miércoles, febrero 20, 2013

Cortijo Prometido (Diarios de lo Despatarrante I)


Aquí presento mis Diarios de lo Despatarrante, los trabajos de campo escritos durante el transcurso de mis investigaciones, otra de las cámaras ocultas de esta Patera de lo paranormal en la que, junto a mis siempre fieles colaboradores, trataré de poner luz y taquígrafos sobre esa otra realidad intangible que se oculta en los rincones más ocultos de nuestra vida cotidiana. Caminad con nosotros sobre los pasos del misterio, no os arrepentiréis.


Quique Jiménez.





CORTIJO PROMETIDO

Sábado, siete y media de la mañana. Los primeros fulgores del amanecer ya clarean el horizonte. Se presenta despejado pero frío este día de investigación, un viento helado corre por la ciudad invitando a la recogida a los que aún no han dormido y nuestro aliento toma cuerpo con las bajas temperaturas. La compañera Carmen Puerta comprueba el buen funcionamiento del motor, mientras, un servidor termina de cargar el instrumental de campo. En algún punto de la ciudad, con las baterías y el resto del instrumental, nos espera otro compañero, Santiago Macacho, y más allá… lo despatarrante.




Ocho menos veinte de la mañana. Encontramos a Santiago en el punto prefijado. Parece nervioso, seguramente excitado por el encuentro paranormal que nos espera, quizá también porque la hora original de la cita eran las seis en punto. Carmen le indica que o sube y se calla o se queda en tierra; Santiago recapacita ante las innegables dotes de liderazgo de la compañera. Ya estamos todos, preparados para afrontar lo que nos espera… ¿Preparados de verdad? El misterio nos pondrá a prueba, la maravilla será quien decida.



Ocho en punto de la mañana. Caravana. Primer inconveniente de esta aventura, sólo uno de los muchos que seguro vendrán. Carmen reconviene a Santiago por hablar, moverse, callarse y estarse quieto; el compañero acepta… ante las innegables dotes de liderazgo de Carmen. Yo, como cronista de esta investigación, recojo el hecho, las primeras sensaciones, el nerviosismo típico ante lo que nos espera. Pero mi mente está en otro lado, mucho más allá, en una hacienda conocida como Cortijo Prometido. El lugar ha sido testigo de multitud de fenómenos de naturaleza paranormal, sucesos que han puesto a prueba la cordura de los vecinos del término municipal en el que se encuentra. Allí vamos nosotros, para comprobar qué hay de cierto o no en todo lo que se cuenta, para recoger pruebas y ser testigos de lo que se oculta más allá de la experiencia cotidiana. Allá vamos, en pos de lo despatarrante.



Nueve en punto de la mañana. Desapareció la caravana. La carretera se estira interminable entre nosotros y nuestro destino, el paisaje vuela a nuestro alrededor, al otro lado de la burbuja de silencio que envuelve nuestra patera de lo paranormal. Es un silencio reflexivo, expectante. Nos espera una jornada ardua y completa. Con nosotros llevamos varias grabadoras con las que registrar posibles psicofonías, una cámara de video capaz de captar el espectro infrarrojo, varias cámaras fotográficas de distinta resolución, bolsas de muestras, un par de linternas, una lupa y un aparato ingeniado por Santiago al que llama “Medidor de Campos Ectoplasmáticos (MCE)”. Carmen le señala la tontería; Santiago acepta, quebrado el ánimo.



Diez en punto de la mañana. Ya estamos cerca de nuestro destino. Santiago hace rato que se lamenta porque necesita ir al servicio, pero Carmen, tenaz como nadie, se niega, argumentando que todo segundo es precioso si queremos llevar a buen término esta investigación. Ése es el espíritu, la senda a seguir: el ejercicio de la profesionalidad, la entrega, la aspiración siempre al prurito.



Diez y veinte de la mañana. Cada vez más cerca. Ahora es Carmen quien necesita ir al servicio. Paramos en la primera venta que surge en el camino. Aprovechando el descanso, pido unos desayunos al hosco lugareño que con la mirada parece obligarnos a hacer gasto por el uso de su servicio. Sin duda necesitamos acaparar fuerzas para lo que vendrá después. Por desgracia, el aspecto de lo servido es ciertamente sospechoso: una leche de olor acre y textura desagradable; pan duro, con rastros de raspaduras verdes; una mantequilla que seguro conoció mejores tiempos, allá por la época de entreguerras… Pero algo hay que hacer, pues nuestro anfitrión insiste en preguntar si estamos satisfechos con lo que nos ofrece. No es momento de caer en desgracia, cualquier lugareño puede ser una fuente de información útil, vital. Sólo hay una salida: le indico a Santiago que debe ser él quien acabe con los tres desayunos mientras yo entretengo al ventero con algunas preguntas. El compañero se niega en un principio, pero Carmen, cómo no, con sus innegables dotes de liderazgo y una bofetada de ida y vuelta, lo hace recapacitar. Mientras Santiago cumple con su amarga tarea, yo comienzo el trabajo de campo, el interrogatorio de testigos in situ. Directo, preciso, sutil, lo suficiente para correr el velo de la incredulidad pero sin asustar al sujeto, y adaptando el discurso al sustrato cultural que nos indique la apariencia del interfecto, en este caso bajo: “¡Fantasmas en la casa! ¡Cortijo Prometido! ¿Usted los ha visto?” El sujeto tuerce el gesto. En sus ojos se ve el miedo, la tensión se vuelve viscosa a nuestro alrededor. En el aire flota el misterio… la marca de lo despatarrante. De fondo se escuchan los lamentos de Santiago y las amenazas con las que Carmen le obliga a comerse hasta el último grumo de leche. Por fin el hombre responde, escueto, pero aun así haciendo acopio de una buena parte de su vocabulario: “Yo no sé na de na.” No hemos elegido bien el momento, o la persona, quizá nos encontremos ante un hombre marcado por la tragedia paranormal, una víctima de Cortijo Prometido. Mejor nos vamos, pero no sin antes mostrar a nuestro anfitrión todos los platos vacíos y, en confidencia, alabar a Santiago por su entrega. La adversidad es la que curte al investigador; el misterio, su meta irrenunciable.



Once menos veinticinco de la mañana. Por fin llegamos al ayuntamiento, donde nos espera nuestro contacto, ni más ni menos que Fermín Silva, ujier suplente. Ojo, las fuerzas vivas del lugar dándole oficialidad y relevancia a nuestra investigación. Él mismo fue quien nos escribió a la redacción para invitarnos a venir. Según nos contó, es un seguidor veterano que está con nosotros desde los primeros tiempos, desde el “Más oscuro que lo negro” con el que comencé mi modesta andadura. Para facilitar nuestra investigación nos conseguirá los permisos necesarios para acceder al lugar de los fenómenos, por supuesto vetado para el público común o investigadores amateurs. Fermín nos recibe con mucho entusiasmo. Es reconfortante ver la labor de uno reconocida en la admiración del aficionado, del curioso; intentaremos estar a la altura. Frente a nosotros, ya muy cerca, lo despatarrante, acechando desde el otro lado de la realidad. De nuestra parte las innegables dotes de liderazgo y la tenacidad de Carmen, mi, modestia aparte, extensa experiencia, y la entrega de Santiago, al que empero tengo que censurar por quejarse de fatigas y descomposición. No hay vuelta atrás cuando se está tan cerca de la maravilla, sean cuales sean las circunstancias. Sólo lo que ha de pelearse merece la pena.



Once y cinco de la mañana. Tras un rato de espera, según nos comentan debido a sus múltiples compromisos y tareas rutinarias, el alcalde nos recibe. Al entrar nos cruzamos con su secretaria, que sale atusándose el pelo y abrochándose los últimos botones de la camisa. Sin duda ha sido una jornada de trabajo intensa, pues parece sofocada, al igual que el alcalde, en cuyo rostro, congestionado y perlado de sudor a pesar de las temperaturas, se marca el peso de las obligaciones. El encuentro, finalmente, resulta un tanto hostil. Primero el electo corregidor sanciona a nuestro amigo Fermín por algo de lo que no llegamos a enterarnos debido a que lo hace en un aparte. Después, ya en trato con nosotros, hace ciertos comentarios acerca de nuestra inminente visita a Cortijo Prometido con cierto tono de mofa. Carmen, en un acceso de esa fuerte personalidad que la caracteriza, le hace ver lo inconveniente de su actitud. La justificada vehemencia de nuestra compañera triunfa y enseguida conseguimos los permisos pertinentes sin necesidad de más explicaciones. Ya todo está dispuesto, la suerte echada, las formalidades cumplidas… y lo sobrenatural al acecho…



Once y veinticinco de la mañana. Frente a la entrada de Cortijo Prometido. Es la hora de la verdad. Ante nosotros uno de esos lugares en los que la realidad se ha quebrado dejando al descubierto lo que se esconde más allá, cuna del misterio, hogar de lo insólito. Según nos comenta Fermín, son muchos los testimonios de personas que han experimentado fenómenos de naturaleza incomprensible en este lugar. Se han escuchado voces, se han sentido presencias, se han visto sombras y fuegos fatuos. Nosotros estamos aquí para separar el grano de la paja, el hecho cierto de la simple confusión o la malintencionada mendacidad. En un primer momento, antes incluso de entrar en faena y analizar las pruebas, la experiencia nos señala que algo hay. Es una sensación, una pulsión en el ambiente claramente identificable para todos aquellos que alguna vez han tratado con lo insólito, para los que se han visto cara a cara con lo sobrenatural, para los que se han enfrentado a lo despatarrante. A mi derecha Carmen, determinada, dispuesta, como siempre; un poco más atrás Fermín, nervioso, emocionado por verse envuelto en una verdadera investigación. A mi izquierda Santiago, trémulo, asustado debido a su escasa experiencia. Él aduce que es la descomposición que sufre, una dolencia física, del vientre. La verdad es otra muy distinta, lo que sufre es una dolencia espiritual, del alma, una dolencia muy antigua, un instinto atávico llamado miedo, una prueba más de la fortaleza de espíritu que exige el enfrentarse con lo que se esconde en las sombras, más allá de todo lo conocido. Le doy ánimos al compañero, al tiempo que le niego la petición de ausentarse un momento. Como ya dije, no hay marcha atrás…  



Once y cuarenta y cinco de la mañana. Más percances. Una vez franqueada la puerta de la finca, el perro del guarda ha aparecido desde no se sabe dónde y se ha acercado a nosotros, amenazante; ominosa premonición. Carmen le ha pedido a Santiago que se acerque al animal para distraerlo hasta poder averiguar sus intenciones. Santiago, reacio inicialmente, se ha visto obligado por la insistencia de la compañera a elegir entre el animal y ésta. Una vez sopesados los pros y los contras a la luz de los argumentos de Carmen, se ha acercado al animal mostrándose lo más apaciguador que le ha sido posible. El perro en un principio ha reaccionado bien, pero en cierto momento ha vuelto a descontrolarse atacando al compañero. Por suerte, ha sido sólo una advertencia, un aviso que no ha pasado más allá por la providencial aparición del guarda. Santiago sólo está algo sucio y magullado por la caída, los zamarreos y el arrastre, con la pernera del pantalón rota y, eso sí, un miedo en el cuerpo que ya no se lo quita nadie. De nuevo hay que alabarle el sacrificio, y también, todo hay que decirlo, censurarle por su insistencia en ausentarse un momento. No hay opción de retirada en estos momentos y en este lugar, las naves están quemadas, y no sirve apelar a sus actos de sacrificio a lo largo del día, eso no está bonito. Entrega, sí, pero también ímpetu, decisión… valor.



Doce en punto, mediodía. He intentado obtener nuevas pistas, alguna revelación, del guarda, pero no he conseguido nada. El sujeto alega que lleva poco tiempo en el puesto y quizá por eso no haya sido testigo de ninguno de los fenómenos por los que hemos venido aquí a investigar. Esa es su declaración, su discurso. Pero su mirada nos dice otra cosa: una mirada huidiza, acompañada de risa floja, probablemente nerviosa, quizá un intento de despistar mostrándose sarcástico y que, por suerte, no ha sido escuchado por nuestra compañera Carmen. Para el neófito esto sería un resultado negativo; para nosotros, tras multitud de casos investigados, incontables ocasiones en las que nos hemos tenido que enfrentar a la pacata elusiva del que se niega a creer, no lo es, en absoluto.



Doce y cuarto. La patera de lo paranormal arriba a las costas de lo despatarrante. Estamos justo bajo el umbral de lo que sería el cuerpo principal de la edificación. Dentro, en la negrura, aguarda algo a lo que muy pocos son capaces de hacer frente, bajo el polvo, junto a la carcoma. Quizá sean rastros de un pasado tan intenso que sus ecos han traspasado la barrera del tiempo para llegar a nuestro presente. Quizá, quién sabe, son huellas de esa maldad primigenia que ha coexistido con la humanidad a lo largo de su milenaria historia, o, como seguro apuntaría el perínclito padre Polón de encontrarse aquí, bien podría ser un fenómeno de naturaleza extraterrestre, algo que nunca hay que descartar en estos casos. Santiago, lívido, no parece soportar la tensión del momento: se abate entre espasmos musculares y sonido de intestinos en rebelión, se contorsiona, para terminar vomitando al menos la mitad del copioso desayuno que se tomó por el bien de esta investigación. De nuevo tengo que animar al compañero; ya se está pasando con la tontería.



Doce y veinte. Santiago sólo tiene que mirar a Carmen para saber que le toca ir delante, por lo que pueda pasar. Es bueno que se enfrente a sus miedos, la terapia necesaria para graduarse en esto de la investigación paranormal. El edificio está en ruinas, como ya sabíamos. Dentro sólo se encuentra basura acumulada, detritus de todo tipo y un olor nauseabundo. Santiago no lo puede aguantar y vomita de nuevo. En las paredes una primera pista, una críptica inscripción: “BIBA LLO EL MEJO CON LA PLLA MA GORDA”. Seguramente un mensaje cifrado, sin significado aparente para el neófito pero de gran valor para el investigador curtido. La cruz invertida pintada en una esquina, los restos de hogueras y en general todas las pistas que indican la celebración de aquelarres en este lugar, son claras. El mensaje, por consiguiente, debe ser una llamada de atención a satanistas, como un cartel que anuncia que éste es un lugar de poder. No nos hemos equivocado al venir aquí. ¿Qué misterios encierras, Cortijo Prometido?



Doce y media. El siguiente paso es la correcta colocación de todo el equipo que hemos traído con nosotros. Yo no puedo ayudar al tener que redactar estas importantes notas, Carmen dirige las operaciones, cómo no, así que Santiago se tiene que encargar del trabajo pesado, con ayudas puntuales de Fermín cuando se deja engañar por sus falsos lamentos. Hay un tumulto a tenor del Medidor de Campos Ectoplasmáticos (MCE). Santiago quiere probarlo a toda costa, pero Carmen se niega con vehemencia. El compañero apela a mí y me gana la voluntad con su cara de perrito asustado. Pero no puedo apoyarle en esta ocasión; soy yo el que vive bajo el mismo techo que Carmen y sus innegables dotes de liderazgo. Ante la indecisión, la compañera decide cortar por lo sano: arroja al suelo el novedoso instrumento y lo pisotea hasta convertirlo en un montón de fragmentos. Santiago llora la pérdida con amargura.



Una de la tarde. Ya está todo colocado. Santiago suda, yo le animo y le felicito por el trabajo realizado, Carmen no le grita, y Fermín no deja de preguntar que cuándo vamos a ver a los fantasmas. Ahora no es mucho lo que podemos hacer. Yo comienzo recitando algunas preguntas de rutina, una forma de arañar la brecha entre realidades que sin duda hay aquí. Pregunto si hay alguien, que quiénes son, qué hacen aquí; lo básico. Más adelante buscaremos en las grabaciones posibles respuestas psicofónicas, chispazos de misterio que abren puertas a lo que hay más allá, a lo insólito, a la maravilla… a lo despatarrante. Fermín insiste en hacer él también una pregunta, y yo le brindo la posibilidad. ¿Qué contestarán las ánimas a su “Abuelo, soy el Fermin.”? Más tarde lo sabremos. Por el momento toca registrar, hacer fotos, tomar muestras. Somos exploradores de realidades; avancemos pues.



Una y cuarto de la tarde. Nuestra ruta prosigue. En un momento dado Santiago grita, cree haber visto una sombra cruzándose en nuestro camino. Nadie más lo ha visto. Yo no me pronuncio, Fermín se muestra escéptico. Carmen le aplica su particular detector de mentiras al compañero y éste pasa la prueba: sigue confirmando el avistamiento aunque le retuerzan los pezones y le amenacen con algo peor. Investigamos la posibilidad. Una de las cámaras ha podido captar el movimiento. Reproducimos los últimos instantes que ha grabado. No conseguimos ver nada, tendremos que analizar la imagen con otros dispositivos. Cortijo Prometido nos oculta sus misterios; no conseguirá que desistamos.



Dos menos veinte de la tarde. Nuevo incidente, el peligro se cruza en nuestro camino, la tragedia nos acecha. Mientras Santiago abría una ascensión a las plantas superiores, testando la estabilidad tanto de las escaleras como del suelo, uno de los detectores de movimiento situado en la planta inferior ha saltado, poniéndonos a todos el corazón en un puño. El compañero, creyéndose en peligro, ha iniciado un atropellado descenso que ha acabado rodando por el último tramo de escaleras. Tras la confusión inicial, una vez serenados los ánimos y recuperado el control de la situación, todos hemos terminado riéndonos del sucedido; todos menos Santiago, claro. Por último, el examen del detector de movimiento no arroja ningún tipo de luz sobre el caso. En este punto el escéptico pensará en el fallo del dispositivo, el desplazamiento de cualquier porción de toda la basura que hay por aquí, quizá ratas. Hipocresía, miedo a la verdad, la venda que se ponen en los ojos aquellos que abominan de mirar hacia atrás cuando se les eriza el vello de la nuca, los que temen a girarse demasiado rápido ante el espejo por si ven lo que no deben ver. Nosotros no le tenemos miedo a lo despatarrante. Cortijo Prometido, ¡ábrenos tus entrañas!



Dos menos diez de la tarde. Santiago vuelve con otra crisis de pavor. Miente diciendo que se encuentra mal, miente diciendo que tiene que ausentarse sin remisión, miente negando que es el miedo lo que le doblega el ánimo, miente diciendo que no aguanta más al tiempo que se aprieta el abdomen. Carmen le aplica un severo correctivo por tantas mentiras. Después le empuja y le obliga a avanzar delante de nosotros en todo momento, asistida por un listón de madera que ha encontrado tirado en una de las estancias. Santiago se queja, llora, trata de huir, pero su estricta guardiana lo mantiene a raya. Fermín se muestra sorprendido por la situación, yo le indico que hay cosas que sólo se pueden comprender con la acumulación de mucha experiencia y el conocimiento preciso de las dotes de liderazgo de Carmen, de las que no es recomendable dudar; Fermín me acepta el consejo.



Dos y diez de la tarde. Vuelven a saltar los detectores de movimiento. Carmen insiste con el listón sobre Santiago para que no piense en aprovechar el momento para huir. El compañero argumenta que ya es tarde, ya no quiere huir. Cuando nos acercamos a la zona profanada nos encontramos con el guarda. Entre amenazadores ladridos del perro le explica a nuestro anfitrión, Fermín, que debemos marcharnos. El intrépido ujier le replica que tenemos los permisos, a lo que el otro responde pasándole el móvil, llamada del alcalde. La cara de nuestro amigo cambia varias veces de color, después devuelve el teléfono. Al parecer el alcalde ha cambiado de opinión tras pensárselo dos veces y, seguramente, influenciado por maledicientes y escépticos que no quieren ver expuesto a la opinión pública aquello que a ellos mismos les da miedo enfrentar. Fermín se tiene que marchar, despidiéndose de nosotros con efusividad y los ojos anegados en lágrimas. A partir de ahora el tiempo de investigación que nos quede dependerá de la paciencia del guarda, que entre ladridos del perro nos explica que debemos marcharnos de allí para que él pueda soltar al perro guardián y acercarse a su casa a comer; sin duda también está influenciado por la misma corriente escéptica.  



Dos y veinte de la tarde. No sin mucha pena nos vemos en la obligación de recogerlo todo, de marcharnos de este santuario del misterio apenas habiendo rozado sólo la cortina que nos separa del reflejo siniestro de nuestra realidad cotidiana. Esta vez ayudo a Santiago a recogerlo todo. Con la intimidad que da la cercanía, el compañero me comenta en petit comité que duda de que esto de la investigación sea lo suyo. Yo le animo, le apoyo para que no se desmoralice. Comprendo su desilusión ahora que se nos niega la posibilidad de seguir cuando ya estamos tan cerca. Él replica que no es esta última frustración lo que más le ha dolido de esta investigación, pero yo le convenzo de que no es así, aunque su confundida mente le indique lo contrario.



Tres de la tarde. La patera de lo paranormal regresa de las costas del misterio con su botín de maravillas. A pesar de nuestra marcha precipitada llevamos varias horas de grabación, multitud de fotos y muestras físicas, gran cantidad de otros registros y, cómo no, este cuaderno de campo, esta bitácora que serán nuestros Diarios de lo Despatarrante. Ya lo examinaremos todo con más calma. En el coche reina el silencio, la reflexión. Una vez más nos hemos enfrentado a lo insólito, es ahora cuestión de cada uno el realizar la catarsis pertinente, buscar en su alma la huella que el contacto con lo paranormal le ha dejado. Santiago huele mal, ha sido su reacción ante el miedo extremo. No deja de mirar por la ventana, con los ojos y el rostro enrojecidos, fijos el la lejanía. Tampoco quiere hablar. El misterio se ha cebado en él. No estaba preparado, sin duda. El misterio es cruel, tritura las almas no templadas. Pobre Santiago. Carmen sigue mostrando su entereza habitual, es acero templado en las fraguas de lo despatarrante, una investigadora de casta, aunque a veces mira a Santiago y se queja del mal olor que nos obliga a abrir ventanillas. Por mi parte, como es normal, me siento algo decepcionado al no haber podido llegar a las entrañas del misterio que encierra Cortijo Prometido, al que desde hoy considero lugar de visita obligada para todos esos peregrinos de la maravilla que disfrutan de la investigación amateur, siempre que consigan los permisos, claro. Ya llegará una nueva ocasión de visitar y completar nuestra investigación de este templo de lo insólito. Por ahora esta travesía de nuestra patera de lo paranormal llega a su fin, así que permítanme emplazarles para nuestras próximas entregas de estos Diarios de lo Despatarrante, en los que trataremos de sacar a la luz las verdades ocultas en tantos lugares de nuestra geografía marcados por la señal del misterio. Estaos atentos, quién sabe si será en vuestro puerto la próxima escala de este viaje.



Quique Jimenez´s

Diarios de lo Despatarrante

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