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Cuando
nos falta aquello que le da sentido a nuestras vidas…
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Ayer fui al cementerio de mis horas
muertas. Allí, cercados por una tapia de recuerdos, duermen el sueño de los
justos todos aquellos momentos que nunca tuvieron sentido propio, los que jamás
pudieron aspirar a más que servir de lapso entre los eventos con significación
de mi vida. Nada más entrar, a la derecha, hay una interminable hilera de
nichos, nichos pequeños para ataúdes blancos, momentos de la infancia que
pasaron de puntillas, ni alegres ni tristes, sólo momentos. Más allá, a la
sombra de inseguras cruces, reposan hileras de tumbas adolescentes, horas sin
descubrimiento en un momento de la vida en que todo se descubre, minutos sin
pasión ni ímpetu, segundos de silencio. Les siguen las lápidas de mi juventud,
el depósito de esos instantes sin cambio ni progreso, sin crecimiento ni
logros, que salpican y completan la etapa media de mi vida. Después, sin
solución de continuidad, hay un solar vacío en memoria de un tiempo completo, un
lugar con olor a primaveras de magia, a veranos de pasión, a otoños acurrucados
e inviernos junto al fuego. Y al fondo, allá donde la vista confunde cielo y
tierra, un mausoleo que llevo trescientos sesenta y cuatro días construyendo
con el agua de mis ojos y la harina de mis huesos, un monumento al dolor y a la
locura, un réquiem de mármol.
Hoy he ido de nuevo al cementerio de
mis horas muertas, para asistir al sepelio de todas y cada una de las horas de
este primer año que he pasado sin ti.
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