miércoles, noviembre 20, 2013

El camarote de los Marx y la selección antinatural


¿Se acuerdan de la escena? Historia del cine, sin duda, aquel camarote minúsculo, casi el trastero del barco, y en él el señor Otis B. Driftwood, los polizones Tomasso, Fiorello y Ricky Baroni, el fontanero, la manicura, los camareros, las criadas, el ayudante del fontanero, la muchacha que buscaba a su tía Micaela, la barrendera… y también dos huevos duros… o mejor que sean tres… Al final, la Sta. Claypool llegaba para su cita con Driftwood, abría la puerta… y la multitud se desmoronaba.
                Qué grande, sí señor, tanto que, con el tiempo, lo que se creó como una más de las delirantes secuencias de una película cómica, terminó instalándose en nuestro imaginario colectivo hasta formar parte de multitud de frases hechas: “Hay menos sitio que en el camarote de los Marx” “Estar más apretados que en el camarote de los Marx” “Hay más gente que en el camarote de los Marx” y tantas otras.


¿A qué viene lo anterior? Pues a que, según multitud de artículos, opiniones, estudios o lo que sea, se está llegando a un punto en el que en esto de escribir se está juntando más gente que en el camarote de los Marx. Cada voz que habla sobre el tema menciona unas causas u otras, las facilidades que dan las nuevas tecnologías tanto para escribir como para publicar, sea en las condiciones que sea, el acceso a la alfabetización y la cultura de un número cada vez mayor de personas, la crisis y el tiempo que ahora sobra a tantos curritos que no tienen un trabajo con el que hacer honor a su denominación… Muchas, muchas cosas, cada una con su nivel de incidencia, pero que todas en conjunto hacen que, casi con el mismo número de efectivos que la masa lectora, haya un ejército de personas con sus textos bajo el brazo y con ganas de ser leídos y, a poder ser, compensados por su esfuerzo literario.
                A simple vista, esto no tiene por qué ser malo. Según muchos, armados todos con el aforismo de que en la variedad está el gusto, esto nos lleva a una oferta mucho más amplia, a que la competencia por cualquier nicho lector se haga tan feroz que sólo los mejores puedan asentarse en él, a que, a modo de selección natural, sólo los más fuertes, los más adaptables, los más preparados, puedan sobrevivir y dejar un legado.
                ¿De verdad es esto así? Yo no lo tengo tan claro. No, no creo que esta selección sea tan natural como se dice. Según mi opinión, la selección que se hace está siendo cada vez más antinatural, siempre entendiendo por naturalidad el que las obras y sus autores se defiendan a sí mismos por sus cualidades estrictamente literarias, y por antinaturalidad… todo lo demás…
                Si uno se da un paseo por Internet, encontrara multitud de artículos hablando del escritor 2.0, de la importancia de la marca personal para un autor, de la necesidad del escritor, novel o consagrado, en ciernes o simple aficionado, de dedicar cada vez más tiempo a promoción, tanto personal como de obras concretas, de la utilidad e importancia de las redes sociales y, por ende, la sabiduría en su manejo, de la importancia del carisma a la hora de establecer contactos de interés, y un largo etcétera de actividades, conocimientos y, sobre todo, tiempo para dedicarse a ellos (y si no se dispone de tiempo, con un poco o un mucho de dinero se pueden contratar este tipo de servicios a un número cada vez mayor de profesionales o semi profesionales que los ofrecen).
                Es a esto a lo que nos lleva la saturación y, que yo sepa, ni el marketing, ni el carisma personal, ni el conocimiento de herramientas de Internet, ni la disponibilidad de tiempo o dinero para promocionar una obra o un autor van a hacer que la novela, relato o lo que sea, ganen calidad. No, más bien al contrario, si uno tiene que dedicar cada vez más tiempo a lo que no es literatura será restándoselo a lo que sí lo es, porque, al igual que la energía, el tiempo ni se crea ni se destruye, sino que se reparte, y si el tiempo para pergeñar una obra se reduce… su calidad también. Más aún, se está creando una suerte de especialización publicitaria dentro de la literatura, un valor en alza que está desplazando a otras cualidades como la calidad, la profundidad, la originalidad o la trascendencia. 
                Sobre este particular, no hace demasiado que leí un artículo en el que se hablaba no sé si de escritores 2.0, nuevos valores literarios o algo así, y entre los mencionados se hablaba de un autor que, a base de una promoción exagerada de su obra (creo recordar que el estar en paro le había dejado mucho tiempo para ello), había conseguido que se difundiera de una manera sorprendente y que su novela autoeditada se vendiera más que muchas de las que ofrecen editoriales de mayor o menor pelaje. A raíz de eso, la novela había sido comprada por editorial de nivel, y ya está en imprenta la segunda. No sé si la obra que lo catapultó a la popularidad y de ahí al contrato editorial es mejor o peor, porque no la he leído y, sobre todo, porque en el artículo, en las explicaciones que se daban para la consecución de ese contrato, no se hablaba en absoluto de ello… Ahí está el detalle, ¿es ésta esa supuesta selección natural que nos trae la saturación, o es más bien una selección antinatural que prioriza aspectos espurios frente a otros más legítimos como la calidad? Me da a mí que es lo segundo.

En fin, señores, es lo que hay. El ecosistema cambia y hay que adaptarse a él si se quiere medrar o simplemente sobrevivir. No vale eso que dicen algunos de que sólo los que tienen un talento especial, los que tienen algo que contar, deberían escribir. No, eso no nos vale (me incluyo en el grupo) a los que quizá simplemente hagamos bulto, a los que participamos activamente en la saturación, porque si es lo que nos gusta y podemos hacerlo, lo vamos a seguir haciendo, y aún no se ha inventado (ni creo que se invente) un medidor infalible de calidad literaria con el que, una vez establecidos unos mínimos, se pueda diferenciar lo que debe ser publicado de lo que no, y siendo esto es así, la ilusión y el ego son un impulso irrefrenable que nos hará seguir adelante con nuestra labor, sea ésta más o menos dañina para el sector de la literatura. Bueno, quizá no sólo dañina para el sector literatura, sino también para aquellas especies que, por no querer entrar en el juego, por buscar como único y exclusivo fin la maestría, aislándose en el proceso de todo lo demás, puede que estén en peligro de extinción. Es una lástima, pero, una vez más, es lo que hay…

“er Caniho”

Soundtrack:
Ojete Calor



6 comentarios:

  1. Pues va a ser lo que hay, sí, porque no solo parece más difícil conseguir algo sin ayuda de las redes sociales; es que hasta resulta difícil mantenerse fuera para aquellos a los que no nos termina de gustar la corporación Zuckerberg y el temita que se trae con el tío Sam y sus agencias.

    Toca estar al día o perder muchas oportunidades. Eso sí, sin perder de vista lo que vinimos a hacer: ante la duda... mejor pasar las horas escribiendo que dándole a me gusta.

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    1. Pues sí, hay que echar mucho tiempo a otras cosas que no son literatura si se quiere sacar un poco la cabeza y que al menos te lean, lo cual no es nada positivo, pero también uno puede ir a lo suyo, como dices, que el gustito de escribir y tal no te lo puede quitar nadie.
      Eso sí, aquí yo me refiero a la presencia seria en las redes, no al simple cuiqueo compulsivo y el spam, que eso ya lo critiqué en otra columna. Se puede estar en las redes de una forma interesante, generando contenidos y difundiendo cosas interesantes, pero el tiempo, oro de 24 kilates, es demasiado limitado...

      Un abrazo y muchas gracias por pasarte, socio.

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  2. Estoy de acuerdo con todo el artículo: la situación de saturación, el primer "efecto" que produce, esto es, la necesidad de promocionarse (de la manera que sea) uno mismo; el segundo efecto derivado del primero, reparto del tiempo; y el último efecto, triunfan por encima de casi todo muchas obras que no lo merecen (¿no lo merecen, cómo saberlo? También eso lo planteas).
    Pero la clave, lo que nos falta, es: ¿ Y qué hacemos? Si es que se puede hacer algo más que quejarse de cómo es el mundo. Es una pregunta en serio que yo me planteo. Porque si bien es necesario analizar las cosas, el fin último debe ser la búsqueda de soluciones, ¿no?
    Yo de momento no las veo, ¿mayores filtros? Con qué derecho. Y, más importante aún, ¿con qué posibilidades de éxito? Hablamos de literatura pero esto mismo podríamos aplicarlo a cualquier otro arte, a la cultura en general, a los mercados en general...
    En fin, que no sigo que me deprimo :-(

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    1. Jeje, ya cuando lo estaba escribiendo se me pasó por la cabeza que algo positivo debería dejar en la coda... pero al final no se me ocurrió nada...
      No sé, la cosa es jodida, uno nunca puede saber si lo que se publica merece ser publicado o no, ni hay método infalible para saberlo, pero que hay textos de calidad más que suficiente que nunca verán la luz, eso sí que es seguro. ¿Qué hacer? Pues la verdad es que no se me ocurre nada, ni creo que los que de vardad tienen posibilidad de cambiar las cosas vayan a hacer algo, ni siquiera pensarlo.

      En todo caso, Morgan, yo me quedo con lo que dice Pedro: ante la duda, uno siempre puede quedarse con escribir y disfrutar de ello, que eso es algo que nadie nos podra quitar.

      Un placer tenerte por aquí. Un abrazo.

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  3. Sentimientos encontrados me suscita tu reflexión, querido Doctor. No lo tengo claro, no lo tengo, hasta qué punto es saludable que todo el que quiera ejercer su derecho a escribir lo ejerza efectivamente. Vaya, de firmes convicciones liberales comos soy nunca se me ocurriría impedirle a nadie dedicarse a esto, pero es innegable que tamaña afluencia de oferentes literarios provoca algunos efectos colaterales poco deseables. No sé, no sé, hará cerca de una década que vengo pensando en esto y aún no tengo claras las ideas... Si se me ocurre algo, te lo comento :)

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  4. Hombre, decirle a alguien que no escriba después de lo de Belén Eteban buff.ly/1c5cPzo por mucho que se suponga que lo ha escrito Boris Izaguirre junto con un grupo de colaboradores, o después de aquella anédota que creo que me llegó a través de ti de cierto libro que el corrector tuvo que reescribir completo... Pues no es de recibo, la verdad. Escribir debería escribir quien quiera, son las editoriales las que deberían filtrar, y los lectores en último término, me parece a mí...

    Un placer tenerte por aquí, Ernesto.

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