Para enfermos de aburrimiento alérgicos a la pasta de celulosa, para exiliados de bibliotecas con tiempo pero sin estantes, para marineros de la red con tendencia a hacer parada y fonda en tabernas de relatos, para viajeros de sillón y amantes de la aventura estática, para todos ellos y para ti mismo se abre esta consulta literaria, la del doctor Perring, enhebrador de palabras, zurcidor de conceptos y trazador de historias.


Tratamiento único y definitivo: tú pones los segundos, el que suscribe pone las letras...

domingo, abril 14, 2019

El honor de los últimos



Nadie es lo suficientemente pequeño para que no quepa el orgullo en su interior…





Hay un hombre sentado tras una oscura mesa de ébano, de mediana edad, de aspecto impecable, subido a los altares del poder por la gracia de Dios. Su apellido se yergue desde hace años sobre un montículo de cadáveres de perdedores de guerras, de esos cuyos nombres se olvidan.

Una secretaria llama desde un lugar cercano para anunciar la llegada de otro hombre, también de mediana edad, de aspecto más descuidado, vástago de una estirpe con cuyo sudor y sangre se han fabricado los sueños de hombres como el primero. Éste conoce al primer hombre desde su infancia, y pudo considerarse su amigo hasta que el tiempo acentuó tanto la diferencia de clases, que un don terminó por sustituir a su amistad.

La puerta del lujoso despacho se abre delante del segundo hombre que, en sus acuosos ojos, en el desvaído color de su rostro y en su andar dubitativo, muestra el estado de angustia y abatimiento que desde hace algún tiempo lo domina.

―¿Se puede, don Armando?
―Pasa, Miguel ―dice el primer hombre tratando de disimular su profunda desgana.

El segundo hombre se sienta en una de las sillas que hay delante de la oscura mesa de ébano. No sabe muy bien lo que va a decir, porque su mente es un turbulento océano de ideas y sentimientos en el que no resulta fácil hallar las palabras adecuadas. La vida le ha clavado un puñal en el sitio donde más podía dolerle, y sabe que no podrá soportarlo, que tiene que hacer algo.

El primer hombre está molesto con la actitud de su amigo de la infancia. “¿Es que este trápala quiere pedirme a mí, apelando a esos años ya olvidados, lo que no tengo obligación de dar? ¿Acaso piensa que voy a comprometer mi posición por un desliz? ¡Si te toca la china te aguantas! ¿O es que la vida aún no le ha enseñado a este estúpido que el honor es para los que lo tienen de cuna?”

―Mire, don Armando ―comienza el segundo hombre―, me gustaría hablar con usted de…
―Ya sé para lo que has venido aquí, Miguel ―le corta el primer hombre―. Comprendo que estés molesto por la situación, yo también lo estoy, y siento tanto como tú lo sucedido. Fue un desliz…
―¿Un desliz, don Armando? ―interrumpe el segundo hombre algo agitado.
―Sí, un desliz, Miguel ―responde airado el primer hombre―. Todos nos equivocamos alguna vez, y tan de buenos cristianos es arrepentirse como saber perdonar a los demás. Yo te pido perdón, Miguel. Acepta mis disculpas. Y no creas que va a quedar ahí mi arrepentimiento, porque pienso aportar lo necesario para el sustento del crío cuando nazca… o para hacer lo necesario para que no nazca; tú me entiendes.

El segundo hombre se acerca el crispado puño a la boca y lo muerde, tratando, en un acto reflejo, de mitigar con este dolor externo su paroxismo interior.

―Miguel, Miguel, tranquilízate. No hagas que me sienta peor con todo este asunto. Ya te he dicho que estoy dispuesto a hacer un importante desembolso económico, que no solo va a dejar en buena situación a tu hija sino también a ti. ¿Qué más quieres?
―Mire, don Armando ―dice, con furia en los ojos, el segundo hombre―, yo no quiero dinero, ni para mí ni para mi hija, lo que quiero es que no permita que mi nieto sea un hijo sin padre. Por favor, don Armando, reconozca al chiquillo. Lo pasado, pasado está. Pero que esto no llegue más lejos. Se lo suplico.
―Ya me había enterado de que me ibas a pedir eso ―dice el primer hombre con cierto desdén y recostándose en la silla―. Miguel, yo no puedo hacer eso. Compréndeme, soy un hombre felizmente casado, con una reputación que mantener; no puedo comprometer mi posición por un asunto de este tipo.
―¿Y la reputación de mi hija? ¿Y su posición?
―Miguel, tu hija es joven…
―Demasiado joven, don Armando.
―Bueno, eso es opinable. Tu hija tiene sólo dieciséis años, pero está hecha toda una mujer. ¿O me vas a negar que aparenta tener por lo menos veintiún años? Miguel, tu hija tiene aún mucha vida por delante, muchos años que harán de este… accidente, una cosa del pasado.
―¡Don Armando, por favor! ―dice el segundo hombre con lágrimas en los ojos―. Eso a lo que usted llama accidente será mi nieto, el hijo de una mujer a la que llamarán… Por favor, don Armando, haga lo que le pido. Yo le aseguro que no tendrá usted que hacer nada más por mi hija ni por el chico… ni por mí. Yo lo criaré, don Armando, y usted no tendrá que verlo nunca si no quiere, ni tendrá que darme dinero.
―Miguel, Miguel, Miguelillo. Te he dicho que no puedo hacer eso. ¿Cuántas veces tendré que repetírtelo? ¡No puedo! Si quieres, puedo disponer lo necesario para que tu hija haga un viajecito al extranjero, contigo si así te parece mejor, y que tenga el hijo allí, o que no lo tenga, o lo que quieras hacer.

El segundo hombre tiene la vista perdida, los ojos llorosos, y un ligero temblor en todo el cuerpo que no consigue controlar. No ha oído las últimas palabras del primer hombre, porque sabe que no le dicen lo que él quiere escuchar. Su pensamiento vaga ahora por épocas pasadas en las que un sonriente angelito con trencitas se le acerca de la mano de su difunta esposa. Quiere volver al pasado, lo necesita.

El primer hombre observa expectante a su amigo. “¡Decídete ya, imbécil! ¡Coge el dinero de una vez y desaparece de mi vista! ¡En qué mala hora tuve yo que fijarme en la condenada niña! ¿Cómo no caí en que podía pasar esto? Pero bueno, que de todo se aprende. En cuanto este miserable coja el cheque se habrá acabado todo. Espero no olvidarme de esto en el futuro, cuando me cruce de nuevo con otro caramelito demasiado joven.”

―Miguel, hazme caso. Acepta el dinero y llévate a tu hija a Francia. No quieras complicar el asunto aún más.
―¿Cómo pudo hacerlo, don Armando?
―Cómo pude hacerlo, cómo pude hacerlo… Fue un error, un inmenso error del que me arrepentiré todos los días de mi vida ―dice el primer hombre incorporándose en el asiento y subiendo algo el tono de su voz―. No quieras atormentarme más con el asunto, que ya me atormento yo lo suficiente.
―Usted tiene hijos de la misma edad, ¿verdad, don Armando?
―Sí, tengo hijos de esa edad. Pero también soy hombre, Miguel, y tú, como hombre, sabes que algunas veces se nos va la cabeza y hacemos lo que no queríamos hacer. Tienes que comprenderme.
―Usted conoce a mi hija desde que era muy pequeña, ¿cómo pudo hacerlo?
―Ya te he dicho que fue un inmenso error, Miguel. No quieras hurgar más en la herida.
―Mi hija es solo una cría, y usted… la sedujo.
―Creo que ya es suficiente, Miguel.
―¿Cómo pudo seducirla?
―Ya está, Miguel.
―¿Cómo pudo?
―¡Basta! ¡Ya no aguanto más! ―dice el primer hombre levantándose de un salto y señalando al otro con hostilidad―. Escucha, Miguel, todo lo que teníamos que hablar lo hemos hablado ya. Tú ya sabías, desde antes de entrar aquí, que yo no estoy dispuesto a hacer eso que me pides. No voy a poner en peligro mi reputación ni por tu hija ni por todas las hijas del mundo. ¿Te ha quedado claro? He tratado de ser comprensivo contigo, y también he tratado de ayudarte en la medida de mis posibilidades. Ya es hora de que abras los ojos y te des cuenta que estas cosas pasan y que, aunque te parezca injusto por ser tú el afectado, no voy a ceder más en este asunto. Así que hazme el favor de irte a tu casa y reflexionar con calma acerca de lo que te he dicho. Si eres listo aceptarás lo que te he propuesto, y si no… pues tú sabrás.

El segundo hombre se echa las manos a la cara. Querría que todo el mundo se consumiera en un instante y desapareciera en la nada, llevándose consigo ese dolor que le está matando, y alejándolo a él de la única alternativa que parece quedarle; la opción que, como hombre de bien que es, ha dejado para el final, para cuando sea lo único capaz de aliviar su agonía.

El primer hombre, que mira desafiante a su interlocutor, está dispuesto a lo que sea por librarse de tan molesta visita. “¿Será posible que tenga que echarlo yo mismo a patadas? ¿Cómo puede sucederme esto a mí? ¡Maldita sea mi suerte! ¡Qué vergüenza! Como esto llegue a oídos inadecuados ¡juro por Dios que machaco a este miserable!”

―¿Y si fuera su hija? ¿Qué haría usted, don Armando, si fuera su hija? ―murmura el segundo hombre.
―Si fuera mi hija no le hubiese dejado que saliera por ahí a menear el culo y a calentar a la gente ―le espeta el primer hombre apoyando las manos en la mesa e inclinando el cuerpo hacia su interlocutor.

El segundo hombre, espoleado por la respuesta como si de un latigazo se tratase, saca un cuchillo que lleva oculto en el interior de su chaqueta, se levanta con la velocidad de un rayo, y lo clava en el cuello de quien tanto daño le ha hecho.

Sin haber podido reaccionar, el primer hombre recibe atónito la cuchillada, y cae hacia atrás derribando la silla y formando un gran estruendo. Su traquea empieza a llenarse con la sangre que debería estar llegándole al cerebro, mientras él palpa con horror el cuchillo clavado en la parte izquierda de su cuello. “¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? ¿Qué es esto? ¡Me muero! ¡Que alguien me ayude!”

―¡Socorro! ―gorgotea el primer hombre.

En ese momento irrumpe en el despacho una muchacha que, tras percatarse de lo sucedido, sale corriendo entre gritos de auxilio, dando inicio a un tumulto que empieza a crecer más allá de la puerta del despacho.

El segundo hombre se sienta en la oscura mesa de ébano y contempla la agonía final de su amigo de la infancia. Ahora se siente totalmente liberado, y no le preocupan en lo más mínimo las graves consecuencias que seguro derivarán de su acto. La muerte de ese hombre ha hecho desaparecer la lacerante imagen que hace un momento parecía suspendida delante de sus ojos: su hija gimiendo bajo el cuerpo sudoroso de ese miserable. 


2 comentarios:

David Rubio Sánchez dijo...

Muy bien narrado, Manuel. Un diálogo tenso muy convincente en cuanto a los intereses de cada uno y un final liberador, congruente. ¡Saludos!

Manuel Mije dijo...

Muchas gracias, David. Sobre todo es eso, liberarte al final a través del personaje, darte ese respido después de haber montado su angustia.

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