miércoles, octubre 23, 2013

Feriantes interesados


No sé si habrán escuchado alguna vez el proverbio “cada uno habla de la feria según le va en ella”. Según fuentes de solvente erudición y fiabilidad (Internet, jeje), esta expresión aparece en La Celestina por primera vez, y el caso es que, salida de ahí o de donde sea, es una frase hecha de extendido uso y que viene a significar algo así como que cada uno da una versión de las cosas según su punto de vista personal, obviando cualquier objetividad a la hora de transmitir la idea.
                Hasta aquí todo bien, me parece normal que la gente, cerebros encerrados en una oscura prisión cuyo único contacto con el mundo son un cúmulo de estímulos enviados por unos sentidos que váyase usted a saber con qué fidelidad responden a la realidad exterior, dé su versión personal o personalísima de las cosas. El problema, que es adonde yo quiero ir, es cuando esta distorsión de la realidad, del mensaje transmitido, de lo que otros pensarán a través de nuestras palabras, se hace de una forma interesada, sacando mendaz provecho de la confusión creada.


Esto viene a que hace ya tiempo me estuve fijando en una serie de feriantes interesados que estaban dando versiones muy interesadas (que no interesantes) de lo que sería el mundo de la edición en cuanto a literatura de género se refiere, rechazando de plano alguna noticia más que positiva en ese aspecto por no querer o no ser capaces de ver mucho más allá de las cuitas de su ombligo. Es una idea más que rumiada por mí y de la que ya di algunos apuntes en otra de mis desastrosas columnitas (Quejarse por vicio), pero que, después de verme envuelto en un debate con algo de vinagre (por gusto, lo confieso, que entré allí más que nada por afilar cuchillos; puñetero que es uno), después de ver cómo incluso algunas ilusionantes noticias para el mundillo eran consideradas bagatelas porque los feriantes no sacaban provecho de las buenas nuevas, me he visto en la necesidad puñetera de darle otra puñetera vuelta de tuerca al asunto.  Ah, qué gustito más puñetero.
               
El mundo de la edición es jodido para todos, sean del género que sean, incluyendo el mainstream, supongo que en gran medida porque, al igual que las medianas-grandes discográficas, las medianas-grandes editoriales no han sabido o no han querido adaptarse a las nuevas tecnologías (Internet otra vez), han pensado que podían parar el tsunami que se les avecinaba (se ve que no conocían el proverbio que comienza con “cuando las barbas de tu vecino veas pelar…”), y aún andan buscando los restos de su poderío después de la catástrofe. Si a esto le sumamos que la literatura de género siempre ha sido tratada como la oveja negra del rebaño en el mundo en castellano (en otros, especialmente el anglosajón, no es así), pues tenemos que si la literatura ha caído en un pozo oscuro y profundo, los que se mueven por el género son los primeros caídos y los que soportan el peso de todos los que han caído después; es decir, son los del fondo del pozo.
                Debido a lo anterior, el panorama que se abre para el aficionado (escritor novel, en ciernes, o lo que cada uno se considere) con pretensiones de llegar a más es como una especie de desierto sin hitos del que parece imposible salir. Entiendo que esto cree frustración, que haya gente con valía que se desespere, como Raelana Dsagan, que se quejaba de que, después de muchos “teclazos” dados, después de muchos proyectos echados a andar y mucho tiempo invertido en ello, no vea siquiera dónde está el siguiente escalón que pisar; sólo verlo, que ya lo de hacer el esfuerzo para llegar lo pondrá ella de su parte (de últimas ha recibido buenas nuevas al respecto; ¡bien por ella!). Otros simplemente se olvidan de esa ilusión por llegar a más y se lo toman como una simple afición que, como si de un boleto de lotería se tratase, les puede dar la posibilidad de llegar a otra cosa en el improbable caso de que los astros se alineen y la bolita de su sorteo astral muestre su número. Todo es razonable, todo es aceptable si no nos lleva a una frustración mayor y nos obliga a dejar de lado algo que de verdad nos satisface.
                Pero, como dije antes, hubo noticias hace meses (no he estado al tanto y no sé cómo respira el panorama en la actualidad más inmediata) y hay indicios de que no todo está perdido, de que todo podría tomar un cariz muy diferente si las oleadas que nos vienen de allende los mares terminan desbordándose en la costa de nuestra piel de toro. Esto lo digo porque, por suerte, la globalización no sólo sirve para ningunear las culturas minoritarias o dar cancha a energúmenos para que vayan a combatir en batallas campales (no digo nada del sentido original de las manifestaciones, de los buenos fines que puedan tener las personas que las organizan, de su ideología; hablo de casos concretos y conocidos por mí de individuos que se preparaban para un combate sin importarles ideologías, significados o solidaridad). No sólo sirve para americanizarnos a todos (recomiendo We`re all living in America, de Rammstein), sino que a veces también deviene en efectos beneficiosos como ese respeto por la literatura de género que se tiene en el mundo anglosajón.
                Esto es así aunque algunos no lo vean, porque muchas películas que nos llegan de su industria forman parte de ese género que ellos no desprecian, porque muchos de los bestsellers traducidos que copan los puestos de privilegio en nuestras librerías, igual, y porque ahora, incluso, se están interesando por la literatura de género de nuestro país, como el caso de Random House Mondadori que, sabiendo que un número creciente de sus lectores potenciales tienen la de Cervantes como lengua materna, han usado ese sentido práctico y comercial tan básico en la cultura yanqui y han puesto sus ojos en la mismísima tierra del de Alcalá de Henares a ver qué nuevos valores pueden sacar de aquí. Y no, esto no lo hacen a ciegas ni nada por el estilo (¿tontos éstos? El que más lo sea te hace un reloj con un puñado de alambres y dos chapas de CocaCola al más puro estilo MacGyver), sino que, además de tener claro que Fantástico es un término muy amplio y que levanta muchas menos ampollas que otras etiquetas más específicas (el mal de las etiquetas, que diría Emilio Bueso), usan como se debe estudios estadísticos fiables que dicen que la Fantasía y el Fantástico, o algo que ellos llaman Young Adult Literature (aquí, Literatura Juvenil), es un buen filón comercial y que sus consumidores, en gran medida, son adultos con todas las letras, “puretas”, o de esos que dicen que la juventud se lleva en el alma porque el del espejo está cargado de canas y tiene más arrugas que un escroto viejo y más estrías que un ojete (a la salud de Javi Durán). Lo dicen las estadísticas, estudios hechos por empresas serias, estudios de esos que son tomados en cuenta por esas otras empresas serias que saben cómo funciona el negocio de forma que sacan pingües beneficios, estudios de esos que, aunque no gusten a algunos que están dispuestos a discutirlos por horas para, cuando se topan con la realidad, decir que no merece la pena echarles cuenta, están ahí.
               
Esto es lo que hay, señores, esperanza para los que quieran saber tomársela como tal en lugar de echar cuenta a los feriantes interesados que la desdeñan por no ser la suya. Es más, como ya escribí en la columnita antes mencionada, incluso sin contar con esta especie de Plan Marshall literario aquí siempre ha vendido el Fantástico, pero el Fantástico sin marchamo de tal, que no es menos Fantástico que el otro, para nada. Vende Laura Gallego, vende Zomoza, se ha vendido y se vende el realismo mágico, se vende la literatura juvenil, también puedes colar una saga Z en editoriales eminentemente generalistas, y si no que se lo pregunten a Alejandro Castroguer, e incluso yo conozco a otra amiga, Virginia Pérez de la Puente, que, partiendo del género, con novela de género, consiguió colarse en editorial de cierto nivel y, después, colar la segunda en otra de más nivel con conexión directa con el poder editorial más grande de este país. Es decir, ¿si vas con novela de género a una editorial de cierto nivel y no especializada se ríen de ti (como dijo alguno)? Las pruebas demuestran que no, y aquí hay algo que nunca me ha gustado, el quid de la cuestión, cuando alguien generaliza la particularidad, más aún cuando alguien lo hace respecto a la literatura como si dijera “Literatura soy yo”, cuando un feriante interesado cuenta la feria según le ha ido en ella. No, lo que pasa es que, quién sabe, lo mismo tú no acertaste con medios y formas a la hora de intentar el asalto, o que esto de publicar con ciertas editoriales es más cuestión de contactos o de otra serie de elementos, de escasa o nula relación con la literatura, que a los editores les garantizan un buen puñado de ventas sólo por la firma y la biografía o la foto de la portada, o por la forma de publicitarse del autor, o por su fiabilidad, versatilidad o talento, o porque es el manuscrito que les cayó en las manos cuando tenían cuerpo para escritor novel. O, y aquí ya entramos en algo más doloroso, lo mismo tu hijo no era tan guapo como tú pensabas, como te dijo tu amor de padre o unos cuantos colegas que te hacen de palmeros, que también puede ser, ¿no? Además, si sabemos que en inglés la cosa funciona de otra forma que en castellano, ¿por qué no asociarnos con sus obras de actualidad, premiadas si me apuras, nos traducimos para que pueda comparar el que lee en lengua original a Shakespeare, y de paso nos damos una vueltecita allende los mares, por ese otro vasto subcontinente que habla como nosotros pero con distinto acento? Ya hay iniciativas al respecto y, les vaya bien o mal, la idea está ahí. Y lo mismo se podría hablar del salto de los Pirineos, porque en el idioma de Proust también se tiene por estos géneros algo más de respeto que cuando se hace en el de Cervantes, sin contar con que su chauvinismo original y bien entendido, les hace no amedrentarse a la hora de luchar contra el monstruo yanqui en uno de sus terrenos, el Fantástico sin fronteras, con o sin etiquetas minoritarias.

En fin, señores, que de lo que se trata no es de creerse que el mundo es de color rosa y que todos nuestros sueños se van a hacer la realidad. No, escritores los hay a patadas, tantos que no hay papel para que todos publiquen. Sólo los mejores y que mejor sepan moverse/venderse lo harán con perspectivas de futuro. La cuestión es no dejarse influenciar por feriantes interesados que predican que la única realidad es la de su pequeño reducto galo en el que ellos forman parte de consejo tribal y gracias a ello sacan mejores porciones de la tarta a repartir, aunque ésta sea tan pequeña que más que llegar a tarta, se queda en pastel.

Feriantes interesados los ha habido y los habrá siempre, lo importante es no perder el norte y saber distinguir si lo que les interesa a ellos te interesa a ti; si no es así, ya sabes qué es lo que puedes hacer con su versión, ¿verdad? Pues acuérdate de tirar de la cadena después de hacerlo, no me dejes el parche de nicotina flotando en el váter.


“er Caniho”

Soundtrack:
Joan Manuel Serrat



2 comentarios:

  1. "Optimismo puñetero", acabas de inaugurar un nuevo concepto :P
    Yo es que nunca he entendido lo de regodearse en la propia desdicha. Te dan un palo y gritas y lloras lo que haga falta. Y luego te pones a buscar alguna lucecita (o dejas que otros te la muestren) y tiras p'alante otra vez.
    Lo que me lleva además a un razonamiento que le leí a Virginia Pérez de la Puente hace tiempo: cuando un colega literario triunfa, en vez de envidia lo que debería surgirte es un rayo de esperanza, porque si él/ella ha triunfado o ha encontrado hueco, puede que abra la veda y haya algo para ti. En fin, que efectivamente se ve la feria como te va en ella, o como eliges voluntariamente verla.
    Buen artículo.

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  2. Ahí, ahí está el detalle, Morgan: si un colega literario triunfa, hay que alegrarse tanto poque le vaya bien a un colega, como por el rayo de esperanza que significa para uno mismo; eso es lo normal, razonable y positivo.
    Da ahí que la contrapartida, el obviar triunfos ajenos o negar la simple posibilidad de que puedan existir, con el mensaje subliminal de que si yo no puedo/no veo hueco es porque nadie puede/no hay huecos para nadie (es decir, yo soy lo máximo a lo que se puede aspirar), además de un triple salto mortal de ego, muestra la pobreza de espíritu del que prefiere el desánimo ajeno antes que admitir que uno no es la cima de nada, sino simplemente un corredor entro otros tantos que están en esta carrera de fondo.

    En fin, un placer tenerte por aquí, como siempre.

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