domingo, julio 04, 2010

Pride Mountain I


I
Una mañana cualquiera, fría, con ráfagas de viento persiguiéndose unas a otras por la pradera. Recién amanece, y el olor del café borboteando en el cazo me da los buenos días. Mi mustang, suelto como alma libre que es, rebusca entre los matojos resecos unas cuantas hojas verdes con las que santificar la mañana.
―Buenos días, que no te lo había dicho antes. ―Él me mira, entiende, y con un relincho gozoso me responde. Patea el suelo, le llama el camino. A mí también.
Café solo y sin azúcar, ¿cómo si no iba a ser en medio de la nada? Tres tragos hirvientes empujando dos trozos de tocino salado. Morral cerrado, silla lista, alforjas dispuestas, un surtidor de muerte a la diestra y otro a la siniestra. Faldas de nácar llevan las niñas de mis ojos; Colt Navy, un arma para una guerra.
Del horizonte aún penden unas hebras de noche cuando me hago una vez más al camino. A paso calmo, sin prisas, sin pausas, voy robando millas a la pradera en busca de una persona. En una bala escribí su nombre, en otra su apellido, dos más son una promesa, y otras ocho son trozos de rabia que pondré de mi parte. Sea una muesca más en mi vida, una muesca profunda.

Mediando el día, con un sol enrabietado que esparce fuego por toda la llanura, unas cuantas casuchas parchean el horizonte. Atolladero, un lugar para los que quieren ser olvidados. Como mi socio Lake Edrose: salteador de bancos, cuatrero, asesino a sueldo… Sin duda un tipo en quien confiar.
Entro al pueblo entre ventanas que se cierran, mujeres que arrancan a sus niños de las calles, silencio de muerte y miradas furtivas entre los resquicios. Al final de la calle hay una casa más grande que las demás, un encalado blanco rematado por un techo de paja. A la derecha unas pequeñas caballerizas, y en ellas un tordo de poderosos cuartos traseros, una silla de cuero negro y, como si las viera, una L y una E grabadas a fuego.
Sitúo a mi montura junto a su conocido, y lanzo un par de monedas al chico de rostro sucio y ojos asustados que aparece con un cepillo en la mano.
―Se llama Bruno, y no le gusta que lo aten.
―Sí, señor ―responde con un hilillo de voz.
La casa de Santiago es un agujero suficientemente acogedor: tiene un tequila al que se puede sobrevivir, una olla de frijoles siempre calientes, queso de cabra, pan rancio, y unos cuantos catres llenos de chinches. Tras las cortinas que cierran la entrada se apretujan unas cuantas mesas que no son primas ni hermanas ni se parecen en nada, y entre ellas se distribuye un mísero atajo de clientes, dejando un remedo de barra a la derecha tras el que el orondo Santiago se atusa el mostacho y el pelo grasiento, una puerta que da al patio trasero y los cuartos de alquiler, y otra detrás de la barra, a través de la cual se escucha a Sancha, la mujer de Santiago, pelearse con las cucarachas y las ratas para que no se coman lo que cocina.
Al fondo, sentado tras una mesa baja sobre la que se apoya una botella empañada y un vaso sucio y medio lleno, un tipo de brazos delgados, pelo castaño y crespo, cubierto con poncho oscuro y sombrero mejicano caído a la espalda, trata de dar vida a medio veguero reseco. Me mira, me ve, me enseña su sonrisa lobuna, y señala con gestos un asiento junto a la mesa que debe considerar idóneo para mi trasero.
―Bienvenido, señor Slim ―me saluda el tabernero.
―Qué tal, Santiago ―respondo mientras me dirijo hacia la mesa de mi amigo.
―Pos aquí peliando la vida, como siempre. ¿Trae hambre del camino?
―Como siempre.
―¿Sancha, están ya esos frijoles? ―grita.
―¡Ya va, ya va! ―se escucha a su mujer desde la cocina.
Me siento junto a mi socio. Santiago nos acerca dos cuencos rebosando frijoles y chile como para reventar a un caballo, un par de hogazas de pan duro, otra botella de tequila y un vaso más, para mí.
―¿Va a pasar la noche con nosotros, don Jack? ¿La misma habitación de siempre?
―Sí.
―Muy bien. Que aproveche, señores.
Una vez a solas, entre cucharadas de chili que queman y tragos de tequila que arden, mi socio termina por soltar la lengua y hacerme la pregunta con la que siempre comienzan nuestros asuntos en común.
―¿De quién se trata esta vez? ―me espeta sin mirarme.
―Un tipo ―le escondo la presa.
―Me lo imaginaba. ¿Tiene nombre? ―me sigue el juego.
―Sí, como todos, pero eso no importa.
―Quizá. ¿Un pez gordo?
―Como un bisonte. Con unos cuantos amigos.
―Como todos ―sonríe de nuevo―. ¿Y a cuánto se cobra la pieza?
―A diez mil dólares. ―Lake se queda inmóvil, con la cuchara a un palmo del ralo bigotillo que le cubre el labio superior y sus pequeños ojillos oscuros clavados en la nada.
―Entiendo ―dice por fin, y después continúa con sus frijoles.

Unas cuantas botellas de tequila después, ya caído el telón de la noche, solos en el local, mi socio y yo tratamos de mantenernos sobre la silla un segundo más que el de enfrente; el juego de siempre.
―¡Mientes… perro! ―dice Lake al aire situado un palmo a mi derecha.
―Cierra tu sucio pico. No sabes de lo que hablas… ―contesto no sé a qué.
―Que no…
Mi socio cae a la izquierda, yo, segundos después, al lado contrario. Santiago se apresura a llevar a sus borrachos huéspedes al catre.
―¡Perro! ―oigo balbucear a Lake. Después la oscuridad…

La mañana siguiente trae resaca. Despierto sobre el mismo jergón lleno de bultos duros que siempre me da los buenos días en la casa de Santiago. Salgo del cuarto tambaleándome, al patio. En el centro hay un tosco pozo de barro, una cuerda y un cubo atado a su extremo. El baño de agua helada me arranca el sueño pero me deja el dolor de cabeza puesto. Cuando entro en la taberna, Lake ya está equilibrando el pulso con un par de tragos; le acompaño.
―¿A dónde esta vez? ―me pregunta sin mirarme.
―Castle Rock.
―Espero que no haya ningún problema.
―Bueno, confías en mí, ¿no?
―Por supuesto. Y el día que me traiciones te meteré una bala en la cabeza.
―Entonces todos de acuerdo.

Publicado originalmente en "Los zombis no saben leer (Invierno 2009)"

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