miércoles, octubre 09, 2013

Musas problemáticas




Según la versión de Hesíodo de la tradición helénica, el dios Zeus, rey del Olimpo y un auténtico donjuán por lo que sabemos de él (por lo que nos contaron tanto Hesíodo como todos los demás), cierto día se cruzó con Mnemósine, una titánide (el femenino de titán, otro concepto que, al igual que los dioses y el resto de fauna mitológica, usaron los griegos para personificar y así comprender un poco mejor aquello a lo que no llegaban sus entendederas), se encaprichó de ella y, como al parecer era irresistible y le gustaba dejarse querer (entre otras cosas), se la ligó y estuvo nueve días con sus nueve noches todos repletitos de horas dándole al sexy time que vaya tela si aguantaba el muchacho (me río yo, o más bien él, del sexo tántrico), con una potencia, cómo no, divina, porque, aquí entre tú y yo, nosotros no le hubiéramos durado ni medio asalto a la moza titánica, que andaba de potencia más o menos igual que el otro, que para eso también era divina en todos los sentidos.
A resultas de la coyunda, y como en estas cosas los dioses griegos eran muy especiales (otros también lo son, que me sé de uno que te embaraza a través de ángeles mamporreros, cosa que no sé si se terminó de creer el marido de la embarazada; yo no lo hubiera hecho), la embarazó nueve veces (lo dicho, si nos coge a uno de nosotros en medio nos parten por la mitad), y un tiempo después Mnemósine tuvo nueve crías que, con unos padres así, salieron tan especiales como se podía esperar, cada una de ellas con la capacidad de inspirar a los ejercientes de algún arte o ciencia (según una leyenda urbana reciente, hubo una décima que se especializó en inspirar coyundas titánicas, pero ésta se la ha quedado Nacho Vidal para él solito).
                Con el tiempo, el concepto de musa pasó por el magín de los romanos y otras tantas culturas que fueron sucediéndose, hasta llegar a nuestros días convertido en una forma de galantear a muchachas o muchachos, origen etimológico de la palabra música, sinónimo de inspiración, o excusa para ciertos vicios de aficionados a la escritura (como siempre, repito mi letanía: aficionado a la escritura, escritor novel, en ciernes, escritor a secas o lo que sea, que cada uno gobierna su ego como quiere), que es el uso que yo le voy a dar para la columnita.


Después de tanto tiempo con esto de jugar a la escritura, los contactos hechos y las impresiones intercambiadas con éstos, me he encontrado con un par de actitudes que, por supuesto a título personal, no me parecen para nada recomendables y que, por ser la excusa que algunos de los afectados dan al hecho, vamos a decir que son cosa de las musas personales que gobiernan su arte (hombre, por eso y porque habrá que aprovechar la parrafada anterior para algo, ¿no?).

El primer caso a tratar es el de aquellos autores cuya inspiración parece venir de la musa perezosa, que, a modo de resumen, es la de los que sólo escriben cuando les apetece/disfrutan de ello, mientras que si no se da la situación, se olvidan de su tarea como el que deja una planta secarse y agostarse al agradable solano de un verano en Sevilla.
                Bien, hablando de afición, de entretenimiento, no hay que ser muy listo para comprender que si algo que se supone que tiene que entretenerle a uno llega a ese punto en el que la balanza esfuerzo-disfrute se decanta claramente por el primero, la parte de entretenimiento que esto tiene empieza a perder un poco de sentido. Es como cuando estás viendo una película o leyendo un libro y en cierto momento la cosa deja de gustarte: si no hay amor propio de por medio o alguna obligación externa que te ate a esa lectura o visionado, lo suyo es no insistir en aquello que no te gusta y memorizar un par de comentarios despectivos para cuando te pregunten por la obra, más que por advertir a otros de que no pierdan el tiempo que tu perdiste, como venganza por los minutos que te robó a ti.
                Pero el caso es que muchos de estos aficionados regidos bajo el signo de la musa perezosa son de los que quieren llegar a más, pudiendo ir este llegar a más desde terminar el relatito con el que quieres participar en algún concurso que te hace ilusión, terminar la novela que empezaste más ilusionado que un niño en reyes, o incluso labrarte una carrera literaria como Dios manda, si nos vamos al otro extremo. Aquí la excusa de que esto es para disfrutar empieza a no ser válida, y no lo es porque esto de escribir tiene una parte de inspiración, de talento innato y otras tantas, bastantes más, de esfuerzo y de sudar la tinta, aunque sea electrónica, con la que vamos a manchar el folio en blanco. Esto no lo digo yo, esto lo dicen tantos y tantos escritores, con todas las letras, algunos consagrados y grandes en el más honroso sentido de la palabra, que repiten aquello de que la Literatura es un diez por ciento de inspiración y un noventa de transpiración, de dejarte las pestañas documentándote, de quebrarte la cabeza para ordenar y depurar lo que te salió durante un breve idilio con las musas, de corregir, de ensamblar… de currártelo, en resumidas cuentas.
                Hablando con Ernesto Fernández de esto mismo, él yo coincidimos en que, al menos en nuestro caso, el disfrute verdadero no está en escribir, sino en haber escrito, en ver el fruto de tu esfuerzo terminado y recordar, tanto si eso gusta como si no, que el niño, feo o guapo, lo pariste tú; y después que te quiten lo bailado. Me da a mí que esto último le sucede a la mayoría, aunque luego en el recuerdo sólo les quede la parte lúdica de todo el proceso que concluyó en la obra terminada.

El segundo caso a tratar es el de los que tienen como inspiradora a la musa monotemática, que, una vez más por resumir, es la que les impulsa a escribir sólo de un género, sólo en un estilo, sólo con una orientación o lo que sea, limitando así su crecimiento como escritores.
                Supongo que aquí hay más que un punto de subjetividad por mi parte, y de nostalgia también, porque aún recuerdo aquel juego nacido en la antigua OcioJoven al que llamamos El Reto y en el que los participantes teníamos que escribir de lo que tocara, con la extensión que tocara, con las reglas que tocara, y además con una limitación de tiempo (aunque esta limitación no lo fuera tanto cuando uno tenía un par de semanas para escribir nunca más de mil palabritas), algo que, al menos en mi caso, y estoy seguro que en de la mayoría de los que participamos, nos hizo aprender mucho acerca de este juego de juntar letras. No enseñó de economía de palabras, algo importante tanto en el relato como en el microrrelato, nos enseñó a transmutar el estilo, algo esencial si uno no quiere repetirse demasiado o quiere diferenciar escenas de distinto signo dentro de una misma redacción, nos enseñó a vencernos a nosotros mismos a la hora de encarar ese pasaje con el que no somos afines o que no nos llega de la inspiración del momento, como sucede tantas veces cuando uno está montando una novela, nos enseñó éstas y otras tantas cosas que nos ayudaron a enriquecer nuestra escritura, y entre ellas el que el cambiar de temática a la hora de escribir nos ayuda de la misma manera que cuando lo hacemos a la hora de leer, porque de la diferencia nace la comparación, y de la comparación de los diferentes se llega a la esencia que subyace bajo lo que llamamos Literatura.
                Ya digo, aquí hay mucho de personal en mi perspectiva, mucho de subjetivo, pero no creo que haya menos cuando he escuchado (muchas veces, a muchas personas, aunque quizá nunca repitiendo las palabras o la vehemencia discursiva) que eso de escribir de lo que toca, que puede ser de lo que la gente quiere leer o de lo que la editorial quiere recibir, es prostituirse, porque uno tiene que ser fiel al monotema de la musa monotemática de turno. ¡Venga ya! ¿Estamos tontos o qué? Escribir no es más que eso, escribir, montar una historia en base a unos elementos y conseguir con ella transmitir una idea, maravillar o simplemente hacer que el que gasta su tiempo y su dinero en la lectura de tu obra pase el buen rato que se merece por la inversión. Eso es lo que hay.
                En fin, no insisto, que cada uno haga lo que quiera, pero si en algún momento tu camino en la Literatura te obliga a pasar por otro formato, como podrían ser los artículos, las columnitas como ésta, las crónicas de eventos o lo que sea, y no sabes ni por dónde empezar, ya sabes quién tiene la culpa; si no eres capaz en un momento dado de participar en ciertos concursos porque allí no aceptan el género único que quieres cultivar, que para eso los organizadores son dueños y señores de lo que organizan, otro tanto de lo mismo; y si lo que te pasa a ti es que en algún momento surge alguna voz, o muchas voces que dicen que siempre escribes lo mismo y te sientes ofendido por ello, ya te imaginas donde pienso yo que te puedes meter tu orgullo, ¿verdad? Pues eso mismo.

En fin, no me extiendo más, que extenderme más en esto, pensando que la idea ya está más o menos insinuada, aunque sea de manera burda, es apelar en exceso a la paciencia del lector. Aunque sí que me gustaría dejar como epílogo el consejo de que, para lo que sea, lo mejor es no echarles mucha cuenta a las musas, porque echarles cuenta puede ser como meterse en la génesis que esbocé arriba, en lo de la coyunda titánica y, como ya dije ahí, si nos pillan a uno de nosotros en medio de semejante demostración de potencia, lo más normal es que acabemos partidos por la mitad.

P.S. Por cierto, con ésta llego a la columnita veinticinco, cifra significativa según muchos y quizá también para mí (o no, a lo mejor es sólo por darme a mí mismo una palmadita en la espalda, jeje). Ahí queda eso.

“er Caniho”

Soundtrack:
Led Zeppelin





5 comentarios:

  1. Certero artículo. (Claro que también ayuda el acompañamiento de la canción de marras, que aparte de ser de mis favoritas, llevo tatuada en el cerebro estos días por culpa de un anuncio que no hacen más que poner XD).
    Es que eso de que se disfruta con la escritura es verdad a nivel general, pero la práctica tiene mucho de auténtico sufrimiento, hasta lograr moldear lo que es casi lodo primigenio :-)
    Y confieso que no entiendo a la musa monotemática, para mí siempre ha sido un reto de lo más motivador hacer algo distinto. Lo que me lleva hasta "El Reto" (por cierto, no sabía que había surgido en OcioJoven, yo lo conocí hace muy poco por Asshai), concurso en el que participé precisamente por el nombre (debo ser un poco en plan -¿A que no te atreves? -¡¿Qué no?!), y por las reglas.
    Aunque no sé cómo sería cuando dices creo que ahora ha perdido bastante. Yo al menos no salí muy contenta.

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    1. Ah, tú estás en el mismo bando que Ernesto y yo. Que sí, que vale, que se empieza con mucha ilusión y disfrute, en un rapto de las musas gran parte de las veces, per luego llega el momento en el que las musas se van, si no quieres un folio a medio escribir, tienes que echarle lo que hay que echarle, y eso ya no es tan placentero, y luego hay que remozarlo, limpiarlo, moverlo o debatirlo, colgarlo o adornarlo... Es tán drástico el asunto, que al menos según mi opinión, los marcados por esas musas tienen menos posibilidades que los otros, y si esos, en general, ya tienen pocas posibilidades...

      El reto de OJ/OZ no sé si será el mismo de otras webs, además de que ya tiene una tira de años, pero por allí desfilaron Kachi/Patapalo bajo seudónimo de Akhul, Agutxi tal cual, Ernesto como weissnicht, el Viejo bastardo como tal, el Barón de la birra como tal, Elrikes como tal, Nacho becerril como Nachob, un servidor como Canijo y Jack Slim, y otros tantos que seguro conoces. Aquí está el link de su origen: http://www.ociozero.com/foro/32254/para-nostalgicos-del-reto-y-de-oj
      Y aquí, para buscar más fechas de la mítica web OJ (o de otras webs): http://wayback.archive.org/web/*/http://

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  2. La perece es más difícil de reconocer en el prójimo, pertenece al ámbito personal, pero la "monotematicosis" sí que parece muy extendida. Yo soy más de la primera, sin duda, aunque combino a la musa perezosa con una legión de parnasianas inspiradoras de variopinto pelaje: musas ciegas, musas torpes, musas rigurosamente exigentes y otras bastante chapucillas; musas obsesivas, caprichosas, pasajeras, indolentes, musas infieles y musas leales cual samurái... En fin, las hay para todos los gustos, y a muchos nos inspiran a ratos unas, a ratos otras, y a menudo ninguna.

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    1. Tú estás más que marcado por las dos, por la perezosa de manera más que evidente, que parece que nunca echaste cuenta en tantas y tantas charlas que tú y yo hemos tenido sobre el tema; pero es que de la monotemática (en este caso monoestilística), también tienes un ramalazo que no te lo quita ni Dios... señor victoriano... jejejejej

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