Para enfermos de aburrimiento alérgicos a la pasta de celulosa, para exiliados de bibliotecas con tiempo pero sin estantes, para marineros de la red con tendencia a hacer parada y fonda en tabernas de relatos, para viajeros de sillón y amantes de la aventura estática, para todos ellos y para ti mismo se abre esta consulta literaria, la del doctor Perring, enhebrador de palabras, zurcidor de conceptos y trazador de historias.


Tratamiento único y definitivo: tú pones los segundos, el que suscribe pone las letras...

miércoles, julio 14, 2010

El traje del rey


Columna OcioZeta-Sevilla Escribe. Porque no es oro todo lo que reluce...



No hace mucho tiempo, la pobladora jane eyre abrió en el foro de literatura un hilo titulado “Dogmas en torno al cuento breve” (http://www.ociozero.com/?q=node/2466) en el que listaba una serie de normas a seguir en la redacción de cuentos elaborada por un grupo de escritores llamado La llave de los campos. A lo largo del intenso e interesante debate que se abrió a continuación se vertieron multitud de opiniones, unas veces encontradas, otras coincidentes, algunas muy reflexionadas, y otras pueriles, como las mías. De los muchos puntos que se tocaron allí hubo varios que llamaron mi atención, en especial aquellos que trataban sobre las vanguardias, su importancia, futilidad, pertinencia, etcétera, los que apuntaban a lo socorrido de apelar a la falta de cualidades del lector a la hora de encajar las críticas adversas, y los que ponían el acento en la necesidad o no de ser entendido, disfrutado por el público, de escribir para uno mismo o para los lectores. Aquello quedó guardado en algún oscuro rincón de mi mente, mixturado con mis ideas acerca del arte contemporáneo y el famoso cuento titulado “El traje del rey”.  

En estos días, sentado frente a la hoja de píxeles blancos con la intención de escribir una de mis soporíferas columnas, y después de haber leído un ensayo acerca de William Burroughs, su vida y su obra, el aval que recibió de otros escritores para que sus textos más experimentales fueran reconocidos, todo aquello volvió a mi mente para señalarme el tema de este artículo.

Aquí hablamos de literatura, pero lo que voy a tratar puede hacerse extensible al resto de actividades artísticas, y me refiero a cuando una obra parece que ha de gustarnos sí o sí, y no por sus cualidades artísticas, ni mucho menos, sino por la identidad del firmante o el lugar en que esté expuesta, o la persona que la avale. Me refiero, y espero que nadie se moleste con mi cerrazón, a lo que yo denomino “la artística estafa”. Vaya por delante que yo reconozco (y el reconocimiento del problema es siempre el primer paso hacia su solución) que soy un tipo más bien cuadriculado, cerrado a lo que no soy capaz de comprender, pero entiendo que con el mismo derecho que cualquier hijo de vecino a expresar mi opinión al respecto.

Mi base a la hora de valorar este tema es mi creencia de que el arte en general, y en especial la literatura, es un medio de comunicación que como tal necesita de un emisor y un receptor que han de establecer un vínculo entre ambos. Por supuesto que no todo ha de ponerlo el autor, el emisor, sino que también debe haber una cierta predisposición del receptor a la hora de comprender, de valorar la obra que tiene ante sí, y que a veces puede no estar del todo preparado para asumir este papel activo. Pero hasta ahí llego. No, no acepto el que ciertas obras o gustan, o es que el receptor no está preparado para apreciar su valor, que son demasiado elevadas o vanguardistas. También debe haber un espacio para el fallo del autor, para que por desidia, falta de talento, haberse subido al carro de dudosas vanguardias, o simplemente estar en horas bajas, un autor pueda crear una obra sin valor, ¿no? ¿O es que el autor, una vez considerado así (quizá por otras cuestiones espurias, ajenas al arte, tal vez más relacionadas con sus habilidades sociales) se convierte en una gallina de artísticos huevos áureos? ¿Cómo puede ser que un autor que en su juventud, cuando las energías propias de la edad y las ganas de comerse el mundo lo impulsaban, tuviera una producción más o menos limitada, llegue a la vejez, a ese momento en el que sólo su firma ya es más de media obra, convertido en una auténtica máquina multidisciplinar de crear arte? Yo, desde luego, no me lo explico, pero quizá alguna pista de cuáles son los posibles porqués pueda estar en que este fenómeno se suele dar más en el arte más de vanguardia, ése que muchas personas, seguramente sin ningún tipo de preparación, ciegos, como diría aquel, no consideran arte.

Vaya por delante que yo no estoy en contra de la innovación, de la vanguardia. El arte no debe ser estático, anclarse en el pasado, es lógica y beneficiosa una evolución, al igual que nuestra propia sociedad, nuestra cultura, evoluciona, pero entiendo que siempre de una manera paulatina y asumible, y, sobre todo, natural. Me parece adecuada la experimentación, pero siempre teniendo muy claro que estamos comunicando, y que esa evolución significa comunicar de otra manera, llegar de otra manera. Si esto no se produce estaremos ante un experimento fallido, y me parece absurdo apelar a que como es lo que nos gusta, a un individuo sólo o pequeño colectivo de escogidos, o que el firmante es reconocido, el producto es arte, y bueno además, estableciendo una línea divisoria entre los que saben (o quieren parecerlo), los que nos aceptan la propuesta, y los que no saben. Me parece absurdo, la verdad, y además perjudicial, porque estaremos abriendo de par en par las puertas para que en la casa del arte entren y campen a sus anchas mediocres subproductos que ni son arte, ni implican talento ni nada que se le parezca.

El proceso es sencillo: una vez adquirido el estatus de artista de vanguardia tras el que parapetarse, ya sólo será cuestión de buscar un título crípticamente sonoro y dejar que las ganas de muchos de entrar dentro del escogido grupo de los que saben apreciar el arte hagan el resto. Tal vez, después de una borrachera considerable y tras el serio conflicto entre mi estómago y lo que yo le he echado dentro pueda hacer una foto a la taza del váter y titularla “Apocalíptico cardumen de una sociedad regurgitada”, o emular al autor del lienzo en blanco y colocar tres puntos suspensivos en un folio bajo el título “Lacerante vacío de un espíritu extático”, o salpicar de emoticonos un texto escrito en bastardo lenguaje sms y clamar a los cuatro vientos que ahí sí que hay modernidad, violación consciente de reglas ya caducas, rebeldía frente a normas obsoletas que lo único que pretenden es encorsetar la creatividad del autor hasta asfixiarla, negar el futuro… “¡Muerte a las viejas normas, libertad!” gritaré, arropado por acólitos o padrinos con carné de entendidos; y habrá quien se lo crea.

A lo mejor me estoy pasando, no lo niego, a lo mejor no tengo ni la más remota idea de lo que hablo y lo mío es la simple pataleta de un niño ciego que niega la realidad de lo que otros sí son capaces de ver. Puede ser, perfectamente, pero yo aún recuerdo cómo durante cierta exposición de la más rabiosa vanguardia en cierto bar para bohemios y modernos en el que yo trabajaba limpiando, una de las magnas obras allí expuestas cayó al suelo, se deshizo, y éste que suscribe la recompuso y recolocó siguiendo el conocido criterio artístico de “que se sostuviera”. Que yo recuerde, ni el propio autor se dio cuenta; o quizá sí notó el cambio, pero lo achacó al hecho de que el arte evoluciona, quién sabe. Ya, ya sé que es sólo una anécdota sin valor, como también lo puede ser este simpático y revelador reportaje que encontré por casualidad: http://www.youtube.com/watch?v=Pj4MVtoNWZc

Lo dicho, no niego que el arte pueda y deba evolucionar, no estoy en contra de las vanguardias, pero recelo, supongo que porque soy muy mal pensado y no tengo mucha capacidad para apreciar el arte aunque me tope de bruces con él. Eso sí, nunca podré aceptar el que se llegue al punto en que se aprecien más las nuevas “virtudes” del arte frente a las de toda la vida, el que, hablando de literatura, se viertan más críticas a textos más “naturales” como pueden ser las novelas del perínclito Dan Brown. Jamás le he leído nada (algunos de los que lo critican me da a mí que tampoco), ni está entre mis lecturas futuras a corto, medio o infinito plazo (al menos de momento), pero entiendo que si ha cumplido su función de conectar con el público (campañas de marketing aparte) siempre será superior a experimentaciones onanístico-lisérgicas creadas por y para un reducido y cerrado grupo de eruditos o personas con ganas de adquirir el carné de tal. ¿O es que ahora, como en épocas pasadas en las que el analfabetismo era norma, vamos a volver a esa literatura escrita sólo para unos pocos, usando códigos lingüísticos formas y procesos ajenos a la mayoría? Es más, ¿acaso no puede ser una virtud el hecho de ser capaz de llegar a más personas, el que una obra no necesite preparación por parte del lector para ser apreciable?

En fin, no sé en qué estaría pensando Hans Christian Andersen cuando escribió su famoso cuento de “El traje del rey”, ni qué pensaba atacar (que algo atacaba lo tengo claro), pero pasajes como “…una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida…”, “…Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél…”, me hacen pensar en que quizá se proyectó en viaje astral hasta el futuro y asistió en espíritu a una exposición, pongamos como ejemplo, de ARCO. No sé, ya digo, pero en todo caso, suponiendo que todos hayamos acabado siendo personajes de este cuento, dejaré que sean otros los que interpreten a ministros, cortesanos y demás, que en su ansia por evidenciar sus cualidades ven el traje del rey; yo, por mi parte, prefiero ser ese niño incomprendido que casi al final del cuento exclamó “¡Pero si va desnudo!”.






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