viernes, marzo 08, 2013

Oniritrón


Ya todos los obreros estaban cerca de sus puestos, inmóviles, siguiendo mentalmente la cuenta reversa que dictaban los altavoces situados estratégicamente en diversos puntos de la planta:


            … tres… dos… uno… Entrando en fase REM.

            Y todo se puso en marcha. El silencio, perseguido por los pasos de los obreros, atrapado entre el crujido de los engranajes, se diluyó en la efervescencia de aquella actividad. En uno de los extremos de la oblonga nave un gran portón se abrió justo sobre la cinta transportadora central, y encima de ésta comenzaron a caer fragmentos de recuerdos, residuos de subconsciente, cadenas de ideas desestimadas. Las rápidas y precisas manos de los desechadores corrían gráciles sobre el caótico cardumen mental, apartando el material inútil y arrojándolo en cubas para desperdicios.


            Un poco más allá, los selectores aguardaban a pie de aquella lengua de caucho la llegada del material que necesitaban. En su plan de sesión tenían apuntadas tres pesadillas, un sueño pesado, otro ligero, y una posible polución nocturna final. Por suerte para ellos, una vez apartadas unas cuantas sensaciones indefinidas y algunos momentos hilarantes, la noche de parranda les traía un buen cargamento de malestar físico, media docena de escenas oscuras y borrosas, un par de momentos de inquietud, y unas cuantas reflexiones desesperadas.


            Los siguientes en entrar en acción fueron los trazadores, los verdaderos y únicos artistas de aquel lugar. Uno de ellos cogió una de las escenas que habían puesto a su disposición, una discusión acalorada entre varias personas de borrosos rasgos sobre un fondo de local oscuro y saturado de humo. Lentamente fue espolvoreándola con la deshidratación en curso que experimentada el sujeto, hasta que el paisaje quedó convertido en una extensión desolada, barrida por vientos cargados de polvo. Unas pinceladas de vértigo y fatiga transformaron las figuras de los litigantes en inciertas amenazas ocultas tras la cortina del árido viento. Y finalmente, iluminándola con sentimientos de impotencia y exclusión, la escena tomó sentido como penosa travesía desértica plagada de acechanzas. 


            Aún seguía el resto de trazadores trabajando es sus obras cuando aquella primera pesadilla pasó a manos de los lanzadores, que después de unos cuantos recortes de última hora y tras los ajustes temporales pertinentes, la conectaron al torrente onírico.

De nuevo sonaron los altavoces por toda la planta:


            Atención: pesadilla en tres… dos… uno…


            Todos detuvieron su actividad mientras un temblor, como un escalofrío violento, sacudía la nave de una punta a otra.


            Aquella gran cadena continuó su marcha, con su ronroneo de motores y sus chirridos de poleas, flotando en un mar de golpes y barrida por cuchicheos que se alzaban aquí y allá. Y dos pesadillas más la sacudieron de un extremo a otro, y el sueño pesado cargó el ambiente de manera insoportable, hasta que la calma chicha del sueño ligero devolvió las cosas a su estado natural.


Los desechadores y los selectores ya habían acabado su tarea, y formaban corro junto a los trazadores que habían cumplido con su parte, observando con atención y reverencia al único de ellos por el que aún esperaban en su puesto los lanzadores. Era el más veterano de todos, una eminencia, y frente a él el recurrente problema de última hora: casi no quedaba nada con lo que recrear el último sueño. Apenas tenía una desangelada escena de persecución, un poco de desinhibición de fin de fiesta y algo de desorientación vital, y con ese exiguo bagaje tenía que afrontar el reto de la posible polución nocturna.


Tras pensárselo unos segundos, transformó el fondo en un laberinto de pasillos y habitaciones sin fin con la desorientación vital que le habían dejado, dejó desnudas a las dos figuras con un poco de desinhibición y, tras sacar un pequeño frasco que llevaba guardado para casos desesperados como éste, dejó caer sobre la escena unas gotas de esencia de un recuerdo lejano, de una amiga de la familia con instintos de iniciadora cuyo rastro ya casi se había perdido en la memoria. Después todos observaron en respetuoso silencio cómo los lanzadores engarzaban ese último sueño en el torrente onírico, y esperaron.


Primero se sintió una leve vibración, un cosquilleo que les subía por las piernas y que fue in crescendo paulatinamente hasta dominarlos a todos y hacerlos estallar en un gran “¡Oh!” colectivo.

Después vinieron las felicitaciones, los abrazos y los apretones de manos al gran trazador que una vez más y contra todo pronóstico había conseguido poner la guinda a aquella sesión de sueño, mientras todos recogían sus cosas y se prestaban a abandonar la planta animados por el último anuncio de los altavoces:


… tres… dos… uno… Abandonando fase REM. 


Primer premio del jurado y del público del II Certamen Monstruos de la Razón (categoría Fantasía) 2009

2 comentarios:

  1. Me ha gustado el relato de esta singular fábrica de sueños. Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Ey, muchas gracias por pasarte y encantado de que te haya entretenido el texto.

    Un saludo.

    ResponderEliminar

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