lunes, julio 19, 2010

Mnemófago


Mira hacia la pantalla del televisor sin querer perderse ni uno sólo de los detalles, sin querer creérselo tampoco: ahí está ella misma, en el yate, deslumbrada por el sol, mojándose con el champán, celebrando con todos los demás la llegada de aquella exuberante fuente de canapés, riéndose junto a otros del gracioso vuelo del peluquín que sólo unos segundos antes reposaba engañoso sobre la cabeza de un orgulloso mecenas de fiestas y desenfreno. Y llora, porque no recuerda haber estado allí jamás, porque sólo conoce la historia de oídas, porque le duele ver convertido su pasado en un relato. También llora porque sigue enamorada del ladrón, y porque sabe que éste nunca volverá.
            Ha sido una historia corta pero intensa, un fugaz atisbo de la felicidad verdadera, pero el precio que ha pagado por ello se le antoja ahora demasiado alto. Sobre la cómoda el epitafio de una relación; en uno de los cajones, la cinta. Un te quiero y un adiós, una puñalada en el corazón y un consejo: “No desesperes, hay un mundo entero de recuerdos a tu alcance.” ¿Quién quiere un mundo entero de recuerdos cuando todo futuro es sombrío y todo pasado, o lo que queda de él, amargo?

Es como ver la vida precipitarse hacia el suelo y hacerse añicos, y después tener que recoger las partes una a una para volverlas a juntar. Quedan huecos, muchos, páginas perdidas de una biografía nunca escrita, y entre ellas un capítulo ininterrumpido, el fragmento de su vida que compartió con el ladrón. La secuencia comienza con un encuentro casual en un local nocturno, un cruce de destinos de esos que han dado una historia al mundo desde que el hombre existe. Una sonrisa enigmática, una mirada apagada, melancólica, una palabra justo a tiempo, y la magia flotando alrededor. Ella Fitzgerald, presa de la fiebre, se colaba por el hilo musical, y tras una copa y el humo de un cigarro, una voz suave y sugerente jugaba al juego más viejo del mundo.
            A la mañana siguiente desayuno para dos, una semana después vida para dos. Todo sin pensarlo, como en un sueño, con él siempre adelantándose a sus más nimios deseos, siempre ahí para escucharla, para comprenderla y amarla. Nunca sospechó de su hermetismo, de esa opacidad que ocultaba su pasado. Ella lo achacó a la presencia de un dolor antiguo y aún vivo, una de esas cicatrices que sólo pueden abrirse al abrigo de la confianza y que encierran tras ellas a toda una persona. Por eso no le dio importancia, por eso siempre dejó pasar la oportunidad de preguntar por su pasado, por eso y porque sólo le importaba su futuro, su futuro juntos.
            Entonces llegaron las primeras dificultades, cuando ella comenzó a apagarse, poco a poco. Y no era algo físico, sino un vacío creciente que la consumía desde dentro. Ya no era capaz de desplegar aquella sonrisa franca que siempre lucía tan bien en su rostro, y su mirada perdió el brillo de otros tiempos. Dejó de contar historias y de vivir recuerdos, muchos incluso dijeron que dejó de ser ella misma. Su presente comenzó a tambalearse, asentado sobre un pasado resquebrajado y marchito. Y él pareció reaccionar ante aquello, tomando la iniciativa y siendo el que desgranaba historias a la luz de las velas, el que se dejaba los recuerdos en susurros de almohada, abriéndose por fin y mostrándose completo tras aquella cicatriz que nunca existió.

Ahora llora, en silencio. La cinta se ha parado, y sobre la pantalla se ha congelado una imagen de ella, de un instante en que fue feliz. En su rostro rompe una sonrisa en todo su esplendor, y en una esquina se ve a un abochornado mecenas de fiestas y desenfreno colocándose de nuevo el peluquín. A su mente acude el recuerdo de una tarde no tan lejana, de lluvia repiqueteando en los cristales de las ventanas y calor a medias acurrucados juntos en una esquina del sofá. Ella llevaba un rato con la mirada perdida en un laberinto de vetas de madera, con cuatro brazos abrazando su pecho y un susurro acariciándole el oído. Él le hablaba una vez más aquel viaje a Capri en yate, junto a unas cuantas parejas y a un excéntrico anfitrión que les ofreció su yate para vampirizarles la juventud. Un fin de semana de comidas al sol mecidos por la marea, brisa marina y refrescantes baños, copas y baile bajo las estrellas. Como colofón un cómico incidente con la brisa y el peluquín del excéntrico mecenas como protagonistas que terminó con el enfado de éste y el fin de aquellas vacaciones. Una historia curiosa que no sabía por qué siempre le había sonado de algo.
            Por fin apaga el televisor, para quedar a solas con los fragmentos de su alma que ha conseguido rescatar de entre los escombros de aquella historia. Se siente y se sabe vacía, abandonada en un presente gris y eterno, sin pasado y sin futuro. Y recuerda que lo sintió marchar de madrugada, sigilosamente, como los culpables.
            Vuelve hacia el cuarto y relee una y otra vez la nota que descansa sobre la cómoda, paladea palabra por palabra imaginándoselas en boca de aquel ladrón que pasó por su vida dejando sólo su recuerdo tras de sí; un te quiero y un adiós, una puñalada en el corazón y un consejo: “No desesperes, hay un mundo entero de recuerdos a tu alcance.”

La noche se llena de gatos pardos, y éstos forman mareas que baten locales de luz escasa y calor concentrado. El humo se mezcla con mil esencias desplegadas al viento como mensajes de amor embotellados y arrojados al océano de la noche. Ella Fitzgerald, presa de la fiebre, se mueve entre las sombras y las personas, y más allá un depredador escoge a su presa de entre los muchos hombres que buscan compañía con la que curarse la soledad. Una sonrisa enigmática, una mirada apagada, melancólica, una palabra justo a tiempo, y la magia flotando alrededor. La noche es joven, y el local un mundo entero de recuerdos a su alcance.



Finalista del VII Certamen Internacional de Relato "La lectora impaciente" 2010

3 comentarios:

  1. Esto es pura melancolía, compañero. Así se escribe un relato de amor.

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  2. @Nacho

    Ay, tunante, que tú lo que me quieres es camelar. ¡Si no hace falta, yo soy un recogedor de guantes nato! Ahora mismo voy para allá.

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