martes, noviembre 20, 2018

Mariano, asesino en serie novato - Día 9



Día 9

Quid pro quo, agente Starling. Usted me dice cosas y yo le digo cosas. Éste fue el acuerdo al que llegó mi maestro en su tercera entrevista con la novata Clarice. Yo hoy he llegado a otro acuerdo de mutua ayuda, un acuerdo tácito, pero real, que espero me facilite las cosas cuando por fin me lance a mi orgia de sangre…
domingo, noviembre 18, 2018

Calle Cuzco


Agosto rondaba ya sus idus, y aquel feroz verano estiraba el rojo de los termómetros tratando de estampar su firma en el cuadro de honor de los estíos más tórridos de la historia. En medio del bochorno la calle Cuzco se alargaba frente a Pedro, orillada por sendas filas de añejos edificios y otras construcciones más recientes que apuntalaban con cariño los flancos de sus mayores. El adoquinado le devolvía el sonido de sus pasos en forma de recuerdos que creía haber perdido, y el peso de la nostalgia se hizo sentir en su corazón.
Al pasar junto al número doce creyó ver su cara de niño reflejada en el escaparate de la juguetería del viejo Faustino, embelesado el gesto por aquella flamante bicicleta que ningún chiquillo de la calle llegó a montar jamás, pues aquel era un lugar de pelotas de trapo, chapas, combas y tejos, escondites y pollito inglés, piola y pásala.
Reconoció una mancha bajo el quicio del veintisiete, un plano montón de lágrimas que había dejado allí en señal de duelo por el tierno amor de Rosita que nunca logró conquistar, y que ella se encargó extirpar totalmente a golpe de desprecio.
El número treinta y tres consiguió arrancarle una sonrisa, como aquellas que solía dedicarle a su mejor amigo, Sancho, el niño con más donaire de todos los que practicaban el noble arte de la travesura a lo largo de la calle Cuzco.
Al pasar cerca del cuarenta y dos hizo un amago de salto hacia el otro lado, un acto aún grabado en sus reflejos por tantos y tantos sustos que Sultán, el perro de doña Engracia, le había dado cada vez que pasaba más despistado de la cuenta cerca de la ventana que custodiaba.
Fue entonces, apenas unos números antes de su destino, cuando se dio cuenta de que algo andaba mal, algo que siempre anduvo mal y que había secado el caudal de recuerdos que un segundo antes paladeaba con placer. Habían sido muchos años negando la nostalgia, defendiendo su nueva vida frente a la amenaza del pasado para que ahora, al final, las imágenes posadas en aquella calle fueran suficientes como para romper sus defensas y dejar al descubierto ese rinconcito de su ser en el que, bajo los agradables y volátiles efluvios de la niñez, se hallaba un poso de amargura.
En el aire que reposaba somnoliento frente al número cincuenta aún flotaba un “Vete. No quiero saber nada más de ti” que en su momento le atravesó el alma de parte a parte. Tragó saliva, sacó las llaves y se decidió a hundirse en el pasado. El polvo le dio la bienvenida en el recibidor, el olor a humedad presentó sus respetos llegado al salón; toda la casa se hizo eco de la bienvenida al muchacho que una vez se fue. Aquellas paredes habían sido testigo mudo de la eterna pelea con su padre, de la angustia de su madre, herida de pena por el enfrentamiento de sus dos amores; las mismas que la rodearon en su velatorio, las que callaron cuando aquella relación, ya imposible sin el nexo perdido, terminó en destemplado “Hasta nunca” y portazo.
Después hubo arrepentimiento, y misivas nunca contestadas, hasta que al final la herida terminó de cerrarse sobre el recuerdo.
Cuando por fin se atrevió a entrar en el cuarto de su padre, a recoger su última memoria, vio que sobre la mesita de noche había un montón de cartas, la mitad escritas y enviadas por él, la otra mitad escritas pero nunca enviadas por su padre. Junto a ellas una nota póstuma: “Perdóname por no ser tan valiente como tú”…
Y Pedro lloró; como los hombres de verdad.


Relato seleccionado para la antología Voces con Vida 

viernes, noviembre 16, 2018

Mariano, asesino en serie novato - Día 8



Día 8

La memoria, agente Starling, es lo que tengo en lugar de una bonita vista, dijo Aníbal refiriéndose a su magnífico y muy detallado dibujo del Duomo visto desde el Belvedere. Yo, querido DCC, no tengo tan refinados recuerdos, los míos son en general más groseros, simples, burdos, patéticos, ridículos... y a veces dolorosos. La visita al doctor Perring me ha traído a la memoria el recuerdo de que yo, como Mozart, Farinelli o Joselito, soy un juguete roto, uno más…
miércoles, noviembre 14, 2018

Mariano, asesino en serie novato - Día 7



Día 7


Agente Starling, ¿cree que puede diseccionarme con este burdo instrumento?, preguntó mi maestro en una ocasión, ofendido por el cuestionario que la agente le había pedido que rellenara en su primera entrevista. Hoy ha tenido lugar mi primera visita al doctor Perring y, aunque en un primer momento también me he sentido contrariado por los novedosos métodos del doctor, al final he salido relativamente satisfecho de su consulta.
lunes, noviembre 12, 2018

Mariano, asesino en serie novato - Día 6



Dia 6

Señor... ¡¿esto le parece fácil?!, preguntaba Clarice a su jefe cuando éste insinuó que se asustaba con facilidad. ¿Te parece fácil a ti, querido DCC? ¿Os lo parece a vosotros, queridos y estremecidos lectores? Si es así estáis todos muy equivocados, porque no lo es, en absoluto. Hoy ha sido un día de grandes avances, pero también de peligro… y de dolor, con algo de humillación y extorsión.
domingo, noviembre 11, 2018

Cambio de soporte



Allí estaba, frente a él, la mujer perfecta. Y no cabían discusiones de ningún tipo con aquellas curvas de piel tostada y brillante, con aquellos labios voluptuosos, intensamente encarnados, y aquellos ojos felinos. Lo único que podía mejorar la situación era que fueran varias, quizá gemelas… Sí, gemelas. Las dos mujeres avanzaron hacia él y empezaron a acariciarlo, de pronto impregnados los tres en una especie de aceite de aroma embriagador.

sábado, noviembre 10, 2018

Mariano, asesino en serie novato - Día 5



Día 5

Hoy ha sido un día nefasto, terrible, querido DCC. ¿Han dejado ya de chillar los corderos, Clarice?, preguntó una vez mi mentor, mi padrino y alter ego, Aníbal. Los corderos no sé, maestro, pero yo me he pasado un buen rato chillando, llorando y lamentándome. Por un instante llegué a pensar que mi carrera como asesino psicópata iba a acabar incluso antes del primer crimen. Pero aún hay una luz de esperanza…


Mis tribulaciones comenzaron al llegar a casa al mediodía. El silencio, la ausencia de mis padres en el salón, ya me hicieron sospechar desde un primer momento. Al llegar a mi cuarto, la escena no ha dejado lugar a dudas: el colchón en el suelo, el somier al descubierto, mi madre a un lado con los diez metros de soga en la mano, y al otro lado mi padre con unas revistas que algún malvado acusador ha debido poner ahí, en una de las cuales creo que sale gente atada y haciendo cosas que yo jamás querría ver y por las que yo jamás pagaría por mucho que un amigo desviado me las hubiera puesto en oferta por tenerlas demasiado vistas y manchadas. No, eso no es mío, pero mis padres no han creído mi palabra, y para la soga, que sí es mía, tampoco tengo explicación.

Sus improperios, sus gritos, han sido peores que los de los corderos de Clarice, por ellos pensé que también habían descubierto el diario en este inesperado registro (tendré que tomar precauciones en adelante), pero no ha sido así. De serlo, el Gerontoasesino nunca hubiera podido existir, y ya os adelanto que existirá, vaya si existirá. Pero mientras no estuve seguro de esto sufrí, grité y lloré, mi madre también ha llorado y gritado por cómo le ha salido el niño, mientras mi padre se quedaba a gusto a base de darme collejas y llamarme guarro y/o pajillero tras cada colleja; lamentable escena.

Al final todo ha quedado en una amenaza de control de todos mis movimientos y actividades en lo sucesivo, una cita para confesión el domingo tras la misa, y una visita para el médico de la cabeza en fecha aún sin confirmar. Por suerte, la cita no ha sido concertada con el doctor Hernández, o doctor chispas, como le conocemos en el mundillo de las desviaciones por su costumbre de repartir electroshocks como el que reparte aspirinas, sino con el doctor Perring, del que nunca he oído hablar y por eso estoy más tranquilo, ya que no he podido escuchar nada negativo de él.

En fin, aquí me despido de este tan infausto día del que al menos espero salir fortalecido después del berrinche, por aquello de que no me ha matado. Y recuerden, estremecidos lectores, no pienso ir a visitarlos, el mundo es más interesante con ustedes dentro.

viernes, noviembre 09, 2018

Mariano, asesino en serie novato - Día 4



Día 4


Si él ve a Catherine como a una persona en vez de como a un objeto, le será más difícil hacerle daño, decía mi maestro y mentor, Aníbal, en otro memorable pasaje de mi BCP. Tengo que tener cuidado con esto, no debo encariñarme con mis víctimas de ninguna manera. Pero creo que será fácil, para eso he elegido como objeto de mi instinto homicida a lo que más odio, esas ancianas malvadas que tanto se han aprovechado de mí a lo largo de la vida.


Aún recuerdo la época en la que doña Julia coincidía todos los días conmigo en su llegada de la compra y me hacía cargarle las bolsas hasta ese cuarto sin ascensor en el que vivía. Aquello a veces se alargaba por más de media hora porque la maldita señora se paraba a charlar con todos los vecinos, provocando que alguna vez estuviera a punto de perder dedos por falta de riego sanguíneo. Todo esto duró hasta que le escuché comentar con otra vecina que esperaba en el portal al tonto del segundo para que le subiera las bolsas. Después pasaron semanas esquivándola, acercándome al edificio a escondidas por si la descubría en el portal, esperándome con la vista atenta a todo lo que se moviera por los alrededores, haciendo que llegara tarde a comer un día sí y otro también y fuera severamente reprendido por ello.




Sí, doña Julia sería idónea como primera víctima de mi carrera, una lástima que muriera hace tiempo (un síncope se la llevo un caluroso día de agosto que cargó demasiado las bolsas y no dio con nadie a quien endilgarle la subida). Pero quizá sea mejor así porque, ahora que lo pienso, me parece demasiado audaz para mi bautismo de fuego matar a una persona que vive a sólo dos plantas de distancia. No, tienen que ser extrañas, gente con quien no me puedan relacionar: sin conocimiento previo, sin motivos aparentes, sin pistas más allá del macabro juego mental al que someteré a mis investigadores, el crimen perfecto…


Tendré que buscarlas, pero sé dónde, cuál es su hábitat natural cuando no están en sus casas: supermercados, panaderías, tiendas de ultramarinos y peluquerías. Buscaré colas en las que pararme a esperar para que sean ellas mismas las que se descubran con esa enfermiza manía de ser atendidas antes que los demás, aunque luego se entretengan pegando la hebra con cualquier conocida con la que se crucen; me acercaré a ellas cuando vayan cargadas, a ver si alguna quiere gorronear el porte; escucharé sus chismorreos, sus malvadas críticas a los hijos de los vecinos… dejaré que sean ellas quienes firmen su propia sentencia de muerte…


Siento cómo nace en mí la oscuridad, siento el poder, pero no se preocupen, estremecidos lectores, no pienso ir a visitarlos, el mundo es más interesante con ustedes dentro.

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La Consulta del Doctor Perring

Para enfermos de aburrimiento alérgicos a la pasta de celulosa, para exiliados de bibliotecas con tiempo pero sin estantes, para marineros de la red con tendencia a hacer parada y fonda en tabernas de relatos, para viajeros de sillón y amantes de la aventura estática, para todos ellos y para ti mismo se abre esta consulta, la del doctor Perring, enhebrador de palabras, zurcidor de conceptos y trazador de historias.


Tratamiento único y definitivo: tú pones los segundos;el que suscribe pone las letras.

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