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A
veces no sabemos a quién podemos estar haciendo daño, ni que ese daño se puede
volver contra nosotros…
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Cuatro personas, cuatro historias
alrededor de una mesa rectangular, bajo la fría luz de dos lámparas que cuelgan
a metro y medio de ellos. En uno de los extremos un hombre bien vestido fuma,
tose y resuella, envuelto en la bruma del tabaco.
―Es irónico ―se ríe, alzando el
pitillo frente a su rostro amarillento y ojeroso―. Justo ahora, cuando ya no me
puede hacer más daño, parece como si no quisiera que me lo fumara.
―Quizá si lo dejara usted por un rato…
―apunta la mujer sentada a su derecha, una señora madura, elegantemente
recatada.
―¿Dejarlo precisamente ahora? ¿Acaso
habla usted en serio? ―el hombre le da una nueva calada a su cigarro, tose y se
ríe, todo al mismo tiempo.
―No estamos aquí para esto ―interviene
la figura sentada al otro extremo de la mesa. Es un muchacho joven, famélico,
con el pelo revuelto y la ropa sucia, que aprieta entre sus manos una gorra tan
raída como su camisa. En su mirada febril se adivina un dolor profundo, una
herida abierta y sangrante.
―Tiene razón ―dice el hombre que está sentado
frente al costado izquierdo de la mesa, de pelo casi blanco, buen físico a
pesar de la edad, voz profunda.
―Cierto ―retoma el fumador―, no
estamos aquí para esto.
―Yo ni siquiera sé para qué estoy aquí
―dice la mujer, sin demasiada convicción en sus palabras.
―Oh, sí que sabe para qué está aquí,
no diga tonterías ―le increpa el fumador sarcásticamente―. Usted está aquí por
él, igual que los demás. ―Ella calla y baja la mirada.
―Déjela tranquila ―interviene el
hombre de pelo cano.
―Claro, cómo no ―sigue el otro―. A sus
órdenes ―se ríe sin ganas.
Por un instante nadie habla. Apenas si
se escucha la asmática tos del fumador mientras el humo de su cigarro va
expandiéndose por la habitación, lentamente, sin prisas, sin pausas.
―¿Están seguros de lo que vamos a
hacer? ―rompe el silencio el hombre del pelo cano.
―Por supuesto. ¿Qué insinúa? ―le
responde el fumador.
―Ella no parece tenerlo tan claro ―señala
a la mujer con la mirada.
―Los demás sí ―sentencian desde el
fondo.
―Exacto ―apoya el fumador―. Y ella
también, por mucho que diga.
―¡Deje de pensar por mí, haga el favor!
―le espeta la mujer, alzando la vista para mirarlo directamente a los ojos. El
fumador calla, sin perder la sonrisa.
―Si no está segura puede dejarlo ahora
―dice el hombre de pelo cano―. No está obligada a nada.
―No, está bien. Tengo que estar allí.
Me lo debo a mí misma.
―De acuerdo.
―¿Piensan seguir con esto por mucho
tiempo? ―interviene el joven―. Ya estoy harto. He venido aquí para hacer algo.
Y lo haré, con o sin ustedes.
―Lo haremos, no se preocupe ―vuelve a
mediar el hombre sentado a la izquierda―. Pero antes deberemos concretar el
cuándo y el cómo; al menos eso.
―Eso se lo puedo decir yo ―salta el
fumador, con su sonrisa impertinente―: de la manera más dolorosa posible, y
cuanto antes.
―Creo que no deberíamos precipitarnos
con esto.
―¿Precipitarnos? ―finge indignarse―. Yo
ya llevo mucho esperando, y mi tiempo se acaba, ¿comprende? Es algo sencillo, y
cuanto antes lo hagamos mejor.
―¿Ha matado usted alguna vez? ―lo
desafía con la mirada―. No es tan fácil, créame.
―Le aseguro que esta vez lo será ―le
devuelve el gesto.
―Yo sí he matado ―interviene el joven,
el pensamiento perdido en algún lugar de su memoria―, pero en esta ocasión
pienso disfrutar de ello ―les dirige una torva mirada.
―¿Ve? Tenemos voluntad y motivación.
¿Qué más quiere? ―dice con su amplia sonrisa, difuminada por la bruma del
tabaco. El otro le responde con un gesto de desprecio―. Quizá sea usted el que
no lo tenga suficientemente claro ―continúa.
―¡Pero cómo se atreve! ―se levanta de
un salto, los puños crispados.
―Tranquilícese, no gaste su
agresividad conmigo, resérvela para él ―prosigue el fumador sin perder la calma
en ningún momento, dándole al otro tiempo para serenarse y sentarse―. ¿Aún no
se ha dado cuenta de que esto no es una de sus operaciones militares, coronel?
Esto es una venganza, ni más ni menos.
―Tiene que ser esta tarde ―dice el
joven como para sí.
―¿Qué?
―Que tiene que ser esta misma tarde ―alza
la voz.
―Eso me parece estupendo. Sí, esta
misma tarde. Estará sólo, desprevenido… Será perfecto ―concluye exultante.
―Lo que me gustaría saber ―comienza el
coronel― es por qué nos hizo esto. Nunca he entendido la venganza ciega, y no
querría que todo se redujera a eso.
―Vamos, vamos, déjese de detalles
absurdos y de tratar de buscar explicaciones para lo que ni las tiene ni las
necesita. Es mucho más sencillo: todo el mundo se aprovecha de todo el mundo,
es ley natural. El problema es que ese bastardo eligió mal a quién jugársela, y
lo va a pagar. No nos hacen falta más razones.
―No todos somos como usted… o como él ―interviene
la mujer de manera desabrida.
―Claro, no todos somos tan rectos y
puros como usted, señorita Robinson ―se mofa el fumador―. Algunos no tenemos más
alternativa que plantarle cara a esta perra vida, sin mirar para otro lado
cuando el panorama no es agradable, actuando. Pero ya ve, al final todos hemos
acabado subidos al mismo barco. ¿No le gusta el resto del pasaje? ¿No está a su
altura? ―Ella aparta la vista con desprecio―. Insisto ―se dirige de nuevo al
coronel―, no me hace falta comprender por qué lo hizo, porque eso no me va a
solucionar nada. Yo lo tenía todo, ¿sabe? Dinero, posición, familia… O eso me
hizo creer él, porque cuando la maldita enfermedad me hizo mirar atrás ya no
quedaba nada de aquello. Años de mentiras, de pensar que todo lo tenía bajo
control cuando en realidad se estaba yendo por la jodida taza del váter. ¿Cree
que lo que necesito son respuestas? No, lo que necesito es venganza.
―Yo sí necesito respuestas.
―¿Desde cuándo? ¿Dónde dejó su férrea
y ciega disciplina militar?
―Cállese, ¿me oye? ¡Cállese! Usted no
sabe nada. Me he pasado años obedeciendo, sin preguntar jamás, creyendo que en
el fondo todo lo que hacía tenía una causa justificada, aunque yo no fuera
capaz de vislumbrarla. Hasta que al final me di cuenta de que no era así. Y no
pienso volver a cometer ese error.
―Yo tampoco necesito saber nada más ―murmura
el joven―. Nos arruinó, destruyó a mi familia. No necesito saber más que eso.
―Él no tuvo la culpa de aquella
situación. La sufrió todo el país ―trata de argumentar el coronel.
―¡Ya sé que no tuvo la culpa de la Gran
Depresión, no soy estúpido! Pero sí fue él quien dejó que nos hundiéramos en la
miseria, que mis padres se alcoholizaran, que mi hermana terminara haciendo la
calle. Y todo por su propio provecho. Lo único que me queda en esta vida, lo
único por lo que merece la pena seguir viviéndola, es devolverle la moneda.
―¿Y usted? ―se dirige a la mujer―.
¿Usted tampoco necesita respuestas?
―Él… ―comienza la mujer, sin apartar
la vista de la mesa―. Él me quitó a mi hijo ―rompe en un mudo llanto, muy para
sí, con la barbilla pegada al pecho―. Después de la… ―se seca la mejilla con el
dorso de la mano―. Después de aquello, mis padres me presionaron para que
abortara ―por un momento calla, tratando de serenarse―. Yo siempre quise
tenerlo, ¿sabe? Pero no me dejaron. Creo que desde entonces no ha habido un
solo segundo en mi vida en el que no me haya sentido sola. Después supe de él,
de que había tenido la culpa de todo, y de lo que ustedes pensaban hacer.
―¿Y no le interesa saber el porqué,
buscar un sentido a todo por lo que ha pasado?
―Yo… Creo que hace ya mucho tiempo que
mi vida perdió su sentido. No sé…
―¿Está segura? ¿Está segura de que
esto le servirá de algo?
―Parece que ahora es usted quien la
presiona, coronel ―se levanta el fumador, pesadamente. Acto seguido enciende un
nuevo cigarro y le da una profunda calada―. ¿Cuántas veces tendré que repetir
que no hace falta buscarle un sentido a lo que no lo necesita y quizá ni lo
tenga, como todo en esta vida de mierda? ―se pasea sin mirar a nadie―. Lo que
pasó, pasó. Ya es inalterable, y duele, vaya si duele. Ahora lo único que nos
queda hacer es cruzarnos de brazos, o actuar. Sin pensarlo, sin buscar motivos,
de una maldita vez. ¿No está de acuerdo? ¿Es posible que algunos de los que
estamos aquí pueda no estar de acuerdo con eso? En esto nadie nos ha engañado
ni nos ha forzado, estamos aquí porque todos sentimos que es lo que tenemos que
hacer, lo único que al menos en parte puede mitigar nuestro dolor. Si ahora lo
dejáramos sabe qué es lo que pasaría, ¿lo sabe? Pues que el bastardo que salió
ganando cuando nosotros perdimos quede impune. Simplemente eso.
―Quizá tenga razón.
―Claro que tengo razón. Y todos lo
sabemos. Ahora ha llegado el momento de actuar.
―Adelante ―acepta el coronel.
―Entonces todos de acuerdo ―vuelve a
sentarse, con su sonrisa perenne y un nuevo cigarrillo ocupando el puesto de la
colilla que acaba de pisar―. Así me gusta. Y si no hay más objeciones ―mira al
coronel―, creo que sólo queda ultimar el plan, ¿verdad? Todos conocemos dónde
vive, y también sabemos que pasa todas las tardes sólo, ejercitando el noble
arte de arruinarle la vida a los demás, así que por esa parte todo será
sencillo. ¿Hasta ahí de acuerdo? ―el joven asiente enérgicamente.
―Cuanto antes.
―Entraremos, haremos lo que tenemos
que hacer, y después nos iremos. No creo que haya mayor problema.
―Yo me encargo de hacerlo ―dice el
coronel.
―Ni lo piense ―le corta el joven desde
su extremo de la mesa.
―Yo tengo más experiencia en estas
cosas que tú, hijo.
―Escúcheme, me da igual su
experiencia. Y no me llame hijo. Ustedes pueden ayudarme si quieren, pero ese
tipo es mío, ¿entendido?
―Tranquilos, tranquilos los dos ―interviene
el fumador―. Estamos juntos en esto y lo haremos todos juntos. Que cada uno
actúe como crea más conveniente. Lo único que importa es hacerlo, estar allí.
¿De acuerdo?
―Muy bien ―asiente el coronel; el
joven calla.
―Sí, está todo decidido, y creo que lo
mejor sería que aprovecháramos el momento para hacerlo de una vez y acabar por
fin con todo. Vayamos esta misma tarde. Tengo el coche aparcado en la puerta.
Salgamos, subamos a él y saldemos nuestras cuentas por fin.
Todos asienten en silencio, cada uno
perdido en su propio pasado, en su propia tragedia. El joven es el primero en
levantarse y abandonar la sala, seguido por el coronel, y la mujer, y el
fumador, que deja una estela de humo flotando tras de sí. La puerta se cierra,
las luces se apagan.
Al día siguiente, en un diario local:
FAMOSO ESCRITOR ENCONTRADO MUERTO EN
EXTRAÑAS CIRCUNSTANCIAS
En la noche de ayer fue encontrado en
su casa, sita en las afueras de nuestra localidad, el cadáver del famoso
escritor Walter Rauser. Aunque apenas nada se ha desvelado de la investigación
policial iniciada tras el hallazgo, fuentes cercanas a la misma han informado a
esta redacción de las extrañas circunstancias que rodean el caso, las cuales
descartan totalmente tanto la muerte natural como el suicidio.
Walter Rauser (Londres, 1956), autor
ampliamente consagrado y asiduo de las listas de bestsellers durante los últimos veinticinco años, residía en
nuestra localidad desde hace cuatro, a raíz de su tercer divorcio. Licenciado
en Historia y Literatura Inglesa por la Universidad de Oxford, inició su
carrera como escritor mientras impartía clases de Literatura Contemporánea en
la misma facultad de su licenciatura. Tras el éxito de sus dos primeras novelas
decidió dedicarse íntegramente a su labor literaria, la cual le llevó a ganar
por dos veces el “Booker Prize” (el premio más prestigioso de las letras
inglesas) y otros tantos galardones.
Entre sus obras más importantes
destacan Fragmentos del paraíso, novela
que le valió su primer “Booker Prize” en 1983 y que narra la historia de un
alto ejecutivo diagnosticado de cáncer en fase terminal, a raíz de lo cual
descubre el estado de degradación de su familia. Los arcenes de la vida, “Prix du Meilleur Livre Etranger 1991”, obra
en la que una solitaria mujer madura, de clase acomodada, reflexiona sobre lo
que pudo ser de su vida de haber seguido adelante con el embarazo causado por
una violación que sufrió en su juventud. En
tinieblas, “Premio Whitbread de Novela 1994”, crudo retrato de época que
sigue la historia de una familia de clase baja durante la depresión del 29 en
Estados Unidos. Y Tras las medallas, “Booker Prize 1999”, la ficticia biografía de un coronel de
las fuerzas especiales retirado tras la primera contienda del golfo que, en
claro tono de denuncia antimilitarista, narra su ascenso en el escalafón
castrense.
En espera de nueva información que
confirme o desmienta lo anteriormente señalado, sólo nos queda lamentarnos por
tan insigne pérdida.
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