sábado, noviembre 16, 2013

Secreto de confesión



−Ave María Purísima.
            −Sin pecado concebida. Cuéntame, hijo, ¿qué pecados tienes?
            −La verdad es que no estoy aquí por ningún pecado mío, padre, las penitencias de ésos ya las tengo marcadas en las espaldas. Estoy aquí por el pecado de otro hombre.
            −¿Cómo? No te entiendo.
            −Lo suponía. Deje que le cuente, padre, que así entenderá mejor.
            −Cuenta pues.

            −Mire usted, ésta es una historia que sucedió hace ya más de treinta años, en el lugar donde yo nací. Por aquel entonces vivía en mi pueblo una chiquita muy linda, buena muchacha, decente y trabajadora como ella sola. Una mujer de las que ya no se hacen, ¿verdad, padre?


            −Cada vez menos, desde luego.

            −La historia de esta muchacha había sido muy triste, ¿sabe usted? Se quedó huérfana siendo aún muy niña, debido a una de esas fiebres que tanto menudeaban entre el hambre y la miseria de la posguerra. Por suerte, aquella era una comunidad pequeña, uno de esos lugares donde aún existe la sana costumbre de ayudar al prójimo, aunque sólo sea para compartir la pobreza. Fue así que entre todos colaboraron en la crianza de la chiquilla, turnándose para darle cobijo, cariño, y un plato de comida caliente cuando se podía.

            »Con el tiempo, y a pesar de las privaciones y los muchos trabajos a los que la situación la obligaron, la pobre huérfana llegó a la mocedad hecha toda una belleza, una de esas raras flores que a veces también medran en los lugares más necesitados. Todo el mundo tenía que hacer con ella: los unos porque estaban prendados de aquellos dos ojos, de aquella cara y de aquel cuerpo que tenía; los otros por la entereza y la gracia con las que afrontaba la vida a pesar de llevar ya tantas desgracias a cuestas.

            »Como digo, estaba ya la niña en flor cuando, sorpresivamente, el hombre que era dueño de aquellas tierras, incluyendo a las gentes que se dejaban el sudor y la vida en ellas, fue allí a pasar las vacaciones estivales. Venía el patrón con su mujer y su hijo, un muchacho también en edad de merecer, espigado, listo, recién aprobado en sus estudios y pendiente de desgajarse de su familia para irse unos años a seguir estudiando en otro lugar y hacerse un hombre de provecho, digno heredero del apellido que llevaba.

            »Quién sabe si fue el destino, la suerte o la casualidad las que hicieron coincidir a aquellas dos almas en pleno despertar a la vida; lo único cierto es que la naturaleza, y la inevitable cercanía de aquel pueblo pequeño en el que era imposible que dos de sus habitantes no llegaran a conocerse, hicieron su trabajo.

            »A pesar de todo nadie se enteró de aquello hasta un tiempo después, no se crea. Nadie se percató de aquellos primeros cruces de miradas, de aquellas palabras susurradas en encuentros aparentemente fortuitos. Nadie tuvo noticia de aquellas citas al abrigo de la soledad, ni de aquel primer beso. Nadie supo de aquel amor, ni que la niña se había hecho mujer antes de acabar aquel verano.

            »Llegó por fin el día en que el patrón tenía que volver a la ciudad, y con él su mujer y su hijo. Muchas fueron las promesas que se intercambiaron en aquella despedida secreta, y muchos los planes que hicieron aquellos dos críos enamorados: que si ella esperaría el tiempo que fuese hasta que él fuera a buscarla, que si él aguantaría el tiempo necesario para emanciparse y zafarse del manto paterno para irse a vivir con ella… Las cosas de cuando uno es joven y aún no sabe cómo es la vida, ¿verdad, padre?

            −Sí.

            −Por desgracia, en este mundo en que nos ha tocado vivir incluso los actos de amor se pagan caro. La niña se dio cuenta de esto poco tiempo después, pero no fue hasta pasados unos meses que ya no pudo ocultarlo más y aquél secreto a dos dejó de serlo para convertirse en la noticia más comentada en mucho tiempo: la niña, la huerfanita, estaba encinta, a pesar de ser aún una cría soltera y a la que jamás se le había conocido pretendiente, formal o no.

            »Como es natural la gente empezó a hacer cuentas y memoria, y fueron muchos los que llegaron a la conclusión de que aquel jovencito hijo del patrón, aquel muchacho guapo y simpático que pasó por el pueblo justo por la época en la que tuvo que sucederle eso a la niña, debía tener algo que ver con el asunto. Pero ella no dijo nada, ella tenía su secreto y aquellas promesas, y no le importaba nada más.

            »El caso es que por fin llegó aquella noticia a oídos del patrón, un día que pasó por allí por cosa de unas rentas y unos terrenos. Y no crea que le gustó mucho lo que tuvo que oír, porque tenía unos planes muy distintos para aquel hijo suyo. Claro, que él era un hombre práctico, y además de posibles. Fue por eso, y por el inocente silencio de la niña, que no tuvo más que soltar unos cuartos de los que le sobraban para que al poco salieran tres diciendo que eran el padre de la criatura, o al menos que podían serlo.
            »Imagínese usted lo que le cayó encima a aquella cría con esto, que de buenas a primeras pasó de ser la niña de los ojos de todos, como quien dice, a poco menos que una cualquiera que andaba por ahí, a escondidas, seduciendo a éste y aquel. Se le cerraron muchas puertas y muchos corazones, y la vida que nunca había sido fácil para ella se volvió aún más dura.

            »Hasta el verano siguiente esperó, ya con un niño a cargo, e incluso un año más aguantó en espera de que al hijo del patrón le llegara la noticia y cumpliera como hombre por haberla hecho mujer, sin saber que la única noticia que le había llegado al joven era aquella infamia por la que su padre había pagado.

            »En fin, que al final tuvo que marcharse de allí, pobre, sola, con un hijo al que criar y el corazón roto para siempre por aquel primer amor, que a la postre fue el único de su vida. Ya se puede usted imaginar las penurias que pasó después de aquello, los malos años, la soledad sin ilusiones y sin amigos.

            »Con el tiempo terminó por olvidarse de esto, la herida se cicatrizó como pudo. Ella se conformó con el papel que le tocó jugar, y a pesar de todo dio gracias a la vida por haber podido sacar a su hijo adelante a base de sacrificios y de su propia salud. Pero yo no, ¿sabe usted? Siempre me dolió mucho que ella tuviera que cargar con todo el peso de aquel pecado de juventud y que otra persona, aquella que compartió su secreto, ni siquiera tuviera conciencia del fruto de sus actos.

            »Estando ella de cuerpo presente me prometí a mí mismo que buscaría a aquel hombre para contarle la verdad y desmentir todas aquellas infamias con las que su padre trató de proteger su futuro. Sí, porque, como me enteré tiempo después, el lugar al que tenía que marchar el muchacho después de aquel verano era un seminario en el que se preparan los futuros ministros de Dios; imagínese.
            »Mucho tiempo me ha costado llegar a saber del paradero de aquel hombre, muchas preguntas, viajes e indagaciones. Por suerte la madre que tuve, aquella mujer que sólo a mí me contó su secreto a pesar de todas las infamias, que dio su vida para que yo pudiera salir adelante, me dejó en herencia toda la paciencia y el tesón del mundo a la hora de afrontar lo que creo que es mi deber.
            »Así que esta es la historia que le tenía que contar.

            −…

            −¿No tiene nada que decir al respecto? ¿Alguna penitencia para ese hombre y su pecado?
            −…
            −Bueno, yo ya hice lo que tenía que hacer. Quede usted con Dios… padre.


Finalista de la IV CONVOCATORIA DE LOS PREMIOS 'CIGUÑUELA' DE CUENTOS Y RELATOS CORTOS

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