intentar replegarnos, seguro que así salvamos más vidas que insistiendo.

            ―Ni siquiera creo que podamos hacerlo, nos echarían a campo abierto y estaríamos a su merced. No lo sé. De todas formas nosotros no nos podemos mover de aquí. Desde aquí sí que podremos ayudar.

            ―No podremos resistir ni siquiera un contraataque, lo sabe.

            ―No, no lo sé, cabo ―hace uso de su autoridad―. Van a tener que sudar si quieren sacarnos de aquí, no se lo vamos a poner fácil. Es lo único que podemos hacer y lo haremos.

            ―Nos van a barrer con esos morteros.

            ―¡Cabo!

            ―… Muy bien, señor, usted está al mando.

            En la lejanía, las dotaciones de los jeeps agotan sus últimos recursos, su vigor, su valentía. Hay hombres que corren y caen para no volver a levantarse. Gambino martillea sobre una choza aislada, Wilson le secunda, el sargento también toma su fusil contra los dos alemanes que tratan de huir de aquel infierno. Uno de ellos cae; el otro, unas yardas más adelante, también.

Explosiones, erupciones de barro y trozos de cuerpos reventados, gritos, fuego. Su percepción se pierde más allá de su mirada, el estruendo se amortigua, el tiempo se ralentiza. De fondo un sonido se eleva constante, monótono, el tañido de las campanas tocando a difuntos. ¿Por quién doblan las campanas, soldado?



―Señor, he informado a los del 1º y el 3º de nuestra posición. Están desolados. Lo único que ha llegado hasta ellos ha sido un pelotón de jeeps artillados del 3º de Reconocimiento.

            ―Y qué han conseguido.

            ―Nada.

            ―¡Maldita sea! ¡Reagrupe a los hombres, vamos a volver a intentarlo!

            ―¿Señor?

            ―¡No se quede ahí pasmado, demonios! ¡Haga lo que le digo!

            ―A sus órdenes.

            Se siente parte del fracaso y no lo quiere asumir. En su mente los planes sensatos naufragan entre ideas desesperadas: atacar, romper las defensas, avanzar hacia Cisterna cueste lo que cueste. Quizá sólo fue una mala elección de la línea de ataque, quizá no todo esté perdido. La moral de las tropas merma por segundos y los recursos de los que dispone cada vez son menores; es un todo o nada, y está dispuesto a apostar.

            ―¡Teniente!

            ―¿Coronel?

            ―Vamos a intentarlo desde otra posición. Lo intentaremos desde aquí ―señala en el mapa que acaba de desplegar―. No creo que hayan minado esta zona, sería absurdo.

            ―Sí, señor.

            ―¿Qué más tenemos?

            ―Otro Wolverine está en camino, pero ya no queda nada más.

            ―Bien, con eso será suficiente. Que intensifiquen el fuego ahí delante. Intenten avanzar unas yardas, lo que sea. Si detectan la maniobra podemos tener problemas; eso no puede pasar.

            ―Entendido, señor.

            ―Una vez el transporte y el blindado estén en posición quiero que se repartan los hombres entre la línea de frente y la nueva línea de ataque. Presión, eso es lo que necesitamos. Cuando flaqueen por algún punto, el que sea, quiero que se aproveche de inmediato para meter una cuña. Y después a sangre y fuego, ¿me ha entendido?

            ―Por supuesto, señor.

            ―Vaya a organizar a la tropa. Y procure que no decaiga el ánimo, no podemos permitirnos un segundo de duda. Tenemos que llegar como sea o aniquilarán a lo que aún quede del 1º y el 3º.

            ―Sí, señor.

            ―¡Sargento!

            ―¿Señor?

            ―Quiero ese Wolverine aquí a la voz de ya. Que se adelante directamente hasta esta posición ―vuelve a señalar en el mapa―. Y que el transporte acorazado que nos queda acuda allí también. Esta vez no vamos a fallar. Arengue a sus hombres, que aprieten los dientes. Vamos a sacar a esos hijos de perra de sus escondrijos y los vamos a achicharrar vivos. No hay piedad. Y después ni un segundo que perder, nos esperan en Cisterna.

            ―De acuerdo, señor, voy a buscar ese blindado.

            ―Vaya.

            La suerte está echada, no hay marcha atrás. Sus hombres se baten el cobre en la línea de frente, pagando con sangre por cada pie de avance. Es matar o morir, y los alemanes lo saben. Combate a cara de perro, a poco más de doscientas yardas, una verdadera prueba de valor.

            ―Señor, ya se acerca el blindado.

            ―Bien.

            El rugido en las entrañas del Wolverine se siente a pesar del fragor del combate, ya se acerca a la altura del transporte. Comienza el traslado de unidades de una posición a otra, rápido, coordinado, sin dar tiempo a los alemanes a modificar sus defensas. Quizá aún puedan conseguir algo de ventaja. Capta miradas asustadas, siente el miedo de sus hombres. El miedo, el peor enemigo del soldado, la traición dentro de su propia mente. Necesita un golpe de efecto que le devuelva la moral a la tropa y a él mismo.

            ―Señor, ya está todo listo.

            ―Pues que avancen. ¡Maldita sea, que avancen!

            Tal vez sea su última oportunidad, para ellos y para los del 1º y el 3º. Es hora de cruzar los dedos y apretar los dientes.



Silban las balas a su alrededor, llueven barro y proyectiles, trozos de metralla y vísceras. Cuando consigue alcanzar el montículo se arroja al suelo justo a tiempo para evitar que una ráfaga de ametralladora lo destroce. Son los mismos que un minuto antes acabaron con los compañeros que se resguardaban tras el jeep en llamas, quizá también los que le dieron a Thompson el pasaporte para la otra vida. Apenas se atreve a asomarse, pero cuando lo hace los ve, tres alemanes y su ametralladora, martilleando sobre su posición y sobre otras posiciones cercanas. No es nada personal, solo una mezcla de deber, instinto de supervivencia y rabia ciega. Lo hace todo igual que cuando iba a cazar allá en su Pennsylvania natal. Siempre le dijeron que era un excelente cazador, un tirador de primera. Se asoma con el rifle dispuesto, inasequible al desánimo, al miedo, a las balas que taladran el barro a escasas pulgadas de su cabeza. Se arrodilla, aun más expuesto al fuego, un duelo a muerte. El alemán que maneja la ametralladora lo ve y traza un arco fatídico que pronto cruzará su posición, malgasta balas. Él no. Un solo disparo, un acierto en pleno corazón, diana a más de ochenta metros; siempre le dijeron que era un excelente tirador. El enemigo se dobla sobre su arma, ésta cesa su letanía de muerte. Otro miembro de la dotación trata de arrancar a su compañero muerto del puesto, el otro trata de cubrirlo con su fusil. Knappenberger dispara primero y hiere al que intenta revivir la ametralladora, el soldado cae hacia atrás con la clavícula destrozada y una hemorragia que quizá termine drenándole la vida que le queda. Sólo queda uno en pie, apuntándole. Ofrece un blanco fácil para su enemigo y cualquier otro tirador que lo localice en medio del campo de batalla, pero no le importa, quiere acabar con lo que ha empezado. El alemán dispara primero, yerra; él no. Su antagonista cae muerto con un agujero de bala en el rostro. Dos muertos y un incapacitado, pero no queda nadie para darle una palmadita en la espalda, nadie con quien compartir su miedo o su rabia. Vuelve a agazaparse, está solo.

            ¿Cuánto tiempo podrá resistir así? Siempre fue un excelente tirador, pero nunca un tipo con excesiva suerte. Sólo es un hombre corriente, un simple soldado con agallas y determinación, pero también con tanto miedo a morir que se le revuelve el estómago. Las granadas de los morteros siguen cayendo a su alrededor, algunas más lejanas, otras tan cerca que siente como si le explotaran dentro del pecho. Pronto localizarán su posición, lo sabe, y cuando todas las miradas caigan sobre él alguna bala con su nombre escrito se cruzará en su camino. Sólo la oscuridad de la noche puede salvarlo, pero aún queda tiempo para que ésta llegue y pueda confundirse en ella y escapar de la ratonera en la que se encuentra atrapado. No le quedan granadas, apenas munición, ¿cómo devolver el fuego? ¿Cómo mantener a raya a los que se acerquen?

            Una granada le sorprende, ha caído demasiado cerca. Otra más cae, y otra. No pueden estar lejos. De nuevo se asoma y distingue dos figuras agazapadas en una zanja. Van a por él, lo sabe. Se mueven rápido. Uno de ellos se asoma y dispara, yerra, pero le da tiempo a ocultarse antes de que él pueda reaccionar. Ve movimiento un par de metros más allá, espera. Un brazo asoma fugaz con una granada en la mano. Dispara, cercena la mano, que cae junto a la granada. Unos segundos después explota, haciendo saltar barro y trozos de persona. El otro alemán se asusta y trata de huir, zigzaguea, corre a resguardarse junto al resto de su tropa. Un disparo más, un acierto más, un enemigo menos.



―¡Tanques! ¡Sargento Fergen!

            ―Ya lo he visto, demonios. ¡Rusell, Morgan!

            ―Señor.

            ―¿Quedan stickys? ¡Perry, carga el jodido bazooka!

            Granada de mortero, un rato de desconcierto, el temblor aún en el cuerpo.

            ―¡Atrás todos, cinco yardas, a las zanjas más profundas!

            ―Sargento, quedan stickys.

            ―Bien, repártalas con cabeza. ¡Atrás, atrás, demonios!

            Granada de obús, impacto de bala de cañón, un hombre vuela hecho picadillo, ráfagas de ametralladora, más ráfagas de ametralladora, dos hombres caen, uno de ellos trata de levantarse, más ráfagas de ametralladoras, cae.

            ―¡Nos están masacrando, señor!

            ―¡Te crees que estoy ciego! ¡Atrás todos, maldita sea! ¡A las jodidas zanjas!

            ―¡Nos pasarán por encima!

            ―¡Te quieres callar, imbécil! ¡Atrás!

            Los dos tanques aceleran, uno a cada costado. Dos nidos frente a ellos los tienen localizados y golpean su posición. Los morteros juegan a la ruleta rusa con ellos, un giro de mala suerte, un fogonazo, dolor. Están perdidos, ya sólo se decide si es derrota o aniquilación. Carrera, devolver fuego desde la nueva posición, carrera, muerte.

            ―¡Vamos, vamos! ¡Que alguien vuele a esos hijos de perra! ¿Qué demonios está haciendo Colorado?

            ―Le alcanzaron, señor.

            ―¡Que alguien abra fuego sobre esos hijos de perra! ¡Cabo, vaya más atrás, búsquenos una buena posición! ¡Repliegue, maldita sea! ¡Sí, eso es!

            Un soldado corre hacia uno de los tanques, se cubre, vuelve a correr. Las pulsaciones a mil, el fusil a la espalda, una sticky entre las manos. La trata de colocar pero el miedo le hace salir huyendo, las balas le rozan los talones. La bomba cae, el tanque acelera, nada. El tanque gira, acelera, enfila al soldado, la ametralladora lo hace picadillo.

            ―Señor, allí. Tendremos que correr pero es mucho mejor que esto.

            ―Bien, ahora tenemos que conseguir un respiro. ¡Esos malditos bazookas!

            Como si le oyeran en algún sitio, una línea de fuego enfila uno de los tanques. El vehículo se estremece, pero sigue avanzando, dejando una estela de humo negro y poco más que una abolladura en la trasera. Dentro hace calor, mucho calor, fuera los rangers acosan, el tanque se revuelve como un oso atacado por avispas.

            ―¡Nos van a pasar y nos van a cerrar! ¿Es que nadie puede volarlo! ¡Tiren a las malditas orugas! ¡Cabo, que todos tiren a las malditas orugas! ¡Perry! ¿Pero dónde demonios está ese estúpido?

            ―¡Allí, señor!

            ―¡Bien, así se hace!

            Perry corre entre las balas, pasando junto a los cráteres de los morteros. Nada puede alcanzarle, zigzaguea, se desliza, se cubre. Sale de la zanja al paso del vehículo, con la sticky entre las manos. La abre, tropieza. Algo va mal, se le ha quedado pagada al uniforme, muy mal, está activada y no puede despegársela, no puede, fatal, se arroja hacia el blindado al tiempo que estalla en mil pedazos. El tanque se resiente, pero continúa con paso renqueante, inexorable, escupiendo balas, haciendo saltar las coberturas, aplastando.

            ―¡Todos atrás, más atrás! ¡Cabo! ¿Adónde demonios va? Tú, Willie, ¿ves aquel repecho de allí?

            ―Sí, señor.

            ―Pues todos a mover el culo hacia esa posición, ¿entendido? Corre la voz.

            ―Ahora mismo, señor.

            ―¡Vamos, todos hacia allí! ¡Corred, corred!

            ―¡Señor!

            ―¿Pero adónde demonios había ido? Es igual, todos hacia esa posición, ahora mismo. Aquí no aguantamos.

            ―Desde esa posición de ahí nos van a barrer, señor.

            ―Aquí también. Los que lleguemos allí al menos podremos defendernos. ¡Vamos, que todos corran!

            ―Sí, señor.

            El mortero machaca, la ametralladora siega, los tanques acosan a los costados, y un poco más adelante un pasillo de fuego que tendrán que cruzar a la carrera.

            ―¡Todo el mundo atrás! ¡Corred!


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