miércoles, mayo 15, 2013

Náufrago cuántico


Estoy perdido, perdido en el infinito mutable por un error de la memoria. Cuando uno traspasa las barreras del tiempo y el espacio tridimensional, sólo la memoria puede mantener el vínculo que todo ser necesita tener con alguna realidad, y si éste se rompe…

Es algo que ya habíamos adivinado desde el principio: la línea temporal del recuerdo tenía que ser clara en todo momento, cualquier negligencia en este asunto revocaría al viajero a una ineludible pérdida de rumbo. Y lo que es peor, una conciencia desnuda no puede mantener su cohesión en la matriz de los universos por mucho tiempo. Estoy avocado a la inexistencia infinita si no soy capaz de solventar esta eventualidad. Pero, ¿cómo? Jamás hallamos una solución posible para este problema, el recuerdo es la única protección que la conciencia puede tener dentro de la mutabilidad absoluta, y su reconstrucción dentro de ella es un imposible.


Ahora navego a la deriva por este espacio entre dimensiones, desvalido, desorientado, desconcertado, solo. En este lugar más allá de todo lo tangible no se puede hablar del paso del tiempo como lo hacemos en nuestra realidad, pero siempre se puede establecer una cronología basándonos en mutaciones de estado. Yo noto el cambio, mi mente se diluye: lo que sé, lo que siento, lo que soy, se vuelve cada vez más difuso. Mi pasado se me escapa de la memoria para ser sustituido por un torbellino de imágenes que no me dicen nada. En mi mente se mezclan las épocas de varias realidades, las situaciones, las personas…

Aunque simplemente sirva para prolongar mi agonía, tengo que recordar, asir esos fragmentos que supongo reales por su estabilidad. El cuerpo humano como habitáculo, el cerebro como motor primordial, el vehículo cuántico de carne y hueso; la primera aplicación práctica y real salida de la Teoría de Cuerdas. Yo ayudé a concebir esa idea, y después me ofrecí voluntario para experimentar lo teorizado. Alguno de nosotros tenía que hacerlo, nadie sin un conocimiento profundo de la materia podía servir como sujeto de experimentación, como piloto de sí mismo.

Pero quizá nos precipitamos o, mejor dicho, me precipité. Pequé de prepotencia, aseguré estar preparado para mantener mi recuerdo estable a pesar de no haber superado las pruebas con el éxito esperado; de hecho fueron un fracaso absoluto que yo oculté. Y ahora ya es tarde, nadie puede venir a rescatarme, estoy solo y a merced de un todo que me consume inexorablemente.

Percibo una galaxia girando a gran velocidad, y de ella se desprenden estrellas, constelaciones enteras. Esa galaxia soy yo; cada vez menos yo. Sigo perdiendo vivencias, mis padres son ahora infinitas personas, nada anterior a mi ingreso en la universidad está claro. Mi recuerdo comienza con el rostro del decano, pintado con la felicidad de un cuervo ávido que acaba de encontrar un objeto brillante.

Al principio me encerraron en una cátedra insulsa. Me sentía como un simple trofeo en las vitrinas de una universidad que acumulaba grandes mentes, las más preparadas del momento, pero no las espoleaba ni las apoyaba, simplemente se hacía con ellas para alimentar su decadente prestigio.

Entonces apareció Martin, venido de nadie sabía dónde y cargado de ideas nuevas. Todo está en mi memoria, aún sigue ahí: el día en que nos conocimos, la fiesta, aquella madrugada entre tragos de cerveza en la que ambos descubrimos que soñábamos despiertos con la misma entelequia, con una posibilidad científica más allá de todo lo teorizado con anterioridad. Y además era una teoría con la que se podía experimentar: el viaje definitivo, librarnos de las leyes que rigen nuestra realidad saliendo de ésta, nunca más ser prisioneros del espacio o el tiempo. El ser humano tenía la llave de su libertad, su mente, capaz de tocar la esencia misma de la realidad y hacer caer el velo con el que nos envuelve.

Después comenzó la selección de compañeros para este proyecto fantástico. Primero necesitábamos alguien que trasvasara al plano de lo demostrable todo aquello que Martin y yo habíamos soñado. Y ahí, sacrificando su talento en las clases que impartía en la universidad, estaba Luther, un genio matemático como no había conocido la humanidad antes. Él puso los cimientos de nuestra teoría.

Entonces surgió la segunda necesidad; hacía falta un vínculo que nos permitiera aprovechar todos los trabajos que sobre la Teoría de Cuerdas se habían hecho y se seguían haciendo. Y este problema parecía de más difícil solución, ya que no había nadie en toda la universidad que pudiera servir de puente entre todos esos conocimientos y nosotros. Pero aquí Martin demostró por primera vez su amplitud de recursos. Al igual que él, de nadie sabía dónde, vinieron Carl y Austin, probablemente las dos personas más versadas del mundo en lo que a las Cuerdas se refiere.

Por fin el equipo estaba completo, así que los trabajos comenzaron. Primero Luther barrió las dificultades iniciales con su genio matemático; redujo la conciencia humana a un formulario, y sus cualidades a resultados puntuales cuyos parámetros podían ser calculados. Mientras tanto, Carl y Austin hacían una criba en busca de todos aquellos trabajos que pudiesen ayudarnos ya fuera a avanzar o a corroborar lo que íbamos descubriendo: nos revelaron los secretos más íntimos de las Cuerdas, esas unidades de posibilidad cristalizadas que constituyen la esencia de todo lo que nos rodea.

Martin y yo, por nuestra parte, trabajábamos con lo que era el cuerpo de la teoría, con su esencia íntima, la forma en la que el cerebro humano podría abrir un hueco en nuestra dimensión. El secreto estaba en la Matriz, ese caldo de posibilidades que se fijan para dar nacimiento a un nuevo universo. Si podíamos volver las cuerdas a su estado primigenio de posibilidad, ese todo y nada que son mientras forman parte de la Matriz, tendríamos acceso a ésta, y de ahí a cualquier momento o lugar de este universo o de los que son en paralelo. 

En poco tiempo nuestros trabajos comenzaron a tomar consistencia sobre el papel, los análisis de Luther siempre culminaban con resultados positivos; el cerebro podía ser capaz de romper la fijación de las cuerdas si las condiciones eran las adecuadas, y éstas iban a dejar en breve de ser un secreto para nosotros. Todo lo que Carl y Austin encontraban nos daba la razón punto por punto: la existencia de infinitos universos paralelos coexistiendo en un todo superior era admitida por el grueso de la comunidad científica, y las cuerdas como unidad constitutiva de toda realidad era ya un hecho científico. Todo marchaba sobre ruedas, el éxito empezaba a distinguirse en el horizonte, el viaje cuántico se estaba haciendo realidad. Y yo…

Creo… creo que acabo de perder el recuerdo de mi propio nombre. Mi fusión con este caldo de posibilidades sigue acelerándose, inexorable. Me absorbe, devora mi ser. ¿Por qué tuve que ser tan imbécil? Martin lo sabía, quiso salvarme. Pequé, pequé de soberbia como un estúpido estudiante que se lanza al análisis de las teorías de vanguardia sin haber asimilado antes la base necesaria. Y ahora voy a pagar por mi pecado un precio muy alto. Debí haberle escuchado.

En cuanto los pormenores del experimento empezaron a concretarse él se olió el peligro. El recuerdo era la clave, como hilo de Teseo y como armadura frente a la mutabilidad de la Matriz. El viajero tenía que reducirse a conciencia para poder atravesar las barreras de la realidad, y una persona reducida a conciencia es básicamente su recuerdo, la certeza de lo que fue en lugar de lo que pudo ser; además, sólo una entidad con pasado fijo puede localizar su origen entre las infinitas dimensiones. ¿Pero cómo asegurar la consistencia del recuerdo? ¿Existía algún entrenamiento que preparara al hombre para semejante prueba? Todos pensamos que así era, todos menos Martin; él estaba preocupado por ello. Y más aún teniendo en cuenta que debería ser uno de nosotros el que realizara el primer viaje. Ahí comenzaron las discusiones, en especial entre Martin y yo.

Conforme el objetivo se hacía más cercano, nuestras diferencias aumentaban. Pero al final, pese a las reticencias de Martin, me sometí al entrenamiento que Carl y Austin propusieron: la hipnosis consciente dentro de una cámara de aislamiento sensorial absoluto, y rememorar, una y otra vez rememorar. Fueron largas sesiones, y duras también, aunque no consiguieron que mi ánimo flaqueara. 

Al final, pese a todo el empeño que puse en ello, las pruebas fueron un fracaso. No conseguía mantener mi recuerdo estable por más de una hora, siempre perdía la concentración y acababa sin saber dónde estaba y cómo había llegado allí. Esto nunca se lo dije a Martin, en lugar de eso le presenté informes falsos, cifras siempre dentro del umbral establecido. De todas formas, no sé si porque ya no confiaba en mí o porque nunca había confiado en las pruebas, siguió negándose en redondo a iniciar el experimento hasta no estar completamente seguro, y a pesar de que ya teníamos los instrumentos y los compuestos necesarios para llevar una mente al estado óptimo desde el que saltar hacia el otro lado. Llegué a odiarle por ello, por interponerse entre mi sueño y yo. Hasta que al final me aproveché de nuestra amistad, la estiré al máximo para que me dejara intentar la demostración, la llevé al límite. Ahora sé que fui un imbécil. ¿Dónde estará Martin en este mismo instante? ¿Qué estará pensando? ¿Será consciente de lo que me pasa, de lo que siento? Martin…

La confusión se está apoderando de todo mi ser, ahora lo ocupa casi por completo. Los nombres han desaparecido, las circunstancias y los lugares se mezclan. Mi vida es un puzzle frente a mis ojos, y sus piezas cambian de posición continuamente, a un ritmo frenético, una cadencia que me tiene atrapado y casi no me deja pensar. Apenas me queda nada, sólo la conciencia de que voy a desaparecer y unos fragmentos de recuerdo, todos ellos flotando en un mar de imágenes embravecido.

¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? Veo cinco personas en algún lugar indefinido, una serie de artefactos de aspecto extraño, amenazador. Un hombre me pregunta si estoy seguro de lo que voy a hacer, está preocupado, es un amigo, debe serlo. Me dice que aún puedo echarme atrás, que con algunas pruebas y cálculos más podremos minimizar la posibilidad de fallos, hacerla casi nula. Yo sé que tiene razón, más de la que él se imagina, pero no atiendo a sus palabras, me niego a detener el experimento. Por fin culminan los últimos preparativos y el proceso comienza. El instrumental que me rodea comienza a vibrar y su zumbido se introduce en mi mente, alterándola de alguna manera. Una punzada en el cuello, mi organismo responde casi de inmediato, me siento caer. Al principio duele, como si trataran de hacerme atravesar una pared aplastándome contra ella, pero al final me desprendo, viajo, estoy fuera de la realidad.

Las sensaciones desaparecen, sólo quedan imágenes sucediéndose frente al ojo de mi mente, pensamientos, ideas concentradas y aisladas de este todo hostil que surco. Veo infinitos universos a mi alrededor, realidades tan lejanas como fundidas unas con otras, retorciéndose en medio de algo más vasto y que es su génesis y su final al mismo tiempo. Viajo entre ellas, a través de ellas. Soy sólo una conciencia desplazándose a su antojo por un mar de posibilidades infinitas.
 
Una imagen atrae mi atención: dos galaxias colisionan en algún universo, el espectáculo es sobrecogedor. De repente todo es luz, y una miríada de fragmentos de estrella huyendo en todas direcciones. Ahora veo el choque de dos realidades y el nacimiento de una tercera, expandiéndose, cristalizando una porción del mar de posibilidades que lo contiene todo. Al mismo tiempo otras realidades, otros universos, desaparecen, se diluyen, se transforman en alimento para sus iguales en expansión. Es un ecosistema de cúmulos de energía semiconscientes, y yo estoy en él, a merced de sus depredadores, sobre todo del más grande, de la Matriz, siempre ávida de realidades, atenta a cualquier asomo de vacilación para destruirlas; Cronos devorando a sus hijos.

De repente algo sucede, algo terrible. Una cadena de pensamientos se ha roto, he perdido mi guía. Llega la confusión, infinitas identidades combinándose con infinitos momentos y lugares, una frenética sucesión de hechos inconexos que me trastorna el entendimiento. En ese cruce de imágenes que ahora mismo colapsa mi mete, hay una figura que sí puedo dar por cierta; yo mismo. No puedo garantizar mi existencia con un simple “cogito ergo sum”, pero cualquier repunte de estabilidad en esta vorágine en la que me hallo sumido es más que la mutabilidad restante. Aunque eso también está por desaparecer, lo noto…

Se acerca una transición, un último cambio. Me pierdo, me fundo con el todo. Soy todo y nada a la vez, soy la Matriz… Soy todo y nada a la vez… Soy todo y nada… Soy todo… Soy…

Relato finalista del II Premio Ovelles Eléctriques 2010

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