domingo, septiembre 15, 2013

La vida en la mirada


Cuando Juanjo abrió los ojos por primera vez, su madre no se podía ni creer lo reguapo que era su niño: caramelito suave y tibio, bonito, chiquitito; no sabía si comérselo a besos o a bocados. Loca de contenta la tenían los ojazos de su niño. Las horas muertas se las pasaba perdida en ellos, y cuando se cerraban, cuando el chiquitín arrugaba los morritos y el telón de los párpados bajaba, una tristeza honda y pesada hacía presa en ella.


Desde chico Juanjo se comió el mundo con los ojos. Los tenía como dos almendras grandes y brillantes, lustrosos de vida. A las niñas de su clase les robó el corazón con ellos en cuanto empezó a despuntar su virilidad, y su nombre adornó las puertas de los servicios femeninos de todos los centros donde se fue forjando su educación.

Los años fueron amontonándose en el pasado de Juanjo; al principio rápido, como pasa con todas las vidas, y después más lentamente, emulando al río que se torna cada vez más perezoso conforme avanza en su curso. Aquellos grandes ojos fueron dejando paso a una mirada cada vez más consciente, más hecha. Porque decían que el muchacho era listo, tan listo que te comprendía hasta el alma con tan sólo una pasada de aquellas dos luminarias pardas. Y nadie se sorprendió cuando Juanjo se conquistó un futuro exitoso al final de su brillante carrera universitaria.

Lo primero que le envejeció a Juanjo fue su nombre, que a poco de ganar su primer millón se le transformó en un rígido y seco don Juan José. Su mirada también cambió por aquellos años, los ojos se le fueron cubriendo con la escarcha de la vida, acostumbrados a tener que mirar siempre hacia la parte gris del mundo, y dejó de ver otras cosas.

Don Juan José formó a su alrededor un círculo afectivo acorde con su posición: mujer florero de pedigrí, herederos malcriados a los que aupar a lomos de su fortuna, padres ancianos recluidos en exilio lujoso para las fiestas de guardar, y querida exuberante para las otras. Él no lo sabía, pero se estaba quedando ciego del alma, había perdido ese brillo que una vez tuvo, y ahora su mundo se reducía a números y estadísticas, a compromisos absurdos y vacuos desahogos, a apariencias sin fondo y amistades de talonario.

La vejez le llegó temprano a don Juan José; al empezar la cuarentena ya tenía el laurel de plata, y al terminarla el laurel era todo lo que le quedaba de cabellera. La mirada se le apagó por completo, perdió la noción de la vida, se gastó por dentro. Ya nadie se acordaba de aquel muchacho de mirada radiante que una vez fue, porque los ojos de don Juan José no eran los ojos de Juanjo, los dos faros de vida que otrora se enseñorearon en su cara no eran ya más que dos rescoldos apagados y hundidos en las cuencas.

Dicen que don Juan José perdió la razón una mañana al levantarse y mirarse al espejo. Aquel día, de repente, se dio cuenta de que no era capaz de verse en su propio reflejo, que estaba ya tan ciego y tan vacío que no podía hacerse a la idea de que aquella cáscara reseca fuera él.

Juanjo terminó sus días encerrado en una clínica psiquiátrica. Se le veía por los pasillos nervioso, asustado, histérico. A todo aquél con el que se cruzaba le preguntaba por su vida, si la había visto; y también por el que se la había robado, un tal don Juan José.


Segundo premio del V Certamen Literario de la Asociación Cultural Fayanás de Luesia

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