sábado, noviembre 09, 2013

Space Cadet


When all the days
the days of the year
I know I miss
that part of me.
Kyuss – Space Cadet

Libre, como polvo cósmico apenas mecido por tenues corrientes gravitacionales. Así me siento yo a los mandos de mi nave, resguardado bajo este bendito casco con curvas de diosa del placer. Ante mí el universo: la constelación de Siddharah bailando sobre la oscuridad infinita, un cometa joven cortando el espacio en pos de su destino, una miríada de estrellas flotando en la nada… ¿Acaso puede existir algo más bello que surcar el cosmos?
 
Sí, así es como vivo, llevando mensajes de un lado al otro del universo, al presente, al pasado o al futuro. No importa el lugar ni el momento. Pueden ser voces o imágenes, recuerdos u objetos. El único requisito es que encierren un mensaje.
Nadie sabe por qué lo hago, ni siquiera yo mismo. Pero es mi tarea, y siento un inmenso placer cada vez que participo del contacto. Salvar las distancias, vadear el tiempo, viajar de galaxia en galaxia, y todo por entregar la misiva.
Después de tantas misiones he llegado a conocer casi todos los detalles precisos para poder llevar a cabo mi tarea con eficacia y aun así conservar el pellejo: he aprendido a circunvalar los agujeros negros y aprovechar su energía para impulsarme; domino tantas formas de comunicación que a veces me pierdo en ellas y no soy capaz de comprenderme a mí mismo; puedo ver el cauce del tiempo y cruzarlo en cualquier dirección; conozco tan bien el cosmos que podrían abandonarme en el rincón más recóndito del espacio o de la historia y sin duda sabría regresar. Sí, soy el mejor en lo mío, aunque el hecho de ser el único quizá le quite algo de mérito.
Cuántas historias, cuántos mensajes y cuántas travesías desde aquella primera vez. Son tantos los recuerdos que se solapan en mi mente que sólo aquellos que brillan con luz propia salen a veces de las simas de mi conciencia para embriagarme con su aroma a pasado y a emoción.
Presiento que en esta ocasión tengo entre manos uno de esos trabajos importantes, de los que incumben al espíritu; palabras mayores. Se trata de una mujer y su pasado. Ella es ahora una belleza superflua que se exhibe en las fiestas nocturnas que celebra el hombre que compró su alma. Siempre luce radiante durante estas veladas, como una estrella recién nacida, impetuosa, inconsciente de que cada resplandor de más es un instante menos hasta la consunción final que acabará por borrar su huella de todos los firmamentos. Durante el día, sin embargo, se marchita en sí misma, tratando de recordar dónde se dejó esa felicidad que le tomaba la mano cuando era niña y la llevaba a paraísos de ilusión. Ahora quiere recuperar lo perdido, me ha rogado que recoja de su pasado ese tesoro que extravió en algún punto de la vida y se lo traiga al presente, quiere que su yo de ocho años le explique cómo ser feliz.
Zuhurr queda ahora a mi derecha, una galaxia amiga que me saluda con sus cuatro brazos. A la deriva, como todas, Zuhurr no sabe que está destinada a colisionar con una de sus hermanas y parir un juego de luces que tocará el alma de cualquier ser con sentido de la belleza en muchos años luz a la redonda. Esto es el universo, un aparente caos, pero en realidad la creación de un artista sublime, la mente que subyace bajo todo lo que es y que algún día se revelará, para que sepamos quién insufló en nosotros la conciencia necesaria con la que maravillarnos ante su obra.
El flujo del tiempo es convulso en este lugar, hay demasiada historia acumulada colapsando las arterias por las que el correr de los momentos transporta lo que ha de ser a su lugar de destino. Me sumerjo en la corriente, con suavidad. El tiempo se congela, nada pasa. Estar parado en un instante es una experiencia extraña, te detienes en un pensamiento, en una idea. Le das vueltas y vueltas, te paras a sopesar todas y cada una de sus facetas, la pules con la razón y creas un trozo de verdad pura… que se desvanece en la nada cuando llegas a tu destino y te reincorporas al curso de la historia.

He encontrado el pasado de la mujer. En un planeta pequeño pero abrigado por una densa atmósfera, un hogar de esos que desprenden calor humano reposa tranquilo sobre una loma verde. En silencio, la noche va tomando la tupida arboleda entre picos montañosos en la que un claro, un pequeño herbazal entre el umbrío abrazo de los árboles, simboliza la paz y la armonía. Por las ventanas se derrama una luz tibia que se clava en la noche. La cabaña, acariciada por la oscuridad; en su seno un hogar repleto de llamas que taconean chispas sobre los leños húmedos. Una cara redonda, angelical. Mejillas de fresa, labios de rosa, unas pestañitas que se besan cuando el fuego da un brinco sobre una gota de agua escondida entre las vetas de la madera. Unos ojos marrones, y sobre ellos la llama trazando vuelos imposibles, una cascada morena gritando que el fuego le brilla, y unas manitas pequeñas de uñas mordisqueadas enmarcando la cara del ángel. Es ella, la siento. 
Nunca me resultó fácil comunicarme con los niños. Ellos no están viciados por los sobrentendidos, ellos nos conocen el más allá de las palabras, ni de las sensaciones, ni de los sentimientos. Los niños son puros, se protegen de la realidad mirándola con los ojos de la fantasía. Por eso no sé qué hacer cundo me acerco a ella al amparo de la soledad y la noche. La asusto, trato de calmarla, le toco el corazón. Nos fundimos en su sueño. Ella es princesa coronada de diamantes, en una carroza de oro que vuela sobre un paisaje coloreado al pastel. Una bandada de golondrinas traza arabescos a nuestro alrededor, y sus gritos se multiplican en ecos musicales. Al fondo un arco iris se curva sobre nuestra trayectoria, y dos nubes centinela se posan amenazantes a ambos lados. Una vez cruzado el etéreo umbral se divisa una fina aguja clavada en la línea del horizonte, y la carroza en la que viajamos acelera su marcha más y más hasta que todos los detalles, todos los balcones, ventanas, cornisas y tracerías de una hermosa torre de cristal, nos dan la bienvenida y nos invitan a posarnos en un saliente sin balaustrada sobre el que la luz cae rompiéndose en mil facetas. Un pasadizo desemboca en la cornisa, y en el extremo opuesto hay un pequeño trono de jade, su trono. Éste es el lugar al que querrá regresar dentro de muchos años, porque aquí habrá sido más que en ningún otro sitio. La miro a los ojos, deslumbrado por su corona, y me pierdo. La realidad de este sueño se hace líquida y nos sumergimos en ella, nuestras conciencias viajan libres, sin las ataduras materiales sólo hechas para los inertes. Como vivir sin tener que respirar, ni comer, ni dormir, ni ser; como vivir de verdad.
Paso los días con ella, días o instantes, o milenios, segundos o eras. Las sensaciones se suceden al ritmo de una risa de niña, fresca y pura. Le hablo de una amiga, una niña como ella, perdida, que no sabe llegar hasta aquí. Ella comprende, siente, pero no sabe responderme. No es una palabra ni un consejo lo que yo busco, sino una sensación, un momento, una visión, una llave. Nunca me resultó fácil comunicarme con los niños, ya lo dije. No recuerdo una infancia, un descubrir inocente. Lo mío fue sólo aprendizaje maduro y pragmático. Lo mío fue ser casi desde el principio, existo por y para lo que hago, mi vida es mi tarea, yo soy mi propio porqué.
            Tendré que adivinar la verdad que ella no sabe revelarme. Tendré que robarle el secreto en un descuido. Ella sigue perdida en sus ensoñaciones, ahora es un árbol que cobija a un gran grupo de pequeñas criaturas, apenas unas bolas de pelo nerviosas, de ojos vivaces. Alfombran el suelo hasta cubrir los bajos de su tronco, y se estremecen, una oleada de satisfacción recorre la congregación a su amparo.

Vuelvo a su realidad, a buscar lo que no se esconde en sus sueños. Es una realidad humilde, de lucha por cada nuevo amanecer y gracias por los alimentos de cada día, lo más común en la mayoría de sitios y edades. Ella pertenece a una estirpe sin hitos, una cadena de existencias anónimas que se extiende en el tiempo a base de pequeñas historias, alegrías salpicadas de penas, sin grandes glorias ni decepciones.
            Es la única mujer en una casa de viudos, un anciano que quedó desparejado por la edad, y un padre al que la enfermedad le quitó a su compañera. El padre se encarga de mantener la existencia, el abuelo es el que se ocupa de los recuerdos, de que no naufraguen sus pequeñas y frágiles historias en el turbulento océano del tiempo.         
            El cabeza de familia ha salido dejando a la niña al cuidado del anciano. Los dos extremos de la vida juntos, un alba y un ocaso festoneando un mismo horizonte. La niña no es consciente, pero su abuelo está saboreando sus últimos recuerdos, a un paso de la eternidad. Siento cómo ordena su pasado, asegurando que nada quede en el olvido una vez se haya ido, rememorando las historias que ya trasvasó al caudal de recuerdos de su hijo. Cuando por fin llega el cabeza de familia, cubierto de sudor honrado, el anciano se despide del mundo por última vez antes de retirarse a su cuarto.
            Al día siguiente, antes de que los fulgores del amanecer hayan conquistado por completo los dominios de la noche, un hombre entierra a otro bajo la atenta vigilancia de un alma aún no desligada por completo de la materia. Es una despedida silenciosa, sin lágrimas, el adiós de los que aceptan su mortalidad como una parte más de su existencia.

            El padre regresa al hogar bajo un sol ya erguido. En la puerta le espera la niña, confundida por la falta del anciano que nunca salía de casa. Él la coge en brazos, la lleva dentro, la sienta, y colocándose una máscara de felicidad sobre su pena le explica que el abuelo ha partido muy temprano, que le dio un beso de despedida pero que ella no se dio cuenta porque estaba durmiendo. Le dice que ha ido donde fueron su madre y su abuela, a un lugar maravilloso en el que no hay dolor, ni hambre ni penas, en el que todo es paz interior y buenos momentos. Ella le pregunta si irán a visitarlos, y él le dice que sí, que tarde o temprano irán los dos, pero que se tiene que portar bien. El rostro de la niña cambia, su gesto de relaja, brota la sonrisa, y después vuelve al otro lado de su realidad, al que no comparte con los demás, a pasear por ese lugar maravilloso en el que no hay dolor, hambre ni penas… Mi mensaje, mi llave.

Vuelta al cosmos, al viaje. Hay seres que creen que el cosmos es la nada, pero es sólo una cuestión de perspectiva, no hay una dirección que no cruce infinitas estrellas, planetas o nebulosas, sólo hay que viajar el tiempo suficiente para llegar a descubrirlo. Yo lo sé, he estado en todos esos lugares, en algún momento pasado, presente o futuro. Es lo que tiene viajar por las edades.
            Paso al otro lado, al dominado por las corrientes de tiempo, y me dejo arrastrar hacia mi destino. Es curioso, para la mayoría de seres, para los mismos que creen que el cosmos en la nada, el curso de la historia es una corriente unidireccional que nunca se detiene, una larga cadena cuyo último eslabón es el presente. Se vuelven a equivocar, el tiempo es un caos tras los velos de la realidad, una suma de corrientes turbulentas que se enroscan, se estancan, saltan y se mezclan, una amalgama de pasados, presentes y futuros en la que cada uno encuentra su senda consciente o inconsciente.
            Ya estoy aquí, en el presente de la mujer. Ella dejó atrás aquel pequeño planeta, su historia humilde, su pasado de ilusiones. Lo cambió todo por una vida sin preocupaciones materiales ni alegrías sinceras, trocó felicidad por posición, libertad por una jaula de oro, alegría por respeto, inocencia por impostura. Ahora vengo yo a devolverle su inocencia, la llave que una vez le dio acceso a paraísos de ilusión, la que la tomaba de la mano cuando era pequeña y la alejaba de toda preocupación presente o futura.
            Ella recibe el mensaje durante uno de sus desvelos matinales, y se sorprende por mi llegada, pensando que aquello fue sólo un deseo lanzado al viento. Le digo que tenga cuidado, que la felicidad gasta mucho, que hay que dejar pasar algunos malos momentos entre alegría y alegría, que ni el tiempo es eterno.
            Cuando comprende lo que he venido a decirle, cuando lo asimila, empieza a fulgir de nuevo como una estrella joven, impetuosa, inconsciente de que cada brillo de más es una eternidad de menos en su carrera hacia el fin. No se puede vivir con tanta intensidad, el alma se resiente.

Ahora vuelve a ser una princesa de cuento de hadas coronada de diamantes. Labios de fresa, mejillas de rosa, pestañas selladas y un vidrio por encima para convertirla en la belleza encantada. Yo le dije que la felicidad gasta mucho, que hay que dejar pasar algunos malos momentos entre alegría y alegría, que ni el tiempo es eterno. Pero ella no me escuchó, estaba demasiado ansiosa por ser feliz. 


Finalista del II Certamen de Relatos Fantásticos Fancine-UMA

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