sábado, septiembre 21, 2013

Ácrono


Entonces se vuelve hacia mí. Sus ojos brillan, aunque no sabría decir con qué emoción. Mis dedos se posan sobre el cierre de la cajita.
Ya queda menos.
―Dime, qué quieres que haya dentro de la caja ―digo mi entrada.
―Esto va en serio, ¿verdad? ―llega la réplica.
―Me has pedido una demostración.
―No puedo creerme que aún sigas con esta estupidez.
―Por favor.
―De acuerdo. Quiero que ahí dentro haya… un duro de plata, de aquellos de Franco. ¿Sabes a qué me refiero? ―me reta con la mirada.
―Sí.
Durante unos instantes no sabe qué decir. Mira la moneda, la toca y la saca de la caja. Cuánto cuesta creer aquello que no se quiere creer.
―Es un truco ―dice por fin. Yo no le contesto―. ¿Pero cómo?
Ahora sí reconozco la emoción tras su mirada. Sabe que no es un truco.
―¿Me escucharás ahora?

***


―Llegas a mi casa a las tantas, después de un mes sin dar señales de vida, contando estupideces sobre premoniciones y…
―Eso no importa ahora ―la interrumpo.
―¡Héctor!
―Tienes que hacerme caso, por favor. No subas a ese avión.
―Pensaba que eras un cabrón por lo que me habías hecho, ¿sabes? Ahora lo que creo es que eres un… puto loco.
―No. Debes creerme, debes confiar en mí.
―¿Ah sí? Demuéstramelo ―se burla.
―¿Aún conservas el sobre que te di antes de marcharme? ―Sí.
―… Sí.
―¿Lo abriste? ―No.
―… No.
―Ábrelo. Dentro hay una pequeña cajita, acércamela… Es lo único que se me ocurrió ―contesto a su nuevo gesto de perplejidad.

***

―Sólo prométeme que no subirás a ese avión.
―Te prometo que no lo haré. Pero no te marches. No me dejes otra vez. Por favor. Te pase lo que te pase, lo superaremos juntos.
―Lo siento. No es por ti, te lo aseguro. No puedo.
―¿Y cómo sabes que no subiré a ese avión si te vas? ―me grita, entre lágrimas, cuando ya estoy a la altura de la puerta.
―Lo sé.

***

El detective y el celador la guían por los pasillos del tanatorio, hacia las cámaras refrigeradas. El olor a antiséptico, el frío de las estancias, la hiriente luz, todo se suma a la sensación de irrealidad que la embarga desde que la policía la llamó para darle la noticia.
Se detienen en algún lugar indeterminado. El celador consulta el registro de entradas, comprueba el número y abre una de las cámaras.
―Señora Riboll, por favor, ¿puede confirmarnos la identidad del fallecido? ―inquiere el policía, con delicadeza. Ella permanece con los ojos cerrados―. Señora Riboll, por favor, ¿puede confirmarnos la identidad del fallecido? ―susurra a su oído de nuevo la frase. Y ella en ese momento abre los ojos. Lo mira todo con extrañeza durante unos segundos, y cuando lo ve, grita.

            ***

Aquí, sumergido en la tibieza del agua, me dejo llevar por el sopor. Suavemente, lentamente. Mi vista se va oscureciendo, se acerca el final. Sé que debí haberlo intentado por ella, pero nunca me sentí con fuerzas.
            De todas formas la decisión ya fue tomada en algún momento, y ejecutada en otro. Sólo restaba ver cómo era el final.
            Plácido. Los remordimientos quedan atrás.
            Sé que sufrirá, pero al menos la he salvado. Eso ha sido lo único bueno de toda esta locura. Lo único a lo que realmente he deseado anticiparme.
El avión se estrellará, pero tú no estarás dentro.

            ***

Sé que mi historia les parecerá cuanto menos extraña, así que comenzaré por el principio, por un increíble e incomprensible principio: hace más de un mes que doy saltos periódicos en el tiempo, de manera aleatoria y totalmente incontrolada, hacia delante o hacia atrás. Es como si mi vida, el resto de mi vida, se hubiera dividido en partes, en momentos que consumir desordenadamente hasta llegar al final. Y lo peor es que son las partes de un guión ya escrito, un destino fijo. Me he convertido en un mero testigo de mi propia existencia, privado del libre albedrío.
El porqué, el cómo, son preguntas para las que jamás encontraré respuesta. Ahora mismo me dirijo a casa de alguien. La persona a la que más quiero. La persona a la que haré más daño. Y sé que ya he estado allí, y que la he salvado, y que le he roto el corazón una vez más. Y ahora sé por qué guardé aquella moneda en la caja, y la caja en el sobre, el sobre cerrado que dejé en su casa cuando la abandoné porque no quería mezclarla con mi sufrimiento.
Porque también sé que ya estoy muerto, que no fui capaz de soportarlo y huí como un cobarde. Porque sé que la he hecho sufrir, y no puedo soportarlo.
Ahora mismo me dirijo a casa de alguien. La persona a la que más quiero. La persona a la que haré más daño. Y sólo me falta consumir hasta el último de los momentos que aún no he vivido.
Hasta el último. 
         

Finalista de II Certamen Monstruos de la Razón (Categoría Ciencia-Ficción) 2009
 

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