jueves, diciembre 06, 2018

Medicina alternativa: solución maravillosa o pamplina sacacuartos, el debate (Crónicas de lo Despatarrante VI)



Hoy hablamos de ciencia, sí amigos, de ciencia y de paraciencia, de la lógica y el misterio, de lo cotidiano… y de lo despatarrante… Medicina, del latín mederi, que significa curar. Sus fundamentos, sus inicios, cohabitan en las penumbras de la historia con aquellos primeros homínidos que ya mascaban ciertas plantas porque sentían que debían de hacerlo, porque algo en ellos, llamémosle albores del intelecto, llamémosle toque de Dios, de lo divino, les decía que eso les iba a aliviar de sus males. Algunos murieron envenenados, claro, siempre no se tiene suerte, pero los que no lo hicieron portaron esa llama de la curiosidad y el descubrimiento a través de las edades. Por mucho tiempo fue esta medicina experimental, intuitiva y mística, la que hizo avanzar el conocimiento, y en épocas de esclavitud siempre hubo sujetos de prueba a mano con los que comprobar las teorías. 

Esta medicina mixta entre lo mágico y lo tangible, cultivada por los primeros chamanes, los sanadores, los sabios alquimistas y los filósofos griegos se asentó, como todo conocimiento útil, en la gran Roma, la madre de nuestra civilización, y de ahí se expandió por todo el orbe conocido. Luego, con la caída del imperio, muchos de esos conocimientos se perdieron, pero la búsqueda continuó porque, mientras haya enfermos, siempre habrá alguien que quiera curarlos, o si no experimentar con ellos.

Tras los oscuros siglos del medievo, cuando pasamos a la edad moderna a lomos del Renacimiento y después de la Ilustración, el método científico llegó a nosotros, y con él el gran cisma de la medicina cuando esos mismos sabios, ahora convertidos en científicos, empuñaron la navaja de Ockham y desgajaron la medicina moderna, la científica, de sus otras hermanas, a las que relegaron al oscuro limbo de las medicinas alternativas.

Medicina alternativa, éste será el tema de nuestra tertulia, de este debate que, ya sólo con el nombre de nuestros invitados, promete ser apasionante. Con nosotros está ni más ni menos que don Vicente de Enríquez, caro amigo de un servidor, padrino y compañero de aventuras, hermano. Qué decir de él que no se haya dicho ya: la eminencia gris tras “Más Acullá”, el intelecto creador de “Piojo Verde”, el alma de “Mondo Raro”, el señor de las bestias de “Extraño, ma non troppo”, director, articulista, pensador, redactor, columnista, poeta, escritor, crítico, investigador, ensayista, viajero y filósofo. Él portará la llama de lo insólito, de lo increíble en este debate. Y frente a él, en el rincón de la ciencia, del pragmatismo acérrimo, del rigor punitivo, el doctor Cabrero, una eminencia de la psicología y la psiquiatría, padre de la terapia por humillación, también conocida como tratamiento a palos, y gran amigo que ya estuvo con nosotros en anteriores crónicas.


Quique Jiménez: Vicente, doctor, bienvenidos a esta vuestra casa, a la barcaza de lo insólito, a la patera de lo paranormal, a las Crónicas de lo Despatarrante…

Vicente de Enríquez: Bienhallado, amigo.

Doctor Cabrero: Muchas gracias, Quique.

QJ: Ya me habéis oído, amigos, medicina alternativa. Para empezar me gustaría un resumen, sólo una frase de cada uno, un postulado inicial. Vicente, medicina alternativa.

VE: Medicina alternativa… La gran olvidada, Quique, el misterio que cura… la solución maravillosa.

QJ: “La solución maravillosa”, me quedo con eso. Y como siempre que hablas de algo, entiendo que es un tema que has estudiado y tratado en profundidad.

VE: Por supuesto. Hoy hablaré aquí de procedimientos concretos que he estudiado y, en algún caso, a los que me he sometido para comprobar su veracidad.

QJ: Bravo. Trabajo de campo, información de primera mano, veracidad y rigor. No podía ser menos en nuestras Crónicas de lo Despatarrante. Y ahora, doctor, su frase. Medicina alternativa.

DC: Pamplina sacacuartos.

QJ: Pamplina sacacuartos, ¿nada más?

DC: Nada más, Quique. Pero si quieres me puedo extender, ¿eh? Yo diría también superchería, ignorancia, estafa o, y ésta quizá sea mi favorita, chuminada.

QJ: ¿Chuminada?

DC: Sí, Quique, chuminada, derivada del vulgarismo chumino y que significa tontería o estupidez. En fin, que ya me estoy calentando y todavía no ha empezado el debate. Imagínate.

QJ: Me lo imagino, doctor, me lo imagino. Pero veamos si el amigo Vicente es capaz de convencerte de lo contrario. Háblanos ahora, Vicente, de uno de esos curiosos métodos que has estudiado sin duda en profundidad, con el rigor y la honestidad que te caracteriza.

VE: Por supuesto, Quique. Es  un tema que he tratado en profundidad, en cierto sentido incluso de forma literal, y en el que estoy muy versado. Yo tuve noticia de este procedimiento gracias a un amigo que me recomendó un curioso libro titulado “El dedo y el ano”, escrito por Sigurd Olafsson, de la prestigiosa universidad de Bergen, en Noruega. En él se hablaba de un viaje que el señor Olafsson realizó por la India y en el que fue iniciado en una práctica médica oriunda de la comarca de Maharastra. Éste procedimiento, que ya se realizaba en épocas anteriores a la era cristiana, consiste en introducir un dedo en el ano del enfermo o posible enfermo y, mediante un estudio de la marca que dejan las heces en el propio dedo, determinar las posibles dolencias que esta persona pueda sufrir.

QJ: Impactante, Vicente, impactante y…

DC: ¿Puedo hacer una pregunta, Quique?

QJ: Por supuesto, doctor, adelante.

DC: ¿Ese libro está avalado por alguna investigación científica, o pertenece a un sello editorial del mundo académico? ¿O quizá sea una tesis doctoral defendida en alguna universidad?

VE: Bueno, está en la biblioteca de la prestigiosa Universidad de Bergen, como antes mencioné.

DC: Porque su autor es catedrático docente de esa universidad, supongo.

VE: No, es ayudante del bibliotecario y suele llevar el volumen consigo, pero el caso es que está allí. 

DC: Ya decía yo.

VE: Y estamos hablando de la universidad de Bergen, de un renombre internacional más que demostrado y en la que el señor Olafsson se ha empapado de todo el saber de primera línea que ahí se gesta. Pero no nos desviemos del tema…

QJ: Eso iba a decir yo.

VE: Exacto. La historia es que tras aquella interesante lectura y, como ya me conoces, Quique, no podía evitar ir allí para comprobar in situ las prácticas de las que se hablaba en aquel libro. 

QJ: Claro que sí, maestro, siempre al pie del cañón, en la trinchera de la noticia, el fuego investigador abrasando los velos de la ignorancia y la incredulidad.

VE: Así es, partí tan pronto encontré un vuelo barato que me llevara allí. Una vez llegué, y como bien sabes que suelo hacer cada vez que viajo, traté de fundirme con la cultura local, ser uno con ellos mientras llevaba a cabo mi misión. Todo fue bien al principio, incluso conseguí una cita para el día siguiente con un sanador practicante de la disciplina el cuestión. Pero al llegar la noche, debido a la abundancia de especias y picante en la comida autóctona, o quizá por las condiciones higiénicas, no puedo estar seguro, sufrí una colitis severa, tremebunda, aquello fue… El Krakatoa se queda en anécdota, Quique, fue como…

QJ: Bueno, tampoco hace falta que entres en detalles, Vicente, amigo.

VE: Sí, sí, mejor no. En fin, por ir abreviando, al día siguiente tuvo lugar la cita prevista y pude presenciar en persona varias consultas de este señor, las exploraciones, sus predicciones y los tratamientos empleados, todo lo cual reseñé minuciosamente en mi obra “La India por la pata abajo”. Lo único que no pude fue tratarme yo mismo. Las exploraciones las hicimos, pero aquel señor me dijo que, debido a las diarreas, las lecturas salían borrosas. Pero aun así me recetó una dieta blanda que en cuestión de pocos días me sanó por completo, fíjate la sabiduría de esta persona.

QJ: Impactante, Vicente, escalofriante por momentos, y como siempre exacto y veraz. Aquí está, traída de tiempos anteriores a Cristo, como bien ha dicho el maestro, una de esas medicinas alternativas que alguna vez no fue tan alternativa y sí muy común. Y ahora, con el testimonio aún caliente, frente a las pruebas que nos trae aquí el amigo Vicente, es el momento de su opinión, doctor.


DC: ¿Ya?

QJ: Sí, doctor.

DC: Bien, es que me estaba mordiendo la lengua. A ver, yo, como ya conté aquí en otra ocasión, también soy proctólogo aficionado, y en ninguna de mis muchas prácticas, repito, en ninguna, he visto jamás señales que identifiquen enfermedades, ni he sabido de ningún proctólogo profesional, entre los que cuento muchos amigos y mentores, que las hubiera visto, jamás. Lo que se ve allí es mierda, mierda que no está ni cagada y que huele como el demonio, ni síntomas ni diagnósticos ni pamplinas; mierda. Otra cosa es si se hace un estudio de heces, en un hospital, en un laboratorio, o si es una exploración rutinaria buscando algún problema concreto del recto o del ano… Pero mirar la marca  de las heces en el guante para diagnosticar enfermedades es como mirar un palomino para adivinar la quiniela.

VE: Pues aquí lo dice bien clarito, en el libro de Sigurd Olafsson.

DC: Pues si ese señor dice en su libro que se puede hacer un diagnóstico introduciendo el dedo en el ano de una persona y leyendo la marca de mierda que queda es que está muy enfermo y me encantaría poder tratarlo en mi consulta. Le aseguro que dejaría de decir esas estupideces.

VE: ¿Ves, Quique? Una muestra más de esa parte de la comunidad científica que se niega a ver más allá de su limitado horizonte, como un caballo con anteojeras, asustados por lo que pueda haber más allá.

DC: ¿Sí? Muy bien, yo soy proctólogo aficionado, ¿quiere que le haga un examen y miramos las marcas del guante a ver qué vemos?

VE: Usted no está preparado, no tiene los conocimientos que tiene Sigurd Olafsson.

DC: Bueno, pues le mandamos una foto a su querido amigo noruego y que él nos diga. Venga, que esta vez no hay diarrea que emborrone los resultados.

QJ: ¡No, no se levante, doctor!

DC: Venga, Quique, anímate, que así probamos lo que dice este señor.

QJ: Por favor…

DC: Bueno, está bien, pero no veo por qué no probar la teoría si tan seguro está de ella. Además, ya se dejó con el sanador hindú…

QJ: No hace falta, doctor, queda claro que no le ha convencido este sistema. Sigamos si no le importa con otro tema diferente, otra terapia diferente.

DC: De acuerdo.

QJ: Vicente, háblanos de otra de tus investigaciones.

VE: No sé, Quique, me siento un poco intimidado, pero bueno. A ver, ahora voy a hablar de un tema más conocido digamos por la gente común, por el vulgo, como es la imposición de manos… 

DC: Ah, imposición de manos, ese tema ya me gusta más. ¿Ves, Quique? Éste sí es un tipo de medicina natural que comparto y he estudiado en profundidad, la imposición de manos, la imposición rápida y súbita, también llamada colleja o cate.

QJ: Bueno, creo que con esto Vicente se refiere a otro tipo de imposición de manos…

DC: Pues es una pena, porque aquí sí que estoy versado y podría hablar largo y tendido. En mi libro “La colleja primordial” abordo el tema de la colleja como el primer y más básico estímulo-respuesta de la humanidad, la que ya se daban los primeros homínidos. Y ya más relacionada con el tema de la medicina alternativa o natural, está mi obra “El cate que cura”, donde expongo que la primera medicina de la humanidad fue el cate, el cate bien dado, el que suena. Nuestro ancestro le daba un cate al niño, “¡Niño, no te acerques al precipicio!”, y el niño no se acercaba y por lo tanto no se mataba. Medicina natural, es este caso medicina preventiva.

QJ: Apasionante, sin duda, doctor. Pero vayamos con esas otras disciplinas que nos ha traído el amigo Vicente para debatir sobre ellas.

DC: De acuerdo, Quique, era sólo por introducir algún tema con sentido.

VE: ¡Oiga! Me está ofendiendo, ¿Quique?

QJ: Tranquilo, Vicente, el doctor es a veces un poco impetuoso pero no habla con maldad. Prosigue.

VE: Bueno, está bien. A ver, el tema de la imposición de manos que traigo a colación ahora es algo ancestral, se tiene constancia de rituales de este tipo desde los inicios de la humanidad, a lo largo de toda nuestra historia, por toda la superficie del globo, en todas las civilizaciones. Es una constante creencia de la humanidad el hecho de que dentro de cada ser se mueven unas energías intangibles que repercuten en nuestra salud, y que una serie de individuos con capacidades especiales son capaces de modelar o de transmitir estas mismas energías. Se trata de un fenómeno con el que me he enfrentado en cientos de ocasiones, del que he escrito multitud de artículos e incluso algún libro, pero como tampoco tenemos tiempo aquí para extendernos en la interminable casuística que he investigado, voy a hablar sólo de un caso concreto. Es un suceso que aconteció hace tiempo, en una pequeña localidad gallega. En un principio se trató de dos mujeres devotas que recurrieron al párroco de la localidad para solventar sus problemas de infertilidad…

DC: Me suena de algo el caso, pero ¿no son tres mujeres?

VE: A ver, no nos adelantemos a los acontecimientos.

QJ: Deje hablar a don Vicente, doctor.

DC: Lo siento. Prosiga, amigo.

VE: A ver por dónde iba… Sí, se trata de dos señoras ya maduras, al límite del climaterio, y este dato es importante por lo que voy a decir después, que acudieron al párroco de su localidad en busca de alguna posible solución, llamémosle milagro, a su infructuosa búsqueda de la maternidad. No fue azaroso el hecho de que estas señoras recurrieran al nuevo párroco, pues antes de su llegada ya habían sonado historias en la localidad acerca de este padre, historias que provenían de su etapa de seminarista y en las que algunos sostenían que había mostrado el don de la bilocación, como San Francisco de Asís o San Antonio de Padua.

QJ: Bilocación, el misterio de los santos, otro tema de rancio abolengo, por así decirlo, para los iniciados en este mundo de lo insólito, y que también está presente en este caso, según nos cuentas.

VE: Efectivamente, Quique. Según información que he podido recabar tras las investigaciones que me llevaron hasta el mismísimo seminario en el que fue ordenado, existen registros de una controversia en la que estuvo implicado Ramiro Longo, que es el nombre de este señor, y según los cuales en una ocasión había sido visto en la entrada de un club de alterne cercano al seminario mientras que varios compañeros suyos aseguraban que había compartido la tarde con ellos en la sala de estudios. Un caso claro de bilocación, todo un misterio que nunca se pudo resolver y del que no se hicieron posteriores investigaciones, pero que ya me dejó claro que algo había ahí.

DC: Algo, algo había.

QJ: ¿Doctor?

DC: No, nada, prosiga.

VE: Bueno, a ver si puedo terminar mi relato. Estas dos señoras acudieron al párroco para buscar una posible solución milagrosa a su problema y, según lo que he podido conocer a través de mis investigaciones, fueron ellas las que, conocedoras del aura sobrenatural que envolvía al padre Longo, le insistieron para que probara si también poseía el don de la imposición de manos.


QJ: El misterio llama al misterio, como tantas veces hemos comprobado en estas Crónicas de lo Despatarrante.

VE: Eso es, Quique. Y la prueba está en que al cabo de pocos rituales, estas señoras que, repito, estaban al límite del climaterio y llevaban muchos años de búsqueda infructuosa de la maternidad junto a sus parejas, quedaron encintas. La noticia se difundió con celeridad y en poco tiempo las misas en la parroquia se multiplicaron en número de asistentes. Aunque tiempo después, cierta polémica ya iniciada por los maridos de las dos feligresas mencionadas se sumó al caso de otra feligresa viuda que también había quedado embarazada y el asunto se enturbió. Después Ramiro Longo fue apartado por seguridad de sus servicios, ya que un grupo de vecinos comandados por los dos recientes padres la había tomado con él.

QJ: La incomprensión de la masa ante la maravilla, el rechazo ignorante del vulgo, la cerrazón de aquellos que no se atreven a mirar a los ojos a lo desconocido, a lo inusitado, a lo despatarrante…

VE: Pues sí, Quique, eso mismo. Yo después de los tumultos perdí la pista del padre Longo y no pude concluir mi investigación comprobando todos los cabos sueltos que había dejado esta historia. Pero ahí queda el testimonio de este humilde servidor.

QJ: Impagable, Vicente, impagable. Y bueno, doctor, que le he visto muy atento y con ganas de intervenir, qué nos puede decir de este caso.

DC: Pues sí, Quique, tenía ganas de que me cedieras la palabra. Yo ya conocía este caso, me lo habían contado como el caso de “El pájaro espino de Pontevedra”. Y bueno, qué decir, que pájaro era, eso seguro, un pájaro de cuidado. También tengo noticias de las andanzas posteriores de este picha brava que, tras la expulsión del sacerdocio, pasó por Barcelona, presentando en “El Molino Rojo” un espectáculo llamado “El curita Longo y sus cosas milagrosas”, y que acabó de animador de fiestas en La Costa del Sol. Respecto a la imposición de manos… creo que ha quedado claro que ahí se impusieron más cosas, no sé si me explico…

VE: Pero el milagro está ahí, estas dos señoras llevaban años intentando tener hijos y no lo consiguieron hasta esa imposición de manos…

DC: Estas dos señoras eran fértiles, y lo que hizo ese libertino fue aprovecharse de la situación para seducirlas y dejarlas embarazadas, que no se entera usted, don Vicente. Mire, ¿quiere que le muestre una imposición de manos que, sin apelar a historias sobrenaturales ni gaitas, tiene efectos beneficiosos  científicamente probados, que es lo más importante?

VE: Bueno, no sé qué decirle…

DC: Venga, hombre, que no se diga que no es usted un investigador valiente. ¿Quique?

QJ: Yo no me pronuncio, es Vicente quien tiene que decidir.

VE: En un principio me da cierta aprensión, todo sea dicho, pero venga, adelante con esa prueba, todo sea por ese prurito de la investigación del que tú y yo somos unos cruzados, Quique.

QJ: ¡Ese es mi Vicente! La esencia pura del investigador, siempre a pecho descubierto en pos de la verdad, el ímpetu de la curiosidad que algún día nos llevará a las estrellas.

DC: Venga, pues todos de acuerdo. Pido aquí máxima atención para que nadie se pierda ni un solo detalle del procedimiento. Voy a levantarme.

QJ: Muy bien.

VE: Adelante.

DC: Yo me coloco aquí, a la espalda de don Vicente, y ahora vamos con la imposición de manos de la que ya hablé antes, la rápida y súbita…

VE: ¡Ay! ¡Pero oiga!

QJ: ¡Doctor, por favor!

DC: Ya está, ya está, he acabado. No me sea usted como un niño pequeño de llora cuando le ponen una inyección.

VE: ¡Quique, que me ha pegado!

QJ: Ya lo he visto, Vicente. Doctor, ¿qué ha sido eso?

DC: Tranquilos los dos, que ahora entro en materia. Este improvisado tratamiento está basado en las dos obras de mi autoría que antes mencioné. Esa colleja que le acabo de propinar al doctor no es más que ese estímulo primordial que a todos los homínidos nos es común, según referí en mi obra, y que tanto puede actuar como toque de atención, advertencia, amenaza o aviso. Además, aquí también podemos hablar de cate terapéutico, y en este caso de doble sentido, porque el efecto es beneficioso tanto para el paciente como para el propio terapeuta.

QJ: No le sigo, doctor.

DC: Sí, Quique, si es muy sencillo: a partir de ahora, y gracias al efecto estímulo-respuesta por la colleja aplicada, don Vicente será menos confiado a la hora de tomarse en serio tonterías como las que nos ha contado aquí en esta velada, algo que le hace mucha falta. Por otra parte, el terapeuta, en esta caso yo, he podido descargar parte de la rabia contenida por haber tenido que escuchar tanta pamplina y/o chuminada, con lo que me he quedado la mar de a gusto. Lo dicho, doble sentido terapéutico.

QJ: … No sé…

VE: Yo no he quedado muy convencido…

DC: ¿No? ¿Quiere que repitamos el proceso a ver si con la insistencia termina de verlo claro?

VE: ¡No, qué dice! ¿Quique?

QJ: No, doctor, mejor lo dejamos ya por aquí. Creo que ya ha sido suficiente información por una sola entrega.

DC: Pues es una pena, ahora que esto se estaba animando…

QJ: No, ya es suficiente. En fin, muchas gracias a los dos por haber venido aquí hoy a iluminarnos con vuestra sapiencia y a defender, cada uno desde su rincón, estas dos posturas irreconciliables frente a una fenómeno como es el de la medicina alternativa. Gracias.

DC: No hay de qué, Quique, ha sido un placer al final.

VE: Bueno, gracias a ti, amigo, pero la verdad es que me llevo un sabor agridulce de aquí hoy…

QJ: Lo siento…

VE: No pasa nada.

QJ: Y bueno, queridos amigos, esto ha sido todo por hoy. Ahí quedan varios testimonios y dos puntos de vista muy diferentes sobre un mismo tema, la medicina alternativa, ahora sed vosotros los que saquéis vuestras propias conclusiones. Por nuestra parte nos despedimos ya de esta entrega de nuestras Crónicas de lo Despatarrante, no sin antes emplazaros para esa próxima ocasión en que esta patera de lo paranormal arribe a vuestras costas. Estaos atentos.


VE: Quique, me da miedo este señor.

QJ: A mí un poco también, Vicente.

DC: ¿Decías, Quique?

QJ: No, nada doctor, nada…



Quique Jeménez’s
Crónicas de lo Despatarrante


1 comentarios:

Morti dijo...

¡Viva el doctor Cabrero!

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