domingo, mayo 26, 2013

Simetría entomológica


No es fácil verla entre las hierbas del jardín, de camino a la casa de la señora McTanis. Su cuerpo, más pequeño que la primera falange anular de un humano adulto, es tan insignificante que consigue pasar desapercibido al cruzar el porche, a pesar del contraste entre su color negro brillante y el beige desvaído de los tablones del suelo. Su ascenso por la fachada, lento, silencioso, constante, es casi imperceptible. Y una vez alcanzada la buhardilla, después de arrastrarse entre el polvo, los trastos viejos y los recuerdos acumulados en aquella estancia, se puede decir que ha desaparecido del mundo de los seres grandes, aquellos para los que las grietas son grietas, no madrigueras.

Si un entomólogo entrara ahora mismo en la buhardilla, retirara varias cajas de libros viejos, una rueca carcomida y cubierta de polvo, y un par de tablones que en algún punto del pasado alguien pensó que servirían para algo llegada la ocasión, quizá podría verla. Después la capturaría, la pondría debajo de una lente de aumento y reconocería el estilizado de sus ocho patas, su abdomen redondeado, y la mancha roja con forma de reloj de arena en la parte inferior de éste. Acto seguido la metería en un recipiente con unas bolas de naftalina, buscaría una etiqueta adhesiva, escribiría en ella Latrodectus mactans, y la pegaría al recipiente justo antes de colocarlo entre su muestrario de especies.



Por suerte para ella no entran entomólogos en la buhardilla de la señora McTanis. Al menos hasta ahora nunca ha pasado, ni tampoco se espera que pase. Está segura, resguardada del frío y la humedad, y eso la induce a comenzar con el tejido de su tela, lenta, parsimoniosamente. Primero tiende los hilos de soporte, una estructura básica de líneas secantes. Después, sobre las hebras ya dispuestas, va enroscando otras siguiendo un curso espiral hasta quedar satisfecha con la robustez de la malla. Y como colofón a su obra, en la base de ésta, crea una especie de túnel en el que pasar las horas muertas. No es una tela elegante, simétrica y delicada, pero sí resistente, efectiva, mortal; o al menos eso espera.

Mientras tanto, en otra habitación de la casa, bajo la luz de una lámpara de escritorio, resguardada por el anonimato, la señora McTanis escribe cartas que mandar a la sección de contactos de algunos periódicos de la comarca. Primero da unos datos básicos: un nombre sacado de alguna de las novelas románticas que pueblan los anaqueles de su casa, una edad no demasiado alejada de la suya, una petición de relación en principio sólo amistosa pero con perspectivas de algo más, y el nombre de una ciudad cercana como lugar de residencia. Después se inventa una historia triste, de soledad, de viudez prematura, de falta de cariño, que relata de forma sucinta y algo torpe en su carta. Finalmente coge uno de los sobres que guarda para estos menesteres, lo franquea, escribe las señas de la publicación elegida en el anverso, y un apartado de correos en el remite. Tras esto se acerca a la estafeta de correo más cercana, entrega la carta, y regresa a su casa, a esperar.



Los días se suceden lentos y monótonos en casa de la señora McTanis. Sus dos habitantes, tímidas, sedentarias, solitarias y nocturnas por naturaleza, pasan las mañanas y las tardes sumidas en el letargo de la espera. Por las noches sin embargo, ambas parecen revivir. La inquilina de la buhardilla repasa su tela, la perfecciona, repara pequeñas roturas y se contonea excitada por lo que ha de venir. Siente algo especial, una presencia que noche tras noche se hace más próxima, más palpable, y no quiere perder la oportunidad cuando llegue el momento, tiene que estar preparada.

La señora McTanis, por su parte, aguarda hasta el crepúsculo para leer las contestaciones llegadas a su apartado de correos. Estudia las cartas con detenimiento, reflexiona, pone rostros, constituciones y caracteres a los remitentes, y evoca situaciones y la forma de actuar más conveniente en cada caso. Después escribe nuevas cartas. Esta vez pone más énfasis en lo de su soledad, y sobre todo en lo de la falta de cariño. Deja caer frases que inducen a pensar que no es tan difícil pasar de la simple amistad inicial a ese “algo más” del que hablaba en su primera misiva, y hace preguntas concretas, indirectas en apariencia, pero que demandan datos de especial interés para ella. Tras esto deambula por la casa, nerviosa, excitada, frotándose las manos por lo que ha de venir.



Son horas importantes las que se están sucediendo en la casa de la señora McTanis. En apariencia, para un observador exterior, nada ha cambiado en las últimas fechas. Pero si se pudiera mirar a través de las paredes, en los rincones oscuros y en las oscuridades de las mentes, ese mismo observador externo vería otra cosa muy distinta. En la buhardilla, desde el fondo tubular de su telaraña, una pequeña criatura aguarda ansiosa ante la inminencia de una llegada. Ha creído ver algo, un movimiento fugaz, un correteo familiar y, sabedora de que el contacto está al caer, ha estado haciendo sus preparativos. Se ha alimentado lo mejor que ha podido, se ha cargado de toda la ponzoña posible, y ha generado un centenar de huevos que están listos para ser fertilizados.

La señora McTanis también está nerviosa. Por fin ha seleccionado de entre sus pretendientes el que mejor reúne las características que busca: una situación acomodada, ingenuidad, carencia de familiares o amigos íntimos, y un carácter voluptuoso capaz de cegar el entendimiento. Ha pedido un gran favor en forma de dinero, y en prenda ha ofrecido una serie de joyas que dice tener, y quizá algo más. Por último ha concertado una cita nocturna en un lugar cercano pero solitario, y se ha procurado una dosis suficiente de arsénico, varios sacos de cemento y un vestido nuevo. Todo ello tras varias tardes de arduo trabajo en el sótano de su casa, cavando un hoyo oblongo de unas dimensiones y profundidad adecuados. Ya todo está listo.



Por fin ha llegado el momento. Después de tantos preparativos, de tantas ceremonias, de tanta actividad en definitiva, cae la noche y lo que había de llegar se hace presente. En la buhardilla, tras varias cajas, una rueca y un par de tablones, justo en la boca de una tela tosca pero efectiva, aparece una figura negra, del tamaño aproximado de la primera falange anular de un humano adulto, que tantea con sus patas la malla para hacer salir a la inquilina que espera en el saco tubular del fondo. En ese mismo momento, en el lugar cercano pero solitario que la señora McTanis ha escogido para su cita, ésta se encuentra con un hombre alto y fornido que porta un ramo de flores ajadas. Ella duda, porque el caballero presente no concuerda del todo con lo que el contenido de ciertas misivas revelaba, pero no desconfía lo suficiente como para abortar su plan y no dejarle que la acompañe hasta su casa. Una vez allí, y mientras en la buhardilla su inquilina se extraña ante el desmesurado tamaño de la visita que la ha hecho salir de su madriguera, la señora McTanis empieza a recelar de la mirada predadora de su invitado. Aún así pretende continuar con el guión que había preparado, y siguiendo éste le ofrece al hombre una copa, un café, un té o cualquier otra bebida que, sin embargo, es rechazada mientras una mano nudosa y fuerte se introduce en el bolsillo de la chaqueta. Arriba el pánico se desata cuando la dueña de la telaraña descubre que en lugar de un macho fertilizador y asequible, la que le espera es una hembra aún mayor que ella, un depredador feroz que no le deja ninguna posibilidad, que la ataca, que la envuelve en una tela aún más resistente que la suya y que se dispone a asestarle el golpe definitivo para acto seguido disolverla y consumirla. Abajo son los gritos de la señora McTanis los que se escuchan cuando ve aparecer una hoja afilada y grande, cuando se descubre pasando de predador a presa, cuando por fin se da cuenta de que es inútil escapar porque una mano fuerte y nudosa se cierra sobre su cuello y siente el frío del acero surcando sus entrañas.



No mucho tiempo después, la calma ha vuelto a la casa de la señora McTanis. Arriba, en la buhardilla, una Latrodectus mactans termina de absorber los fluidos de su última presa con fruición. Ha sido una jornada de caza especialmente fructífera para ella, y ahora, hinchada y satisfecha a partes iguales, se dispone a marchar en busca de nuevas presas.

Abajo un hombre alto y fornido reúne y sopesa el botín obtenido en su última cacería. Ha sido una buena jornada, ha tenido suerte. Después de cerciorarse de que no hay nadie en las inmediaciones de la casa, y con lo obtenido colmando sus bolsillos, se marcha de allí, en busca de nuevas presas.

Publicado en la antología "Calabazas en el trastero: Arañas"


4 comentarios:

  1. Qué bueno ese giro cuando empieza a hacerse previsible. Un muy buen relato, ¡plas plas!

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    1. Gracias, socio. En fin, se hizo para lo que se hizo y coló, que es lo importante, jeje.

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  2. Pues a mí me ha pasado exactamente al revés, el relato es genial todo él pero la primera mitad me gusta más, esperaba ver prolongarse la simetría en el mismo sentido: la araña se zampa al macho visitante después de la cópula (tipo viuda negra) y la dueña de la casa idem. Supongo que desde mi óptica era más interesante ahondar en la línea de lo femenino como mantis religiosa criminal.

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    1. La idea original era ésa, lo que pasa es que el relato no se estaba pareciendo a la super interesante, chula y genial imagen que me había formado de él, así que le metí eso porque lo veía sin ningún tipo de chicha (que tampoco es que sea un gran giro que sorprenda, pero al menos era algo), jeje...

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