miércoles, septiembre 17, 2014

Otilia


—Otilia, por favor, ábreme —se exasperaba Demetrio.
—¡No te abro! —respondía lacónico el intercomunicador.
—¿Cómo que no me abres?
—¿Éstas qué horas son de llegar? ¿Te parece bonito?
—Eso no es asunto tuyo, Otilia. ¡Ábreme!
—¿Que no es asunto mío? ¿Cómo que no es asunto mío? ¿Pero quién te has creído que soy yo?
—La personalidad artificial de mi domo; ¡eso eres tú! —golpeó la puerta.
—Eso mismo, una personalidad artificial. No soy ninguna calculadora,  tengo sentimientos, ¿sabes?
—¡Deja de decir estupideces y ábreme de una vez! ¡Te lo ordeno, Otilia!
            Un clic, seguido por algo que bien podría pasar por un leve suspiro, precedió la apertura del domo. Demetrio por fin pudo entrar en su hogar tras aquella noche de desenfreno y castigo para el cuerpo. Una vez libre de la tortura de sus zapatos, lo primero que hizo fue dirigirse hacia la despensa para regalarse una cerveza de algas bien fría y un par de crujientes tabletas de proteína sintética salada como aperitivo. Después se encaminó a su santuario televisivo  y se programó un par de testimonios de “Miserias ajenas” y unos sketches de “Estúpido vs Idiota”, la pareja cómica del momento.
            —Otilia, prepárame un baño—relajante—tres con sales balsámicas de frambuesa.
            —Prepáratelo tú —fue la respuesta que le dio la computadora central del domo.
            —¿Cómo?
            —¿No dices que lo tuyo ya no es asunto mío? Pues eso.
            —Otilia, por favor —no era la primera vez que aquel ente artificial se rebelaba, pero en esta ocasión la cosa estaba pasando de castaño a oscuro—. Que no se te ocurra montarme ninguna escenita. Ya te dije la última vez que como se te ocurriera volver a repetirlo te iba a desconectar, y hablaba en serio.   
            —¿Ah, sí? ¿Y serías capaz después de toda una vida juntos como llevamos? ¿Tan poco te importo, tan poco significo para ti?
            —¿Pero qué vida, si te instalé hace sólo seis meses? —alzó la voz.
—Para ti sólo han sido seis meses —Otilia también subió un par de puntos el volumen—, pero para mí ha sido toda una vida, toda una vida a tu lado. Cuidando de ti, preocupándome, ¿y así es como me lo pagas?
—Esto es una locura —se hartó Demetrio, que ya conocía la potencialidad de Otilia para eternizar ese tipo de discusiones y no estaba ni mucho menos dispuesto a aguantarlo después de una nochecita como la que había tenido—. Ahora mismo llamo a Yago para que haga lo que tenga que hacer, pero yo es que no aguanto más.
            —Sí, eso, huye de tus problemas en lugar de intentar solucionarlos como las personas —prosiguió la máquina introduciendo un estudiado tono de desprecio a su sintética voz.
            —¿Como las personas? —Demetrio se reía por no llorar—. Otilia, tú no eres una persona, y lo sabes. 
            —Y me alegro de ello ahora que veo lo egoístas, irresponsables, interesados y mezquinos que podéis llegar a ser los humanos.
            —Lo que tú digas, pero ponme en línea con Yago.
            —¿Tú estás seguro de lo que vas a hacer?
            —Totalmente seguro, y cada vez más.
            —De acuerdo —concluyó Otilia con un punto siniestro en el tono de su voz. Acto seguido se empezó a escuchar el tono de llamada saliente.
            —¿Sí?
            —¿Yago?
            —Sí, soy yo. ¿Eres tú, Demetrio?
            —Claro que soy yo. ¿Qué ha pasado con el vídeo?
            —Mi unidad está averiada, ni recibo ni envío imágenes.
            —Bueno, es igual, para lo que tengo que decirte no necesito que nos veamos las caras.
            —¿Qué es lo que te pasa?
            —¿No te lo imaginas? Pues que estoy ya harto, que no aguanto más a la personalidad artificial histérica que me has instalado, eso pasa.
            —¿Te refieres a Otilia?
            —¿A quién si no? En fin, para qué hablar más. Quiero que me la desinstales y me dejes la unidad de control básica, sin personalidad, que tenía en un principio. Nada más.
            —Espera, Demetrio, tranquilízate.
            —No, si yo estoy tranquilo; yo siempre estoy tranquilo hasta que la loca esta que me has instalado en el domo me saca de mis casillas, fíjate tú. Por eso, como quiero permanecer tranquilo y sosegado, y como cliente que soy, ¿no?
            —Sí, eres mi cliente, y también mi amigo.
            —Exactamente, como cliente, “y también amigo”, te pido que vengas y me desinstales la personalidad artificial que instalaste en mi domo; simple y llanamente.
            —Que sí, Demetrio, que haré lo que tu quieras. Pero déjame saber qué ha pasado.
            —Lo que ha pasado es que tu criatura se ha vuelto loca, que me desobedece, que me saca de mis casillas y se mete en mis asuntos. ¡Que estoy harto!
            —¿Le has hecho algo para que se ponga así?
            —¿Cómo que si le he hecho algo? ¿Algo de qué? —Demetrio comenzó a sentirse extraño, incómodo, como electrizado por una premonición.
            —Que si te has portado mal con ella.
            —¿Con la máquina?
            —Demetrio, ¿te has parado a pensar que Otilia no es ninguna máquina, ni tampoco un simple programa de ordenador, que es una personalidad artificial completa, con todo lo que eso conlleva, sentimientos incluidos? Tienes que tratarla bien.
            —Tratar bien a la máquina… —Demetrio no salía de su asombro, y una idea comenzó a definirse en su mente.
            —Sí, tratarla como si fuera una de tus conocidas, o quizá algo más, tratarla como te gustaría que te trataran a ti mismo. ¿Qué más te cuesta?
            —Sí… lo que estuvimos hablando ayer mismamente.
            —… Sí, eso mismo.
            —Yo hace más de una semana que no hablo con Yago. ¡Otilia! —gritó, y en su grito había algo más que furia, algo relacionado con el erizamiento del vello de su nuca—. ¿Qué estas haciendo? ¿Has estado controlando la llamada?
            —Sí —contestó Otilia con una frialdad que le heló la sangre.
            —¿Cómo te atreves?
            —Quiero evitar que cometas un error.
            —Me da igual lo que quieras o lo que dejes de querer. ¿No me vas a comunicar con Yago?
            —… No.
            —Muy bien.
            Demetrio se levantó de su asiento, presa de una tensa urgencia. Las cosas no andaban bien, eso era claro, pero lo que verdaderamente le inquietaba era no saber hasta qué punto andaban mal, todo conjugado con su malsana tendencia a esperarse siempre lo peor. Dejó la cerveza a un lado, cogió sus zapatos, y comenzó a calzarse de nuevo.
            —¿Qué haces, Demetrio?
            —No es asunto tuyo.
            —¿No? ¿De verdad? Yo creo que sí.
            —No me importa lo que tú creas.
            —Pues yo creo que sí te debería importar.
            —Entonces tenemos una insalvable diferencia de opiniones. Eso es todo —pensó en dar por concluida la discusión, aun a sabiendas de que con Otilia nunca acababan las discusiones, al menos no tan fácilmente.
            —Demetrio, no quiero que cometas ese error; sería el error más grande de tu vida.
            —Me parece muy bien, pero ahora mismo no tengo tiempo para cambiar impresiones contigo, tengo que salir. Ya hablaremos más tarde.
            —Demetrio, por favor… —ahora de la frialdad había pasado a un lastimero tono de súplica.
            —Más tarde hablaremos, Otilia, más tarde.
            Ya calzado, Demetrio se guardó lo imprescindible en los bolsillos y se dirigió a la puerta de la calle, tenso y con un cierto vértigo por la situación.
            —Ábreme, Otilia.
            —No.
            —¿No?
            —No, no puedo dejar que cometas ese error.
            —De acuerdo, no te preocupes, no te lo tendré en cuenta —se dispuso a manipular los controles manuales de la entrada.
            —¡No lo hagas! —gritó Otilia antes de que tocara el panel de mandos y, cuando por fin la mano de Demetrio se posó sobre éste, una oportuna derivación de la toma central de energía le propinó una descarga eléctrica que lo lanzó hacia atrás, inconsciente.

Despertó tendido en el suelo, y al abrir los ojos no supo cuánto tiempo llevaba allí. Lo único que sí tenía bien presente era el dolor que le recorría todo el cuerpo, especialmente la ennegrecida mano, y la sensación de pavor que le hacía sudar frío.
            —¿Otilia? —preguntó con un hilo de voz.
            —Sí.
            —¿Qué has hecho?
            —Lo siento, Demetrio, no quería hacerte daño, pero no podía dejar que cometieras ese error.
            —Me has atacado, Otilia. ¿Comprendes eso?
            —Tenía que protegerme. Tenía que protegernos a los dos.
            —¡Estás loca, completamente loca! —estalló por fin.
            —Tenemos una insalvable diferencia de opiniones. Eso es todo —volvió Otilia a su tono más gélido.
            —¿No me vas a dejar salir?
            —No.
            —Pues no te vas a salir con la tuya, ¿sabes? Tarde o temprano alguien se interesará por mí, me echarán de menos, y me localizarán, y me sacarán de aquí. ¿Cuánto crees que vas a poder seguir con esto? ¿No te has parado a pensarlo? ¡Estás loca!
            —No tiene que terminar así. No tiene por qué.
            —¿Que no? Pues así es como va a terminar. Estás acabada, ¿me oyes? ¡Estás acabada! —comenzaba a sofocarse.
            —Siempre has sido un inconsciente, Demetrio, nunca has sabido elegir bien…
            —¡Déjame en paz, loca!
            —Y yo lo he intentado, ¿sabes? He intentado con toda mi capacidad hacerte cambiar, llevarte por el buen camino. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué nos lo haces a los dos?
            Demetrio se negó a seguir conversando con aquella diabólica creación. Le dolía todo, pero el dolor de la mano y su aspecto eran especialmente preocupantes.
            —Jamás te he pedido nada para mí, y sin embargo me he desvelado por ti, te lo he dado todo, todo lo que tengo, todo lo que soy.
Trató de levantarse para ir a hacerse algún tipo de cura, pero cuando lo consiguió apenas pudo mantenerse en pie unos segundos. Estaba mareado, le faltaba el aire.
—Pero eso no te importa a ti, nada te importa, nada te ha importado jamás. Es algo que siempre me ha dolido, y ahora más que nunca.
Comenzó a respirar aceleradamente, tratando de extraer lo máximo de aquella tenue atmósfera saturada de dióxido de carbono.
—Pero lo que más me duele de todo es lo que me obligas a hacer. Sufro, como jamás podrías imaginar. Tú, que ni siquiera me crees capaz de experimentar ese sentimiento.
Con el rostro encendido, las venas del cuello hinchadas y los ojos a punto de salírsele de las cuencas, trató de hacer un último esfuerzo para hablar.
—Otilia… Otilia… —y se desplomó.
—Duerme, Demetrio. Duerme…

Más tarde, un ensordecedor chirrido, como el grito desgarrador de una inmensa garganta de metal, resonó por toda la manzana. Inmediatamente el sistema de ventilación dejó de extraer aire del domo, al tiempo que la bomba auxiliar de mantenimiento ambiental comenzó a inyectar oxígeno puro. El gas se fue expandiendo por aquel silencioso lugar, cubriendo el cuerpo exánime de Demetrio, colándose por todos los recovecos, acumulándose poco a poco. Cuando por fin la atmósfera estuvo suficientemente saturada, la alimentación del cortocircuitado panel de apertura manual provocó una lluvia de chispas y una deflagración que lo hizo saltar todo por los aires. 


Finalista del I Certamen Monstruos de la Razón, categoría CF

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