martes, abril 30, 2013

La trampa del escritor cinematográfico


Recuerdo la primera vez que leí sobre los “escritores cinematográficos” (o algo parecido, no le hagas mucho caso a mi memoria), aquello se refería a todos los que, nacidos en fechas posteriores a los inicios del cine (o de la televisión, si me apuras) tenían una forma cinematográfica de plantear sus historias, algo así como que imaginaban una película en sus mentes y escribían lo que “veían”; una película, con todos sus elementos cinematográficos, no un relato escrito o hablado. Leer la definición me resultó muy estimulante y, como todo aficionado, traté de buscar ese deje prosístico en mis escritos cual hipocondríaco literario que busca síntomas con los que sentirse un enfermo más de esta bendita dolencia.

            Hoy aún me río de eso, y lo hago porque trataba de buscar la marca por diferencia con mis amigos, la mayoría de ellos más cinematográficos que la cara de Jack Nicholson asomando por una puerta rota a hachazos. Pero no es por recordar viejos tiempos, confesar mis reflexiones intoxicadas o brindarme la oportunidad del símil con el bueno de Jack que saco esto a colación, sino por una razón aceptable: creo que el modelo trae un defecto de fábrica que hace que muchos no terminen de contar lo que quieren contar, y como el cine y la televisión tienen ya tantos años… Sí, tú tampoco te libras de poder caer. Lo siento, socio.


Ojo, que yo no acuso a nadie, ya se encargarán de eso todos los que digan que no entendieron tu relato, o que no terminaron de “empatizar”, o que les gustó pero no “les llegó” (sí, me imagino dónde querrías tú que “les llegara” por haber dicho eso), o cualquier otra forma que usen para no herir tus sentimientos, o para herirlos si son de esos a los que les gusta el cachondeo. Eso sí, creo que dándole algunas vueltas al tema se puede conseguir comprenderlo y, así, evitar caer muchas veces, con suerte pocas veces, seguro que no todas las veces.

            Pensando en los elementos que a uno le hicieron “sentir” durante el visionado de una película, todo el mundo sabe que en ocasiones no fue la narración de hechos propiamente dicha, sino más bien ese bocinazo del altavoz que estaba justo detrás de tu butaca, o el amigo que saltó a tu lado, o la que te apretó el brazo, o la que te apretó otra cosa y por eso aquella peli erótica te resultó infinitamente más excitante que el libro.

          No es fácil controlarlo, desde que Freud nos habló del inconsciente ya todos tendríamos que saber que llevamos al enemigo dentro, ése que parece no entender lo mucho que es capaz de fastidiar, sobre todo a la hora de responder a los estímulos, incluso a la hora de saber a qué respondemos exactamente. No, no es fácil. Y si encima no hablamos de una película de verdad, sino de una que no existe porque se produce, se rueda y se visiona en tu interior, más todavía. Y para hacer de todo un nudo gordiano que nos pilla sin navaja suiza de la que tirar, resulta que esa película la tenemos que traducir a texto y cruzar los dedos para que llegue de la mejor manera posible a la mente del otro y que, una vez la visione éste en su interior, sienta lo que tú querías que sintiera.

            Tranquilo, respira, en general el instinto se encarga de eso. Ese mismo instinto que en su momento te hizo pasar de mero lector a perpetrar tus cosas, ése que luego has ido afinando a base de palos y alguna que otra caricia. Si todo tuviera  que ser calculado e intencionado te digo yo que a más de uno, sobre todo aquellos de la vida golfa que encarnan el ideal para el amigo Ernesto Fernández (Weiss), no les hubiera ido nada bien; y al parecer les fue.

Pero el instinto, que es primo hermano del inconsciente, a veces también nos falla. Me refiero a ese momento en que olvidas que el tío para el que escribes no está viendo la película que tú estás viendo en tu interior, sino una reproducción en texto, y también se te olvida meter el bocinazo, el amigo que salta o la amiga que te distrae, porque estos, como tales, no están ni van a presentarse por sí solos. Ya digo, es el instinto el que suele meterlos, pero a veces, si estás atento y relees ese fragmento que escribiste casi en trance, tomando cierta “distancia lectora”, puedes ser capaz de echarlos en falta de forma consciente (vuelve a ser el instinto, pero eres tú el que lo azuza).

Como cuando hablamos de “el personaje”, ese hijo de tu imaginación que se ha convertido en predilecto y has decidido que la historia gire en torno al él, ese tipo con un deje y una expresividad, una comicidad en los gestos y en el porte, capaz de hacer divertido un entierro. Ese mismo que, tras pasar por tu mente, por tus dedos y de ahí a los ojos y a la mente del otro, lo pierde todo porque la gracia de ese tipo tan simpático debería haber estado acotada con arte entre guiones de diálogo para que funcionara con el lector y no le parecieran sólo unas frases sueltas, porque deberías haber redactado una descripción acorde para que tu lector imaginara esos gestos que deberían haber dado chispa a las palabras, o simplemente porque cuando escribiste aquello estabas tan predispuesto a reírte (que cada cual imagine) que le viste la gracia a un personaje que jamás la tuvo.

O como aquella sucesión de imágenes, de flashbacks y secuencias rápidas que te inspiró la peli moderna de turno, la misma que ya te olió a chamusquina cuando estabas haciendo el remake en tu mente. Durante la redacción lo notaste más si cabe, porque había detalles que no terminaban de cuadrar cuando le hacías la lectura en alto consciente o inconsciente, a viva voz o en tu mente. No te terminaba de cuadrar, pero el impacto de aquellas luces en la pantalla te tenía subyugado y tú creías que le llegaría al lector. Ya sabes que no le llegó, chasco que te llevaste (no presumas, que todos tenemos “trofeos” de esos). Reseñaste la película, socio, para haberla contado tendrías que haber incluido el trasunto literario de las luces, los ruidos y la impresión sensorial del conjunto.

Y cómo no hablar de la atmósfera, ese ente etéreo, místico, que sobrevuela ciertas producciones llegando a ser la clave del éxito de algunas de ellas. La atmósfera del film te llegó, pero no te diste cuenta de que fue por el sonido que se repetía a intervalos y que inquietaba, el juego de luces que ensombrecía los rostros, esa mezcla de melodía e imágenes tan particular. No, tú creíste que con que fuera Manhattan y de noche iba a resultar… y no era eso…

¿Nadie recuerda las risas enlatadas de la tele? Tienen su función; ¿o te creíste que estaban ahí porque no llegaban a la cuota de ruidos por capítulo? Pues no, no era por eso, era por otra cosa, y como en tu secuencia de sketches escritos, tan parecidos al programa cómico, no había nada de eso, no llegaste a Benny Hill de las letras con una troupe de secundarios corriendo al son de la graciosa musiquilla final que todos los que lo vimos jamás pudimos borrar de nuestra memoria.

Podría seguir desgranando ejemplos, recuerdos de esos que intentas tomarte con sentido del humor porque tampoco es cuestión de llorar por ello, pero creo que con lo anterior queda ya bastante claro y se llega fácil al corolario: asegúrate de que sabes qué te gusta de la película que quieres contar, por qué te gusta, y de cómo se traduce eso a texto, que a veces es lo que más cuesta. Una vez hayas conseguido eso, avísame y me lo explicas, que a mí me sigue costando horrores saber cómo se ven mis pelis desde el otro lado de la pantalla.



Por último, seguro de que alguno lo estará pensando, lo digo: sí, me considero enfermo del mal cinematográfico, y si la película que te acabo de transmitir no se parece a la que yo vi y la historia te resulta chusca o incomprensible, puedes achacarlo a que en mi cine la atmósfera suele estar cargada y el personal muy relajado, o a que oí campanas y no me enteré de dónde, que también puede ser, por aquello de la atmósfera cargada y el relax. A tu salud (lo digo por la cervecita).


“er Caniho”


Soundtrack:

I am a man of constant sorrow

The Soggy Bottom Boys Cuartet

2 comentarios:

  1. Jejeje, como te comenté en su momento, éste es un artículo necesario, por motivos de higiene literaria. El "Síndrome del Escritor Cinematográfico" está muy extendido -todos lo sufrimos en mayor o menor medida-, y en ciertos "nichos literarios" es una virulenta epidemia: jóvenes y audaces escritores que reescriben una y otra vez la misma novela apoyándose en tres clichés de género, y siempre con la convicción -basta leer las reseñas que se dedican los unos a los otros- de estar creando algo prodigioso... En buena medida se explica por dos motivos: primero por la bisoñez (todos experimentamos esa etapa en la que escribimos historias ingenuas y efectistas, superficiales o, justo al contrario, de un metafísico que se nos viene grande); y segundo, porque la proporción entre referentes literarios y cinematográficos está apabullantemente a favor de los segundos. No creo conocer a nadie que haya leído más libros que visto películas/series; yo mismo no creo que pase de un 8 ó 10 a 1. Pero sí que me he cruzado con más de un aficionado a esto de la escritura que, por cada historia vivida en el papel, no ha visto menos de un centenar de historias en la pantalla del cine o de la tele. En estos casos es lógico que a la hora de redactar te falten recursos genuinamente literarios (porque para aprender a escribir, bien se sabe, poco hay tan útil como leer), y entonces te veas obligado a tirar de lo que conoces mejor. Pero ahí está el quid de la cuestión: sin las armas necesarias, trasladar al idioma escrito esa escena tan molona que recrea tu mente -ese cínico detective buscavidas, amigo del Bourbon, el tabaco negro y las rubias peligrosas, contemplando desde su apartamento de Queens, del debe ya tres meses de alquiler, la vaporosa bruma del Hudson en una madrugada de noviembre mientras rememora los amargos besos de la traicionera Marla- no es tan sencillo como tu mente te hace suponer al proyectar en tu memoria aquellos sublimes fotogramas que ahora tratas de emular.

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  2. Es eso justo, Ernesto, el porcentaje de cada tipo de formatos en los que un autor ha recibido las historias. Para eso entiendo como sano ejercicio el que, cuando estás parado pensando cómo continuar el texto que tienes delante y de repente te llega esa iluminación, te tomes tres o cuatro segundos para reflexinar si lo que te ha llegado es una imagen o unas palabras. No es lo mismo y entiendo que se nota porque una imagen es eso, una imagen, y lo otro es una especie de cantinela que continúa la de la frase o párrafos anteriores. Cualquiera de las dos me parece válida, pero si es la primera, es cuando hay que estar más atento a la hora de "traducirla", porque lo otro ya viene traducido, y hacer que eso también suene a cantinela en tu mente.
    En fin, eso es la teoría, muy fácil de decir y complicado de llevar a cabo, por eso todos tenemos pro ahí nuestros pequeños o grandes fracasos, pero siendo conscientes de ello e intentando que las tablas transformen eso en instinto con el paso del tiempo, algo se podrá lograr... supongo...

    Venga, un saludo.

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